¿A qué temperatura somos más felices?

2016 marcó récord en México con el mes de abril más caluroso del que se tenga registro, y para finales de diciembre podríamos concluir que este año ha sido el de las temperaturas más altas de la historia. Lo anterior afecta en aspectos como el consumo energético: se ha encontrado que por debajo de los 15°C y por encima de los 18°C el consumo energético aumenta, incrementándose el consumo eléctrico en ciudades como Los Ángeles, California, entre 2% y 4% por cada grado en que se eleva la temperatura. Pero también golpea en otros ámbitos como en un aumento de la probabilidad de que existan moscos que transmitan la malaria al pasar de los 15°C de manera sostenida o en un súbito incremento en la cantidad de infartos al sobrepasar los 35°C (en París, en 2003, el calor extremo produjo un incremento de la mortalidad de 142% mientras duró el fenómeno).

Sin embargo, más allá de que el recibo de la CFE, tener malaria o que un familiar fallezca de un infarto no nos pueden poner alegres (especialmente el recibo de la CFE, sin duda, que últimamente cuesta lo mismo que un entierro cada dos meses), las altas temperaturas inhiben la felicidad. Esto según mi propia experiencia de la semana pasada y estudios científicos serios realizados con anterioridad.

De acuerdo con David Maddison de la Universidad de Birmingham y Katrin Rehdanz de la Universidad de Kiel, hay distintos motivos por los cuales las personas pueden preferir un tipo de clima en lugar de otro: la necesidad de tener o no clima artificial, los requerimientos calóricos en la alimentación, vestimenta que se puede usar, limitaciones a las actividades de esparcimiento al aire libre y, acompañando a todas ellas, la salud y un sentido psicológico de bienestar. De acuerdo con los autores, quienes han corrido diversos estudios que relacionan la temperatura con la felicidad, los países cuyos habitantes tienden a un mayor grado de sensación de bienestar son aquellos cuya temperatura promedio ronda los 18.3°C. La muestra incluye 178 observaciones en 87 países, incluyendo la ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.

Por su parte, Yoshiro Tsutsui, de la Universidad de Osaka, estima que la felicidad es maximizada a los 13.9°C. Sin embargo, es importante comentar que estudio fue realizado con base en la experiencia de 75 estudiantes de esa ciudad, que presenta una temperatura media anual de 16.9°C, aunque su rango promedio mensual va de los 6°C en enero a los 28.8°C en agosto (con una diferencia de 22.2°C, bastante alta en contraste con ciudades como Cuernavaca, donde la distancia entre promedios mensuales máximo y mínimo es de sólo 5°C).

En un tercer trabajo, Evert Van de Vliert hace una distinción interesante: los pobres y los ricos no viven del mismo modo ni el frío ni el calor. Él establece cuatro reglas:

  1. Las poblaciones de países pobres son más infelices que las de los países ricos en circunstancias climáticas extremas.
  2. En un clima que produzca estrés en mayor o menor grado, las poblaciones pobres son infelices mientras que las poblaciones ricas se muestran felices.
  3. Los puntos de inflexión de las asociaciones curvilíneas existentes entre el clima y la felicidad tienden a producirse a una temperatura media que ronda los 24ºC (es decir que, pasando esa temperatura media, las personas comienzan a ser menos felices). Y
  4. La evitación de la incertidumbre actúa de elemento mediador de estas asociaciones curvilíneas de riqueza razonable existentes entre el clima y la felicidad (puesto de otro modo, cuando uno vive en una circunstancia sin incertidumbre, disfruta del calor y el frío, pero cuando no tiene asegurados los medios para sentirse bien y enfrentar las temperaturas extremas, entonces éstas le hacen sentir infeliz).

A todo esto, ¿tenemos la certeza para poder enfrentar un incremento en la temperatura? ¿Y a qué incremento realmente nos exponemos? Cuando los medios de comunicación nos alertan (¿o asustan?) de lo que ocurriría con un incremento en la temperatura global de 2°C, nadie nos comenta que en nuestras ciudades estamos muy por arriba de esa cantidad. En Manaus, Brasil, la diferencia de temperatura del suelo con vegetación y el que sólo tiene concreto es de 10°C. Por su parte, el calentamiento del aire de las zonas más densas de París es de 7°C, y el de Los Ángeles alcanza hasta los 4.5°C. La revista ¿Cómo ves? publicó en su número 183 que para el Distrito Federal se estima en 6.5°C más y en el caso de ciudad Juárez en 4.2°C. Este fenómeno se denomina “isla de calor”. ¿A qué se debe?

Isla de calor urbana

Fuente: Marcos Pivetta. “A Heat Island in the Amazon”. Revista Fespisa FAPESP.

Fundamentalmente, a la sustitución de lo que originalmente cubría el suelo (vegetación y agua) por superficies que absorben la radiación solar y tienen baja capacidad térmica (es decir, con poca energía se calientan mucho, como el asfalto oscuro); también afectan las superficies impermeables (como, nuevamente, el asfalto), aquellos elementos urbanos que impiden la circulación del aire (como algunos edificios altos de oficinas), los que en lugar de reflejar la luz solar hacia el espacio lo hacen contra quienes caminamos por la ciudad (como lo hacen las fachadas de espejo), aquellos que por sus materiales o color requieren mayor cantidad de aire acondicionado para funcionar (como los edificios de fachada de cristal o los automóviles oscuros que absorben el 95% de la radiación solar, mientras que los plateados se quedan sólo el 40%), las máquinas que liberan calor a nivel de calle (nuevamente, como los automóviles particulares) o la vegetación que, sin dar sombra, transpira una gran cantidad de agua, incrementando la humedad relativo y con ello, dramáticamente, la sensación de calor (como el pasto). Sin duda lo anterior suena a la descripción de los grandes centros de negocios, los centros históricos sin árboles, clubes de golf y los desarrollos de… ¿vivienda?… localizados en la periferia, que no sólo se desparramaron destruyendo campos de cultivo y zonas naturales benéficas para la regulación del clima, sino que también ponen todos los días a miles de personas en la necesidad de transportarse, generando contaminación térmica al quemar combustible sobre todo durante las horas de mayor tránsito y aislando más al centro de la ciudad de los espacios reguladores de la temperatura (curiosamente, en el año 2003, con calor extremo en Francia, las ciudades con un incremento más marcado en el número de muertos fueron las más pobladas y extensas, no las que son normalmente más cálidas).

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Fotografía tomada con cámara infrarroja a un camino con pavimento oscuro y pavimento claro, demostrando que el pavimento oscuro alcanza temperaturas superiores, contribuyendo más a la isla de calor. Fuente: Heat Island Group de the Berkeley Lab.

Dicho esto, es evidente que no son ni los chinos ni los estadounidenses, cuyos países son los mayores emisores de gases de efecto invernadero, los principales responsables de nuestras tardes de desasosiego, de nuestro dolor de cabeza, de que sudemos como barbacoa o de que por las noches no podamos dormir. La mala planeación urbana y nuestro capricho aspiracional de la casa con jardín (de pasto) en condominio y un carro que nos lleve a la oficina de cristal con vista a Paseo de la Reforma son los principales responsables. Por lo tanto está en nuestra capacidad hacer algo y remediarlo.

A todo esto, si nuestra felicidad depende tanto del clima y el clima depende tanto de nosotros mismos, ¿es el clima el que está loco?


Museo de las preguntas

¿Nos hace más felices entubar ríos para andar en automóvil o vivir debajo de los 24°C? ¿Por qué los que administran la ciudad están tan dispuestos a llenar todo de cemento y pasto y hacernos infelices? ¿Cuánto dinero se pierde, no sólo por consumo eléctrico, sino por un descenso en la productividad laboral, o por deficiencias en la comunicación humana a raíz de nuestra desconcentración, por cada grado que aumenta la temperatura? ¿Por qué tanto drama por el cambio climático global y nada de nada por las islas de calor? ¿Quiénes ganan vendiéndonos cosas que incrementan la temperatura en la ciudad y quiénes ofreciendo tecnologías que pueden reducirla a aquellos que pueden pagarla?

¿Es divertido derretir los polos?

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Miguel Ángel Mancera en la inauguración de la pista de hielo del Zócalo, diciembre de 2013. Fuente: Notimex.

Mientras Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno del Distrito Federal, buscaba los aplausos de los ambientalistas en París durante la COP 21 (diciembre de 2015), su administración buscaba la aprobación del resto de la opinión pública mexicana. En esas fechas se estaba preparando la inauguración de la ya tradicional pista de hielo a la intemperie del Zócalo (la plaza mayor de la ciudad de México). Aunque la oficina del jefe de gobierno declaró en un comunicado que “las instalaciones [de la pista de hielo] están basadas en el diseño y desarrollo de ingenierías de alta tecnología y sustentabilidad única, utilizando menor gasto de energía”, no se puede pasar por alto que la pista consistió en “4,616 m2 de área congelada en una instalación nunca vista en México ni el mundo”. Mantener media hectárea de hielo en una región tropical (incluso desde antes de la llegada del invierno), comparado con los discursos hechos en París, no parece nada sustentable.

Pero este tipo de ocurrencias que (en alguna medida) contribuyen al cambio climático global, no sólo suceden en el gobierno. La idea de jugar a tener hielo en la ciudad a costa del hielo del planeta ocurre hasta en la escala más doméstica (donde la responsabilidad es de los ciudadanos). ¿Quién no ha visto una casa adornada con muñecos de nieve inflables (que llegan de China) como ocurre en las películas (que vienen de los Estados Unidos)?, ¿o árboles navideños escarchados con productos de los que desconocemos su huella ecológica?, ¿o fachadas llenas de luces navideñas (como si no hubiera un mañana en que llegara la factura de la electricidad)? Pero nuestra cultura de masas a la que uno puede entrar pagando cover ha encontrado expresiones todavía más elaboradas, y al mismo tiempo más burdas, disponibles, aparte, todo el año. Destruir el planeta no es algo que deba reservarse para fechas especiales.

El fin de semana pasado, compromisos sociales me llevaron a cruzar la puerta de vidrio que queda entre la acera de la calle Nuevo León y un letrero donde se lee Artic Bar. Detrás de ella se encuentra un bar que quiere ser un antro, con sillones que buscan lucir como las cebras y un enorme refrigerador que, con sus paredes interiores cubiertas de hielo y un poquito más de arquitectura, se erige como la sala distintiva del lugar. Del resto no hay nada que decir: piñas coladas para matar diabéticos, cadeneros clasistas, una zona general poco más amplia que el andén central de metro Chabacano y ruido como si todos los vendedores de discos pirata descubrieran que les queda un día de vida.

Pero hablemos de lo mejor del sitio… la sala de hielo (el refrigerador): a una temperatura que permanentemente ronda los -20°C (unos 30 o 35°C por debajo de la temperatura ambiental), las personas entran con chamarras que les provee el staff, se sienten en Helsinki sin salir del Distrito Federal y toman selfies en un tipo de iglú bajo un letrero que dice: “Artic Bar Mexico Finlandia” (curiosamente, lo único que sí está en español, y no inglés, y no en finés, es la palabra Finlandia). Desprecio aparte, es increíble cómo un lugar que ofrece aspectos de incomodidad (espacios mal distribuidos, frío, malas bebidas y un personal que a veces se vuelve de trato desagradable) se convierte en algo positivo en la medida en que es una demostración pública de excentricidad o dispendio.

Independientemente de que el establecimiento pague su recibo de electricidad, el grado de snobismo de lugares como éste es algo que terminamos sufragando quienes compartimos el clima a escala mundial: por ejemplo, los niños de Kiribati. Las ganas de poner focos en la fachada que emulen nieve derritiéndose contribuyen a que la de otras latitudes se deshaga. La pista de hielo conlleva deshielo. Seamos gobierno, empresarios o simples ciudadanos, nuestro aburrimiento, autoestima y frustraciones generan externalidades ambientales.


Museo de las Preguntas

¿Está más loco el clima que nosotros? ¿Cuánta electricidad consumen la pista de hielo o Artic Bar¿Debería este establecimiento pagar un impuesto especial a razón de su dispendio lúdico energético? ¿El frío se soporta mejor con una pista de hielo o con abrazos? ¿Sirve de algo distinguir que hay hielo y nieve en estado de cautiverio y en estado salvaje? ¿Jugar a tener hielo (a costa de contribuir a que desaparezca en otras latitudes) es equiparable a tener trofeos de caza que implicaron la desaparición de un espécimen de su ecosistema?

Nota: al momento de publicar este texto he dirigido una solicitud de información a diversas dependencias del Distrito Federal para conocer el consumo de energía de la pista de hielo; los resultados los estaré informando.