AMLÓpolis: ¿la cuarta transformación?

El pasado mes de mayo salió a la venta el número 151 de Arqueología Mexicana: Cuicuilco. Estudios recientes y nuevos datosNo sería lejano pensar que, sólo después de la escuela en la que cursé la primaria, luego de la Ciudad Universitaria de la UNAM, y un poco menos que casa de mi abuela, Cuicuilco debe ser el lugar que he visitado más veces en la vida. Y uno sigue aprendiendo cosas. A lo largo de los artículos que contiene la revista, se señala: aloja  en su gran basamento “una de las primeras construcciones monumentales de la Cuenca”, tuvo “una zona amplia de cultivo de chinampas”, “su cercanía a la ribera del lago de Xochimilco y el bosque del Ajusco les permitía tener acceso a las bondades de tales nichos ecológicos”, se le ha encontrado “un canal de drenaje pluvial”, la actividad ritual “se comenzó a institucionalizar”, y “muchos espacios que eran ocupados como áreas habitacionales (…) se destinan a espacios públicos”. Es decir, todo un modelo de ciudad, casi incluso para nuestros tiempos. Ya me pregunto cuántas ciudades del país cuentan con drenaje pluvial, agricultura urbana productiva, posibilidad de hacer Urbanismo de a de veras o una tendencia hacia la institucionalización, y no hacia lo contrario.

Por eso, cuando López Obrador se refiere a que va a dirigir la cuarta transformación de México en su Historia, debe entenderse que será con referencia a su Historia Política. En cuanto a la Historia Urbana, donde claramente deberíamos ubicar como primera transformación el período Preclásico (con el surgimiento de Cuicuilco y Teotihuacan, de La Venta e Izapa), no puede esperarse una transformación por medio de la propuesta que ha presentado su equipo de trabajo bajo el título de AMLÓpolis.

AMLÓpolis es un documento que se plantea en siete ejes:

  1. Desarrollo regional,
  2. Política metropolitana,
  3. Desarrollo urbano,
  4. Suelo,
  5. Vivienda,
  6. Movilidad, y
  7. Política agraria.

Cada uno de éstos se divide en pequeños apartados, que serían los siguientes:

  • Diagnóstico,
  • ¿Cómo nos vemos en 2024?, y
  • ¿Cómo lo vamos a hacer?

AMLÓpolis.png

El documento es sencillo, de sencilla lectura, sencilla digestión, venturosamente sencillo… y desgraciadamente simple. A decir verdad, con excepción del apartado de Vivienda, AMLÓpolis no es nada que el INEGI, el Programa Sectorial de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano 2013-2018 (del gobierno federal actual) o la Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano; no hayan expresado antes. Si bien, como profesionista del Urbanismo, considero que en amplios términos lo que plantean tanto el Programa Sectorial como la Ley son ideas adecuadas (y cabe decir que, frente al documento presentado, mucho más completas), no hay inventiva en los nuevos planteamientos… más allá de un par que se antojan contradictorios y que podrían mermar los avances que pudiera conseguir la administración siguiente.

Por ejemplo, aspirar a la “atención integrada, participativa y de largo plazo” de los temas metropolitanos, como “la gestión integral del agua y de las cuencas ambientales, la gestión integral de los residuos sólidos, de los servicios públicos y equipamientos sociales, y de la seguridad ciudadana”, es francamente opuesto a “fortalecer las capacidades locales en materia de desarrollo urbano, sobre todo a nivel municipal”. También, “favorecer ciudades compactas mediante políticas de movilidad que reduzcan las necesidades de traslado y generen accesibilidad a equipamiento y espacio público” es en sí mismo un contrasentido, ya que no son las políticas de movilidad las que reducen las necesidades de traslado, sino las de suelo, las laborales (como el trabajo a distancia o semanas laborales más cortas) o las educativas (por ejemplo, sólo tener acceso a la educación completamente gratuita en escuelas de educación básica cercanas que reduzcan los desplazamientos). Otra gran carencia es que, aunque en los diagnósticos se habla de situaciones de riesgo en las ciudades, ni una de las acciones se refiere a prevención, reconstrucción, resiliencia o modificación de reglamentos.

Por casi todo lo demás, no es que el documento sea malo. Ni los objetivos del Plan Sectorial actual ni las herramientas que incorpora nuestra nueva Ley lo son. Sólo se está dejando de lado la posibilidad seria de una transformación social y, si lo pensamos detenidamente, toda transformación social verdadera ha venido acompañada de una transformación de modelo territorial. La Independencia, por ejemplo, cambió al soberano del territorio nacional, dejando de ser del rey de España (quien determinaba su aprovechamiento en función de sus propios intereses) a ser de la Nación. La Reforma acabó con un la iglesia católica como agente preponderante del suelo, dando oportunidad a su distribución, su fraccionamiento y a la apertura de calles y espacios públicos donde antes los conventos eran bordes que rompían el funcionamiento de la ciudad. Por ahí otro movimiento interesante, el Plan Socialista de la Sierra Gorda a inicios del Porfiriato, que no llegó a concretarse, planteaba que todo campesino debía poseer el suelo donde vivía y el que necesitaba para alimentarse, lo cual hubiera vuelto a las haciendas completamente porosas, discontinuas, y probablemente un pésimo negocio, en beneficio de la propiedad comunal y familiar de los campesinos. Finalmente, la Revolución, por otros medios, combatió al latifundio, y consiguió la repartición de tierras, y un cambio social, económico y territorial profundo.

Luego entonces, esperemos que el futuro Programa Sectorial en la materia no sea sólo más ambicioso, sino atrevido. Porque, de no replantearse la idea general de AMLÓpolis, el Lic. López Obrador, y México, podrían estar renunciando a una transformación social de largo plazo, palpable y verdadera. Pensemos en verdaderas innovaciones: derecho constitucional al tiempo libre, fusión forzosa de municipios para crear gobiernos metropolitanos, límite al número de propiedades que se pueden poseer en un mismo asentamiento humano, impuesto a las mansiones, impuestos prediales con “p” de “podremos hacer más si lo cobramos”, transporte público amigable con las bicicletas todos los días y a todas horas, espacios públicos en azotea, jardines aéreos sobre avenidas, sistemas de túneles subterráneos en ciudades donde se pare la vida (reduciendo la actividad social y económica) por calor… o cualquier otra idea que puedan ser una transformación en nuestras urbes. Si hace más de dos mil años, Cuicuilco hizo ciudad con sólo 20 mil habitantes, con cambios que transformen la vida de casi cien millones que vivimos en nuestras ciudades no sólo haremos Historia. Haríamos época. Vale la pena intentarlo.


Museo de las Preguntas

¿Cómo se transformarían nuestras ciudades si recuperáramos todas las ideas de 10 Propuestas Urbanas (edición Constitución de la Ciudad de México, y Edición #Elecciones2018)? ¿Podemos imaginar una sociedad distinta sin un uso distinto del espacio? ¿Cuánto cuesta hacer jardines aéreos urbanos y cómo se verían? Ya… en serio… ¿para cuándo unos jardines aéreos?

GreenAir_Nomad_David_Johnson8

Ejemplo de jardín aéreo. ¿A poco no quieren uno, pero adaptado, sobre alguna de las principales avenidas de sus ciudades? Proyecto Green Air de Nomad Studio. Fuente: Archdaily.mx

Anuncios

El lado B de la banqueta

Le dije que no quería bolsita. Pero vestido como se va al Senado, me vuelvo sospechoso de robarme hasta los libros. <¿Me muestra su libro y el ticket?>, dijo el guardia. Le doy el libro. <¿No tiene ticket?> El ticket iba dentro. Y es hora de salir a la urbe.

Domingo García Ramos decía que, para conocer la ciudad, hay que patearla. Así que, después de pasar por un texto acerca de la misma, salgo de la librería El Sótano a tratar con la superficie de la banqueta. La siento ligeramente granulada, la miro entre la oscuridad llena de luces, un lejano olor de tacos, el ruido inmediato de los coches. Por las noches, en avenida Juárez pasan cosas: bicicletas, peatones, puestitos de dulces, automovilistas hundidos voluntariamente en un trayecto amargo. Pero del otro lado, en la otra cara de la banqueta, hay aún más de todo: los túneles del metro, los electricistas, las puntas aztecas de obsidiana que dicen que si salen en tu predio te lo expropian, los chinos de China, el chavo que pide dinero, regalitos que mandan de Polanco a Chalco, el diablo y otro número de infiernos. Es decir, puras cosas que siente en el estómago un clasemediero de corazón.

Por allá palpita un semáforo en amarillo que, dicho con toda la elegancia que le gusta a Vargas Llosa, ni le da las nalgas a los conductores ni a nosotros nos da el paso. Paso entre los automóviles hasta llegar a la Alameda. Encuentro por ahí una instalación, me la imagino artística, que se ve cúbica, hecha de ladrillos, y me acerco. Los primeros párrafos de la cédula explicativa son los nombres de todos sus autores arquitectos. Por ahí se dice que es una instalación para reflexionar sobre el sismo del 19 de septiembre, por ahí se cuenta que los ladrillos serán donados para la reconstrucción en Xochimilco. Al entrar por una puerta angosta donde no pasa ningún lesionado del sismo con muletas, llego a una cúpula inversa del mismo material que vi de fuera. La parte más baja está en el centro. Cuanto más uno sube ladrillo a ladrillo, hacia el borde de la cúpula, más angosto se vuelve el apoyo. Me encuentro trepando una metáfora; quizá así se hayan sentido mientras el tiempo se alejaba más del terremoto quienes tenían a alguien bajo los escombros; así también aterriza el vértigo cuando un par de horas después comprendes la magnitud de lo que ha pasado. Hace unas horas, la señora que vende comida por mi casa contaba que su hija le preguntó qué fecha era, porque tiembla todos los días 19. Hoy es 19 y también tembló, pero no lo sentí y me quedé arriba en el edificio. Bajo de los ladrillos y busco la puerta angosta por donde, aquel que se caiga explorando la instalación, no podrá ser sacado en la camilla.

Y vuelto, sin haber salido nunca, a la Alameda. Hacia el norte, entre este parque tetracentenario y Bellas Artes, se abre la calle Ángela Peralta, usualmente cerrada, y de la que nadie sabe más el nombre. A mi izquiera hay un payaso, rodeado de un público ferviente, tejiendo a pedacitos un chiste sobre un novio mandilón; a mi derecha, un predicador que en su megáfono conjura que mis pecados, y los de ustedes, han sido perdonados. De ser así, su oficio debe ser el más ocioso. También a mi izquierda, encima del payaso, se alza un monumento, donde está empotrada la máscara mortuoria de Beethoven. Ha de hacerle bien esa sordera. Mientras camino, los ruidos no se acaban, pero cambian, y entro al metro.

En Bellas Artes confluyen dos líneas: la azul, con murales mayas sobre sus paredes, y la verde, que pasa abajo, que es más profunda, y en cuya bocamina el Gobierno de la Ciudad de México montó una exposición de Barbara Kruguer. Dice en letras grandes: “TIEMPO DE GUERRA | JUEGO DE GUERRA | GUERRA DE PANDILLAS | GUERRA MUNDIAL | GUERRA POR LA PAZ | GUERRA SIN FIN”, a la entrada del túnel donde la gente desaparece rumbo a Iztapalapa. Las dos líneas del metro me llevan a mi casa, pero los murales de la azul me transportan a un hogar.

29425348_10155535981989503_2108970306889580544_o

Tomo el convoy con dirección Tasqueña y me vuelvo un número más bajo la calle. Y sin embargo, cuando todos estamos al mismo nivel, aunque sea seis metros bajo las coladeras, nos hacemos tan personas. Una chica… podría ser Alejandra… se delata enamorada cada vez que se ríe; el chico detrás de su chico… podría llamarse Tavo… hace movimientos de robacelulares; y el que lo ve y escribe… quizá algún José Armando… se hunde un momento en algún miedo medio clasemediero (o chilango). En realidad, todo está bien, y vamos felices rumbo a casa.

 

José Armando


Museo de las preguntas

¿Es frívolo o altamente sensible donar los ladrillos de una obra de arte, aunque demoren más en llegar a donde se necesitan por el tiempo que pasaron el exhibición? ¿Nos gustan nuestros prejuicios? ¿Qué se siente apellidarse Guerra? ¿Y llamarse al mismo tiempo Paz? ¿Cuento peores chistes que el payaso de la Alameda? ¿Por qué?

¿Pero a dónde te lleva el metro?

Escenario: una banca metálica en un vagón del metro. Un indigente y un jesuita sentados en medio. Del lado del jesuita, un señor también sentado. Del lado del indigente, tres lugares metálicos vacíos, hasta que yo me siento junto a él y luego, ocultas tras de mí, dos chicas más.

Indigente: ¿Hasta dónde vas?

Jesuita: A Eugenia.

Indigente: ¿Pero a dónde te lleva el metro? Hasta tu soledad. Vas para aquí, vas para allá, ¿y a dónde llegas? A tu vacío.

Los dos siguen conversando. En Chabacano el sacerdote le toca la cabeza y lo bendice. Le toca también bajar, pero se queda y no transborda hacia Eugenia.

Indigente: ¡Tengo ganas de llorar!

Señora enfrente: ¡Qué paciencia! [Se ríe.]

Jesuita: ¿Tiene ganas de llorar?

El hombre abraza con su mano el hombro del otro hombre. Yo bajo ya en Viaducto. No creo que alguien se siente en ese hueco. A tantos da terror tratar con quien lo siente.

Afuera choca un taxi contra un auto. También se escucha hueco. Dos seres humanos descienden a ver qué pasó con sus metales. ¿A dónde los lleva un coche? ¿Hasta dónde llegas? Fin de las dos escenas, que en medio de la nada, o del miedo a la nada, continúan.

José Armando

Vagón del metro

Fotografía: lacoctelera.mx


Museo de las preguntas

¿Cuánto tiempo tarda pasar de una posición “privilegiada” a la indigencia? ¿Por qué no es usual que después de un choque se bajen a preguntarle al otro si está bien? ¿Es más imbécil el que chocó, o el que se lo dice y hace más complicadas las cosas? ¿Las misas generan aprendizajes significativos (neta, como amar a tu prójimo), o quedan muy por detrás de otros tipos de “capacitación” que reciben los miembros más activos de la iglesia? ¿Por qué está tan bien visto socialmente, en muchos ambientes sociales, discriminar a los indigentes?

¿Día del urbanista? ¿Por?

8 de noviembre. Mesas, tomas de protesta, conducir ceremonias, asistir a comidas, boletines, convocatorias, dos fotos nuevas de perfil en un solo día. Más o menos eso es lo que uno ve o hace cuando uno se vuelve urbanista, voluntarioso y hasta metiche. Felicitaciones, mensajes, obsequios (poquitos) y aplausos. Al día siguiente uno amanece y se encuentra esto:

8 de noviembre, es el día mundial del Urbanismo (convencional).
No sé si “celebrar” o conmemorar, al coincidir con Koolhaas respecto a la increíble cantidad de esfuerzo desperdiciado. ¿Hay alguna otra disciplina/profesión que tolere tanto pensamiento y esfuerzo humano generado sólo para ser tergiversado, o en el menos peor de los casos, botado y archivado?

Lo escribió un amigo urbanista. De esos que subestiman que ser tergiversado, y botado (de preferencia con “v”), es acto cumbre de otros gremios, como el de los políticos; y que en esta vida ser archivado hablando de temas de ciudad, es hasta un logro para los que quisiéramos hacer carrera académica (y difícilmente hay espacios), o para los vecinos, a quienes no sólo no les pagan por escribir sobre su barrio, sino que (en mi experiencia) rara vez les toman en serio una denuncia. Sin duda para una queja llegar a una estantería es cumplir los cinco años para un niño que, más chico, puede enfermar de todo. Aunque, desde luego, para los que estudiamos para urbanista pensando en influir en la ciudad, quedar archivado es bastante indigno. Y aunque no todo quede en planos, o de plano ni a eso llegue, que no hallamos logrado trascender temas que hemos trabajado a la discusión pública indica que, en efecto, hay un rezago que limita el bienestar de personas que viven allá fuera.

Luego entonces, su queja claro que tenía motivos, y por eso mi respuesta a él fue la siguiente:

jajajaja, ya vente a tomar un café y lo platicamos. O sea, al final te voy a decir que tienes razón. Pero estas cosas se pasan mejor con un café.

Puesto que si alguna ventaja ha dado la ciudad capitalista y postindustrial por encima de cualquier otro tipo de asentamiento preexistente, es que, a diferencia de los demás, en éstas abundan las cafeterías (y otras cosas que los pobres no podrán pagar). Más allá de ello, ¿son las ciudades contemporáneas, ellas mismas, una solución? Yo pienso que no.

Volvamos a los cafés. En su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, Marshall Berman, al explorar los paradigmas urbanos que han dado a luz a nuestras ciudades actuales, recupera un cuento de Baudelaire, llamado “Los ojos de los pobres“. El cuento está ambientado en un París renacido en su traza de nuevos bulevares, que dan vida también a nuevos cafés, mientras la de tantas personas se consume al exterior de sus cristales. El protagonista narra:

… Al anochecer, un poco fatigada, quisisteis sentaros delante de un café nuevo que hacía esquina a un bulevar(…)
… Enfrente mismo de nosotros, en el arroyo, estaba plantado un pobre hombre de unos cuarenta años, de faz cansada y barba canosa; llevaba de la mano a un niño, y con el otro brazo sostenía a una criatura débil para andar todavía (…). Todos harapientos. Las tres caras tenían extraordinaria seriedad, y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con una admiración igual, que los años matizaban de modo diverso.
… No sólo me había enternecido aquella familia de ojos, sino que me avergonzaba un tanto de nuestros vasos y de nuestras botellas, mayores que nuestra sed. Volvía yo los ojos hacia los vuestros, querido amor mío, para leer en ellos mi pensamiento; me sumergía en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente dulces, en vuestros ojos verdes, habitados por el capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me está siendo insoportable con sus ojos tan abiertos como puertas cocheras! ¿Por qué no pedís al dueño del café que los haga alejarse?»

Y el asunto es éste: a las personas en situación de vulnerabilidad, ¿les está solucionando la vida la ciudad?

Aumenta-Chile-familias-asentamientos-marginales_948815362_12311145_1785x1024

Fuente de la imagen: holaciudad.com

En mi impresión, gran parte de los urbanistas considera que sí. Yo me quedo con frases del libro Gente del abismo de Jack London. Para los pobres, el pedazo violento, hacinado e insalubre que la ciudad es capaz de alquilarles, desde el momento en que ya no es posible ofrecerles la movilidad social, y con todo y ello los extorsiona con el pago de su renta cada mes, se convierte en “un inmenso matadero”. No sólo por los crímenes violentos, la violencia directa de la policía contra quien sea sospechoso de ser pobre, las enfermedades o el hecho de que a uno que no le alcanza el dinero para vivir cerca se le pueda ir una cuarta parte de su vida en el autobús. Lamentablemente, expectativa de vida se define como el número de años que estadísticamente uno podría vivir, y  no en cambio a lo que podría llegar a hacer en esos años o lo que puede esperar de ellos. Y el pobre que se encuentren en el 40% más bajo de ingreso, según Ricardo Raphael, en su libro El Mirreynato, difícilmente podrá ir más allá. Su vida como proyecto, y sus expectativas de ella, están bastante muertas desde su nacimiento. Ese grupo “está condenado a vivir en la pobreza perpetua”.

De acuerdo con un artículo del Banco Mundial intitulado “La pobreza urbana en México”, para los primeros años de este siglo, todavía una gran cantidad de la población urbana en México padecía situaciones de pobreza extrema. Pensemos en tres niveles de pobreza: la pobreza alimentaria (el ingreso no alcanza para cubrir tan sólo la canasta básica), la pobreza de capacidades (podrá alcanzar para la canasta básica, pero no para gastos de salud y educación) y la pobreza patrimonial (sí alcanza para la alimentación, salud y educación, pero ya no se alcanza a cubrir vivienda, transporte y vestido). Desde luego, quien se halla en pobreza alimentaria (o sea, que no alcanza a sufragar ni su comida) tampoco tendrá dinero suficiente para educación o vivienda, lo que hace que se contabilice tanto en el rubro de pobreza alimentaria, como en el de pobreza de capacidades y patrimonial al mismo tiempo.

Al año de 2004, la población rural en México presentaba una pobreza alimentaria de 27.9%, una de capacidades de 36.1% (incluyendo al 27.9% se halla en pobreza alimentaria, y 8.2% más), y 57.4% en situación de pobreza patrimonial (que incluye a los dos grupos anteriores y un 11.5% extra). Mientras tanto, la población urbana tenía un 11.3% de pobreza alimentaria, un 18.1% de pobreza de capacidades (es decir, el 11.3% en pobreza alimentaria y un 6.8% adicional) y un 41.7% en pobreza patrimonial (o sea, la suma de los dos tipos de pobreza anterior, y 23.6% que se suma). Por otra parte, mientras que en esos mismos años la pobreza alimentaria y de capacidades disminuyó en las ciudad alrededor de un cuarto más rápido que en los asentamientos rurales, la pobreza patrimonial prácticamente varió al mismo ritmo: disminuyó 4.21% anual en el medio rural, y sólo 4.58% en el medio urbano.

Gráfico pobreza rural y urbana

El mismo estudio del Banco Mundial sugiere que seamos cautos al pensar que todas las ciudades se comportan igual, y todos los asentamientos rurales funcionan de manera parecida. Sin embargo, aun si nos atrevemos a meter todas las ciudades en la misma bolsa, podríamos estimar que reducen la posibilidad de morir de hambre, aumentan la de recibir servicios de salud o educación, pero no son más eficientes que otros asentamientos humanos para poder salir de pobre. Es decir: habrá muchos servicios; podrás acceder a los que son gratis, como la escuela pública, pero te quedarás viendo por fuera otros, como las casas de café, o, peor aún, el mexibús, o la vivienda en renta.

Luego entonces, ¿son las ciudades la solución? No. Pero sí pueden ser una herramienta. Gracias a al haber más compradores los costos de ofrecer bienes o servicios se reparten entre más personas, las ciudades pueden disminuir el precio, o facilitar el acceso, a bienes y servicios como los alimentos, la salud y la educación. Sin embargo, las distancias que hay entre las cosas que uno necesita encarecen ya sea el transporte por tener que trasladarse tanto, o ya sea la vivienda, al pagar más por intentar estar más cerca de ellas. En 2004, uno de cada cuatro mexicanos que vivía en zonas urbanas, podía pagar su comida y no morirse de una enfermedad a la primera, pero no tomar la combi.

En toda la historia de la humanidad, me atrevería a decir que nunca se había acumulado tanto poder en las ciudades, pero tampoco a tanto humano sometido a sus durezas. Como civilización (es decir, como cultura que produce ciudades) estamos fallando en algo esencial: si económicamente la mayor parte de los habitantes en las ciudades pueden acceder a los bienes que necesitan para sobrevivir, ¿por qué les estamos complicando la existencia poniéndoselos lejos, como para que gasten tanto en transporte que no puedan pagarlo? Y si vivir en una ciudad reduce a la mitad las posibilidades de morir de hambre, o de no acceder a servicios de salud, ¿por qué los mecanismos económicos para acceder a una vivienda les impide vivir en la ciudad o acaban habitando en condiciones contrarias a su salud misma, como el hacinamiento?

Si a todo ello me preguntaran, ¿qué celebrar el día del urbanista?, yo diría algo muy sencillo: que existimos profesionistas entrenándonos para usar una herramienta (la ciudad). Y eso es sumamente positivo. Porque la ciudad, bajo ciertas condiciones, sí podría volverse solución. Y esa condición es bien simple: no condicionársela a nadie. Habrá que ser imaginativos para encontrar cómo hacerlo, cambiar el paradigma. De otro modo, la ciudad no solucionará nada a quienes no poseen ni el suelo que ocupa su sombra, a esos quienes ven los beneficios de vivir en la ciudad desde el otro lado del cristal; desde fuera.

El reto para incluir a todos, y salir como sociedad de la pobreza, radica en gran medida en el acceso a vivienda y transporte en la ciudad. Pero también en entender la desigualdad en el espacio urbano; que va desde entender quién y como controla los paisajes urbanos (que es lo que yo estudio… y va desde los monumentos hasta el lenguaje o la ropa), hasta averiguar los mecanismos de expulsión empleados contra los pobres por medio de acciones económicas o políticas (a lo que se dedica mi amigo que se siente archivado). Si gran parte del quehacer sí está en nuestras manos, gran parte de la solución está también en nuestro predio. Celebremos el día del urbanista. La felicitación habrá que ganárnosla.


Museo de las preguntas

¿Entonces cuándo el café? ¿Cuál será el estado de la pobreza urbana en México al día de hoy? ¿A alguien más le ha marcado la vida Gente del abismo de Jack London? ¿Por qué sigue muriendo gente de hambre en la Ciudad de México? ¿Se puede solucionar la pobreza en el capitalismo? ¿Qué vamos a hacer?

¿Cuál es la justicia posible?

De pronto me pregunto si leer noticias no se ha convertido en un reallity show donde cualquiera con dos dedos de frente (más otro que se equilibre en la cacha y un tercero en el gatillo) puede, por su propio arrojo, puede llegar a cierto tipo de estrellato.

 

Iglesia-Bautista-Sutherland-Springs-Antonio_LPRIMA20171105_0028_35

Iglesia bautista de Southerland Springs,  Texas.

El pasado domingo 5 de noviembre, en un momento en que paseaba en bicicleta con un maravilloso matrimonio texano (a quienes les platicaba del libro sobre la vida de indigentes Gente del abismo de Jack London, y quienes me explicaron sobre el papel de Lyndon B. Johnson en la igualdad racial en los Estados Unidos), otra persona en Texas, con peores intenciones y la tercera parte de años de vida, saltaba a la fama por el único mérito (nada fácil de conseguir, me imagino, o al menos muchos no podríamos ni querríamos imitarlo, pero eso no lo vuelve honroso) de 26 personas, en un tiroteo que, si bien llega a las dos cifras, se vuelve más mortífero incluso por su dimensión: de todos los habitantes de Southerland Springs, uno de cada 20 murió ahí. El asesino falleció posteriormente (lo que deja, finalmente, un saldo de al menos 27 difuntos).

 

Horas después, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, postulado por el partido que gobierna Texas, declaró: “está claro que nos encontramos ante un problema de salud mental de alto nivel. Tenemos muchos problemas de salud mental en nuestro país  pero no es una situación imputable a las armas”. Sin embargo, en un ataque previo, realizado por un uzbeco en Nueva York, tres años mayor al joven blanco de Texas, menos de la mitad de letal y donde, encima de todo, el atacante sobrevivió (ahora mismo puede considerarse un fracaso haciendo tanto esfuerzo en nombre del DAESH, cuando el otro personaje logró el triple y sin tener siquiera una razón política de fondo); Donald Trump no consideró llevar ayuda humanitaria en forma de psiquiatras y pastillas a Irak y Siria. En vez de ello, prometió arremeter “10 veces más fuerte” que lo que lo ha venido haciendo.

El asunto es simple de ver. En primer lugar, es evidente que erradicar las muertes no se logra sólo prohibiendo el artefacto con que se provocan; curiosamente nadie ha pedido que se prohiba el uso de automóviles (aunque estaría feliz de apoyar esa idea basado en otras razones). Necesariamente hay que regular las armas como método de ejercicio de poder. Pero cuando las armas de fuego y las de cuatro ruedas son la única forma en que un joven de veintitantos años logra influir, o al menos figurar, en la esfera pública, hay muchos otros mecanismos de poder que tenemos que regular mejor: la economía que los excluye, la política que los excluye, cuestionar el papel de los medios de comunicación. Y, en segundo lugar, es lamentable que a tantos años de la presidencia de Johnson (ese señor texano, del que me contaba mi amigo ciclista, que abolió la diferencia jurídica entre razas), otro presidente siga discriminando con base en raza y Geografía. A unos, chochos; a otros, drones, hambre, ruinas, la sensación de que arrollar cristianos (literalmente) es lo que único que queda.

Después de pasear con estos amigos texanos, y despedirnos sin que ellos aún supieran de lo que había ocurrido en Southerland Springs, visité el Centro Cultural Tlatelolco. Hay una exposición de Marcelo Brodsky: “1968: el fuego de las ideas”. Brodsky, refiriéndose a las movilizaciones sociales, hace una observación clave: hay que preguntarnos qué justicia es posible. Con el atacante de Texas muerto y el de Nueva York incapaz de devolverle la vida a nadie, parece que la única justicia verdadera es evitar a cualquier otro un sentimiento tan triste e indecible como el de perder a las personas que amas. Llevar más guerra, por lo tanto, sería un error, como también querer acabar con el dolor de las balas en suelo norteamericano bebiendo un vaso de agua, palabras, calmantes y aspirinas.


Museo de las preguntas

¿Se habrá alguna vez diagnosticado Donald Trump (digo, así con todo respeto, pero con mucha curiosidad) sobre su estado de salud mental? ¿Son los atentados para él parte del reallity show en que se desarrolla su carrera política? ¿Votarán otra vez por él?

Lujuria – a más de un mes del temblor

Septiembre aún baja

en cada gota

en cada ajuar de laja y polvo

por los ojos

de tejas la ciudad se descobija

de ropas se despoja

se acuesta y desnuda en su jauja roja

repuja sus hombros de escombros

ecos que no se enderezan

manos que se levantan

muertos que no despiertan

sueños que sí despiertan

lázaros silentes

jesuses en la boca

fuego en gerundio

ruego en gerundio

gemido en rojo

todo cruje en el miedo a la nada

las carnes rajadas

se llaga el vientre

por siempre

ante siempre

desde siempre

y bajo un siempre

ajado

envejecido

un jamás vencido

un no más rogando

y así la ciudad se despide gestante

y se queda debajo

y se inflama hacia dentro

dejando un vacío

 

23 de octubre de 2018

Aún nos desnuda el rostro el recuerdo del temblor

Ruinas Xochimilco caleidoscopio.png

Escombros en Xochimilco a través de un filtro de imagen de caleidoscopio…  inflamación del vientre de la ciudad hacia dentro.

 


Museo de las preguntas

¿Por qué duele tanto el recuerdo de cuando tuve que decidir ir a ayudar a desconocidos por la única razón de que alguien los amaba, y aceptar que lo único que me quedaba a mí era esperar que otro desconocido creyera en lo mismo que yo y se ocupara de ayudar a quienes para mí son lo más importante?

¿Y tú qué estás viendo? (Mirar mientras esperas al Metro)

Por demás, es de muchos conocida la frase de que ninguna imagen es inocente. La dijo Regis Debray para su ensayo Vida y muerte de la imagen. Pero en otro sentido, otra cosa que tampoco es inocente (incluso menos) son las miradas. Y no porque mirar sea siempre una transgresión; mirar, todo el tiempo, lo que sea con tal de no dejar de hacerlo, resulta a veces una convención social que nadie se anima a transgredir con la acción de cerrar los ojos; ni siquiera cuando este acto le desafanaría de una pregunta clave: mirar hacia dónde.

Y es que quizá lo culpable de la mirada, más allá del hecho de complacernos por lo que miramos, proviene muchas veces de no sentirnos a gusto por no poder dejar de mirar y no saber si miramos lo que querríamos estar mirando. De ello hay muchos ejemplos: ¿quién no se siente culpable de no saber a dónde mirar cuando atestigua un robo?, ¿una enfermedad que se manifiesta en la apariencia de alguien?, ¿o a quién no pone incómodo tener que elegir dónde mirar cuando llega con un amigo platicando al mingitorio y no sabe qué es peor descortesía, si dejar de mirar al amigo mientras se agarra y se sacude ese otro amigo, si mirar al techo, si hacerlo al mingitorio…? Y sin embargo, y contra todo, seguir mirando, a cualquier lado, en lugar de cerrar los ojos, parece lo normal.

Uno de los casos más llamativos, pero en el que ni siquiera cerrar los ojos es buena idea, es el de mirar en el andén del metro. Aunque nos hayamos acostumbrado, estar en el andén, literal, es andar al borde de la muerte. A metro y medio, cuando mucho, de las vías del tren. Cerrar los ojos es un poco imprudente. Pero entonces, ¿a dónde mirar cuando se espera el metro? Contemos las opciones: hacia el túnel obscuro, hacia un pasajero de junto, hacia un pasajero distante, al piso, al techo, a las cámaras de seguridad, el celular, un anuncio o a las vías del tren.

Dice un dicho scout que un tonto alumbra con su linterna al cielo, al fuego o a la cara; al apuntarle al cielo, no se alcanza a ver nada, por lo que dirigirle la luz es inútil; en el segundo, el mismo fuego produce la luz, por lo que alumbrarlo es absurdo; y el tercero es grosería. Y dirigir la mirada hacia cualquiera de los elementos mencionados en un andén del metro incurre en alguno de esos supuestos. Es decir, no por mirar al túnel con cara de 12 de diciembre aparece antes el tren, ni el techo es más revelador que el de los baños de hombres cuando se va al mingitorio (sino que delata la culpa de quien lo hace) y mirar a otra persona puede llevar a una incomodidad gratuita no sólo para uno, sino también a los demás. Y la cosa es peor al combinar los elementos: sumar miradas a pasajero distante y al anuncio que tiene detrás, hará que dicho pasajero no sepa si lo han identificado, y no hay peor lotería que encontrarse en una ciudad tan grande a alguien que te ubica pero que no conozcas; mirar alternadamente la cámara de seguridad y al túnel, hará que te crean suicidad; y mezclar suelo y pasajero de junto, te vuelve acosador, carterista. Aunque si uno se queda viendo al celular, se puede volver víctima de alguno. Pero si en tu ciudad cuentas con un gobierno de izquierda capitalista hasta lo inescrupuloso, no tienes más por qué sentirte así.

Tunel-Metro -Sevilla--644x362

Túnel del metro de Sevilla. No sé si sepan en Sevilla que aquí tenemos la estación Sevilla. Tampoco he podido averiguar si en alguna ciudad del mundo hay una estación llamada México.

La otra noche volvía de Puebla (una de esas ciudad en las que tanto se quejaban del Distrito Federal, y donde no hicieron casi nada para evitar acabar siendo lo mismo, pero sin metro) y transbordé de la línea 1 del metro para tomar la dos. Sin embargo, al bajar al andén en Pino Suárez, las primeras personas con que me crucé estaban miraban al mismo punto; nada expectativas, nada incómodas: uno de esos monitores de televisión autorizados por el gobierno capitalino para ser instalados en los andenes y transmitir, única y exclusivamente, la señal de ISA TV.

Gracias a esos monitores, podemos alimentar nuestras fantasías más burguesas incluso en nuestros momentos del día más proletarios: cuando esperamos aplastados entre otros desposeídos (especialmente de tiempo, que es finalmente lo que el proletario puede vender) para llegar al trabajo, y cuando incluso la cara más amable del gobierno (el Sistema de Transporte Colectivo Metro) te arruga la camisa y la sonrisa, da las respuestas que cree que necesitas con una grabación (“permita el cierre de puertas”… ¡obvio! … “la marcha será lenta”) y te hace esperar. Pero, justo gracias a esos monitores, de unos años para acá, mirar hacia algún punto en el andén del metro no tiene por qué ser incómodo. Especialmente, desde que la televisión tiene todas las respuestas y, en cambio, nos ahorra, entre otras incomodidades, la de hacernos preguntas a nosotros mismos. Por ejemplo: ¿llegará pronto el metro?, ¿qué me llama la atención de ese anuncio?, ¿por qué estoy mirando al pasajero de junto?, ¿seré por dentro un carterista?, ¿seré por fuera, y aún no me he dado cuenta, un acosador?

Y así, desde que perdemos la oportunidad hacernos preguntas, y el sonido de la tele es más alto que el del hámster —curioso, machista, genéticamente católico y arrepentido la mitad del día— que todos llevamos en el cráneo, la incomodidad también queda para otro momento. Para incomodidad, pues, queda la de que nos pongan en esos monitores de ISA TV videos de Katy Perry y comerciales de que Tuny nos llenó de latas de atún durante el sismo (¡qué generosa será una marca que no sólo gasta en donativos, sino en hacernos saber de ellos!). Pero la de mirar, mirarnos a nosotros mismos y hacernos preguntas… cuando menos esa incomodidad, afortunadamente no.


Museo de las preguntas

¿Cuántas ciudades con metro tendrán en otra ciudad una estación con su nombre? (Como Sevilla, que tiene metro y una estación en la ciudad de México llamada también Sevilla). ¿Será de pronto mutuo el asco, y nos verán con él las ratas de metros como el de Nueva York, donde abundan? ¿Qué porcentaje de acosadores (en su acepción jurídica) se considerarán acosadores? Si partimos de que el color naranja genera hambre, ¿qué porcentaje de las ventas de los comerciantes ambulantes son consecuencia de ese color y, visto desde ese aspecto, cuántos empleos de vendedores de palanquetas y alegrías en realidad genera?