¿Leer es un acto solitario?

Casi once años atrás conocí a la primera mujer de la que me enamoré perdidamente. La encontré metida en mi sleeping bag. No es como suena. Es mejor. Ocurrió en Acámbaro. Dos días después recibiría mi primer premio literario: primer lugar en poesía para mayores de 14 años (yo apenas entraba en la categoría, ya había cumplido los 15) de la Asociación de Scouts de México. Pero para ese entonces ya traía una gran sonrisa. En aquel campamento, el Encuentro de Expresión y Arte Scout XXV, los organizadores pusieron cine al aire libre en una cancha de básquetbol. El suelo de concreto estaba helado, el aire frío, estaba en pantalla, además, El día después de mañana. Aquella madrugada no sólo tenía frío, afortunadamente un sleeping bag abierto… y unas ganas de ir al baño. Dejé mi sleeping, fui al baño y cuando volví ya no lo encontraba. Con la luz que reflejaban las montañas de nieve en la pantalla pude al fin encontrar mi sleeping bag… y dos chicas debajo que, de frío (esa es mi versión, debo aclarar) se lo habían robado. Y sin embargo la luz no era tanta para reconocerlas. Al poco tiempo una de ellas se fue, y a la otra aún no la veía. La escuchaba hablarme de Neruda. Vi sus rasgos hasta que la acompañé a su campamento: era de mi edad, considerando nuestra terrible desvelada (cosa que ponderas después de unos campamentos scouts) era bonita. Y sin embargo, desde antes, me iba sintiendo atraído, enamorado. La semana pasada, con años en medio de silencio, platiqué con ella. Está casada, vive fuera del país y su primera impresión de mí fue que yo era el primer chico de su edad que conversaba con ella de Juan de Dios Peza. Esa pequeña confesión me recordó que aquel noviembre de 2005 aprendí que leer no es una actividad solitaria, sino todo lo contrario.

Y quiero hablar de ello: leer no lo sustrae a uno, sino que, bien realizado, y cuidando las medidas, es una manera de integrarse. ¿Por qué cuidando las medidas? Vamos a los datos: de acuerdo con un estudio de Google para 2010, la Humanidad habría publicado durante la Modernidad alrededor de 129,864,880. Quizá la cantidad no es demasiada. Si hacemos caso a aquel proverbio que dice que una persona debe tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, la Humanidad va bastante por detrás de cualquier expectativa de estar compuesta por seres realizados. 129 millones es como si cada persona que viviera actualmente en México y Cuba hubiera publicado un libro, y nadie más en el mundo ni ahora ni en los siglos XVIII, XIX y XX. Sin embargo, si lo ponemos en términos de cuánto tomaría a alguien leer ese volumen, queda fuera de toda escala humana. Si una persona concluyera en promedio un libro por día, tardaría más de 355 años en terminarlos todos. Y la otra, finalmente, es: ¿para qué? Si todo lo que se escribe, finalmente, tiene que ver con las experiencias vitales del autor, en mi opinión, para poder comprender mejor a quien escribe, nosotros debemos permitirnos también tener experiencias vitales. A estas alturas, creo que para disfrutar al máximo El amor en los tiempos del cólera conviene pasar antes por la terrible experiencia de ser rechazado, como tampoco disfrutará igual Drácula quien no haya tenido el placer de recorrer el silencio misterioso de las ruinas, de los cementerios y de la incertidumbre que habita en nosotros cuando vamos a ellos. Finalmente, en La rosa transfigurada (uno de los libros que estoy leyendo), Ernesto de la Peña nos recuerda a dónde llevan los excesos: la curiosidad no mató al gato, sino a Plinio el Viejo, quien en vida estudiaba Botánica, y unos minutos antes de su muerte quería acercarse a mirar cómo le estallaba en las narices el Vesubio. Hasta para la curiosidad está bien tomar algún tipo de distancias.

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Libros que he hojeado esta semana.

Salvadas esas dificultades, leer nos aproxima al mundo. Yo no soy un gran lector. Decir que en la pasada semana piqué la botana que me daban 9 publicaciones distintas significa que, seguro (y lo confirmo) no terminé de leer ninguna. Pero, ciertamente, me da la posibilidad de descubrir quizá no tanto cosas que hay dentro de los textos, sino cómo se relacionan con lo que hay fuera. Por ejemplo, Gilberto Guevara Niebla, autor de 1968: Largo camino a la democracia, me habló de la radicalización de las estructuras que surgieron en el movimiento estudiantil de 1968, la cual no hubiera ocurrido si no hubiera sido porque el gobierno cerró todas las puertas al diálogo, por lo que su energía y descontento tomó (lamentablemente para el autor, y con él coincido) un curso violento, no sólo fuera de la ley, sino enemistado con los planteamientos democráticos que, al menos en texto, ofrecía ésta. No obstante, esta forma de hacer política desde la violencia parece una tradición en nuestro país.

La violencia no siempre va contra la Ley, a veces surge de la ley misma, tema que aborda Andrés Molina Enríquez (mi vecino, así se llama una calle no lejos de mi casa) en Los grandes problemas nacionales. Pero esta violencia no proviene nada más del Porfiriato. Del ensayo de José Manuel Alcocer, “Legislar a los ‘bárbaros’. Los mayas bajo el imperio de Maximiliano”, aprendí que es un mito la idea de que el emperador austriaco siempre fue condescendiente y solidarios con los indígenas, sino que su gobierno estuvo dispuesto a segregarlos y reprimirlos. El periódico imperialista de Campeche solía publicar las medidas encaminadas a “exterminarlos o convencerlos de firmar la paz”, y la creación de instituciones gubernamentales para canalizar quejas de los mayas, en vez de fortalecerlos, estorbó cualquier resolución: para toda la península de Yucatán sólo había un abogado para indígenas, y sólo éste podría llevar sus problemas a los tribunales.

Es curioso que la supuesta superioridad racial de la que en algún momento se preciaron los europeos sea tan cuestionable. Siendo el sector de la población mundial que planteó las ciencias evolutivas, considerando muchas veces subhumanos a los Neandertales (como también llegaron a opinar, por ejemplo, de los africanos), resulta que todos los seres humanos modernos, excepto los que tienen una genética puramente africana, poseemos entre un 1.5% y un 2.1% de genes Neandertales. Esto lo anuncia Kate Wong en su articulo “Neardertal Minds” en Scientific American. Pero esa cultura europea no sólo minimizan su genética, sino también su propia trayectoria histórica. A partir de Jacques Le Goff, autor de ¿Realmente es necesario contar la historia en rebanadas, cuestiono: ¿no son los mismos historiadores europeos quienes inventaron la división entre edades, creando una edad media y ligándola después a la idea de la oscuridad, cuando varias de sus instituciones atravesaron esa frontera hasta el renacimiento, al que intentaron plantear como algo radicalmente distinto de lo que hubo previamente? Ni somos absolutamente diferentes de los Neandertales, ni totalmente ajenos a las instituciones de la Edad Media.

Cuatro autores ilustran el grado de obscuridad existente en épocas en las que nos sentimos entre luces. Michel Foucault, en Vigilar y castigar, explica cómo la medición del tiempo se convirtió en una cuestión disciplinaria: en la medida en que la tecnología avanzó y midió primero las horas, luego los minutos y más tarde los segundos, fue más posible controlar y las actividades de las otras personas. Dostoievsky, por su parte, refiere las fiebres y sensaciones de no confesar lo que se ha hecho en su novela Crimen y castigo. Thomas y Beroul nos recuerdan, a través de Tristán e Isolda, que esta represión de las pulsiones de uno mismo no son cosa nueva, y que no dejamos de actuar como en la Edad Media desde la que ellos escriben: en aquella época como ahora, seguimos padeciendo por amores socialmente prohibidos, o, lo que es lo mismo, hemos sufrido por siglos porque como sociedad nos imponemos cosas que como individuos a todos nos lastiman. ¡Qué sinrazón que aún nos perturba en esta época de razones!

Pero leer no sólo lo vincula a uno con ideas, sino con espacios físicos (como los lugares donde uno los consigue, o la calle Andrés Molina Enríquez, que toma un significado particular a partir de leer a aquel autor). A diferencia de plataformas que hacen entrega de los libros a domicilio, salir a conseguir uno es una experiencia que lo pone en contacto con una serie de interacciones aleatorias, desde lo que ocurre en el semáforo como con las recomendaciones y eventual amistad de los vendedores. Si cada libro o revista lo hubiera adquirido por separado (no siempre fue el caso) más o menos hubiera estado expuesto a 60 km de interacciones aleatorias, suficiente creo yo para llenar la vida no sólo de experiencias de quienes los escriben, sino de experiencias propias.

Espacios hasta donde puedo rastrear los libros.png

Lugares de donde proviene cada libro o revista que hojeé. La línea café es Av. Andrés Molina Enríquez, de la que recientemente me enteré a qué personaje debe su nombre.

Finalmente, me ponen también en contacto con otras personas. Son nueve libros, pero al realizar el recuento de quienes estuvieron vinculados a ellos en su recomendación, en la oportunidad de comentar lo que había leído, o en cómo los obtuve (desde un obsequio directo hasta por apuestas de fútbol) resulta que hubo más personas involucradas en mi proceso de lectura (profesores, familiares, colaboradores de trabajo y proyectos académicos y amistades) que el número de textos que consumí. La lectura no se limita al papel, sino que se refiere a lo que descubrimos o experimentamos en la vida. Leer no es una forma de perderse lo que hay en ella, sino de sensibilizarnos para descubrirla. Saborearla con ritmo, poesía y pausas.

Personas que se relacionan a los libros.png

Personas relacionadas con mi proceso de lectura de los títulos que hojeé esta semana.


Museo de las preguntas

¿Es real el repentino incremento que se reportó en México sobre libros leídos por persona al año, o son cifras infladas? ¿Lo de ratón de biblioteca es porque hay ratones y personas que, a su modo, devoran libros? ¿Sí será posible sustituir los libros impresos por los virtuales? ¿No es molesto que en una novela pienses que el personaje principal va a morir, pero debido al número de páginas que quedan te das cuenta de que sobrevivirá, y la historia pierde un poco de su chiste? ¿A qué se debe químicamente que sea tan delicioso oler los libros viejos? ¿Por qué el papel de hace cien años o más se siente tan rico, gordito, con texturas más definidas que los papeles de ahora?

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