¿Quién fuera solecito?

El pasado sábado, la artista feminista Mónica Mayer ofreció una visita guiada a su exposición Si tiene dudas… pregunte, que estará en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) hasta el próximo 31 de julio. En esta exposición retrospectiva, Mónica presenta desde piezas para ser activadas en performance, video, trabajo de archivo, dibujo, fotografía… y la copia de una nota suya escrita para El Universal. Intitulada “¡Viva la reforma del Paseo de la Reforma!”, al pasar frente a ella, nos preguntó a los presentes: ¿se han dado cuenta de que en Paseo de la Reforma las estatuas de los hombres son de héroes y están vestidos, y las mujeres son personajes mitológicos y están desnudos? Yo no lo había visto. Y el patrón se repite en casi todas partes.

Diana Cazadora

Helvia Martínez Verdayes, quien posó para Juan Olaguíbel a la edad de 16 años, fue la modelo en que se basó la Diana Cazadora de Paseo de la Reforma. Fuente: animalpolitico.org.

Si consideramos los monumentos listados en la página de la Secretaría de Turismo para promover esta actividad en la Ciudad de México, encontramos las siguientes características por zona para esculturas con figura humana. Los números son aproximados según lo que se alcanza a distinguir en las fotos disponibles en línea.

  1. Centro Histórico: seis hombres adultos vestidos, una a mujer adulta vestida, una mujer adulta semidesnuda y un niño varón desnudo.
  2. Chapultepec – Polanco: 17 hombres adultos vestidos, una mujer adulta vestida, dos hombres púberes semidesnudos, dos mujeres púberes (pero… bastante desarrolladas… diría adultas, en la Fuente de las Ninfas) desnudas.
  3. Reforma-Zona Rosa: 48 hombres vestidos, una mujer adulta vestida, dos mujeres adultas desnudas y un bebé (sin sexo evidente) desnudo.
  4. Condesa – Roma: una mujer adulta vestida, dos hombres adultos desnudos, una mujer adulta semidesnuda, dos mujeres adultas desnudas y dos niños varones desnudos.
  5. Sur: 17 hombres adultos vestidos, siete mujeres vestidas, una mujer púber vestida, una mujer semidesnuda, un niño varón vestido, un bebé envuelto en un rebozo.

Es decir, considerando sólo aquellas esculturas que, por la edad que representan, “deberían tener algún pudor”, por decirlo de alguna manera (es decir, quitando los bebés), las esculturas femeninas tienen 5.4 veces la probabilidad de aparecer con poca o nada de ropa que las esculturas de hombres en la Ciudad de México. Para hacerlo más interesante o provocador, cabe mencionar que la escultura más afamada de una mujer desnuda en la ciudad, la Diana Cazadora, está basada en el cuerpo de una chica de 16 años, quien posó desnuda un poco antes de ser mayor de edad, aunque su identidad se mantuvo por mucho tiempo en secreto. Las ninfas de Chapultepec, se supone, habrían de ser también adolescentes. El otro aspecto intrigante es que la mayoría de los desnudos y semidesnudos masculinos son de niños o púberes. ¿No es un poco raro que, si es un absoluto tabú el desnudo de niños y adolescentes, nuestras calles estén adornadas con ellos?

Esculturas de mujeres y hombres desnudos

Fuente: elaboración propia.

Lo llamativo (en todos los sentidos) no es la presencia de desnudos en la ciudad. Cientos de ciclistas lo hacen cada año… supuestamente porque si van vestidos no los ven los automóviles (¡mentira!, soy ciclista, pedaleo con ropa, y con las luces adecuadas aseguro que te ven), y miles de personas posaron sin ropa para Spencer Tunik en el Zócalo (falta que digan que es porque con ropa nadie les toma foto).

Hay dos aspectos interesantes: el primero, que en calles gestionadas por hombres se imponen los gustos de la mayoría de los hombres (por ejemplo, en Paseo de la Reforma, donde hay decenas de estatuas masculinas celebrando a varones poderosos, la creación de la Diana Cazadora obedeció a un programa de embellecimiento de las calles ordenado por un hombre, por el que se comisionó la glorieta a dos varones más dando por producto una mujer desnuda); el segundo, que incluso hoy día el paisaje urbano reitera que el hombre está para ser observado y la mujer simplemente para ser mirada. Si contemplamos todas aquellas esculturas, surgidas en su mayoría en la primera mitad del siglo XX, pero también los puestos de periódicos actuales o los anuncios espectaculares, nos percataremos de que los hombres son retratados por su poder, las mujeres por su cuerpo. Mientras que los puestos de periódicos repiten a empresarios y políticos en sus primeras planas, la Revista H imprime banners de mujeres que… quién sabe qué han hecho, además de cintura y nalga (una lástima que sean los únicos aspectos que se muestran). Las calles están llenas de nombres de hombres poderosos, no de mujeres. Quienes aparecen en las pantallas a la hora del fútbol de entre todas las personas que están en el estadio, son los hombres que se miden en la cancha y las mujeres en tribuna que son medidas físicamente por los camarógrafos. Y el tema del acoso sexual en los espacios y transportes públicos responde a lo mismo: no son sino (usualmente) hombres de 36 años en promedio, ejerciendo poder sobre mujeres de 22 que se piensa están para ser vistas o tocadas. Y no es que en este caso el arte urbano ayude a cambiar percepciones o realidades. Si nos enseñara que el cuerpo femenino es respetable y hermoso, seguro que habría mucha menos violencia de género en esta capital, pero al parecer tener tantas mujeres desnudas y semidesnudas a la intemperie, más que enseñar respeto, parece la literalización de ese famoso piropo de “¿quién fuera solecito para darte todo el día?”.

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Banner de la Revista H. Fuente: mercadolibre.com.mx.

Pero… ¿es que tiene algo de malo tener mujeres desnudas de bronce o piedra en nuestras calles? No. Por supuesto que no. O no en principio. Depende de que el suelo esté parejo. Del mismo modo en que muchos protestamos porque, cuando la visita del papa, el presupuesto público (para el que contribuimos también los que no somos católicos) se gastó en favor de quienes profesaban una sola religión, el arte público privilegia la glorificación de un género (el masculino) y el deleite de una preferencia sexual (la de quienes gustamos de las mujeres), aun cuando las mujeres y las personas que prefieren sexualmente a los hombres también caminan las calles, conducen en torno a las glorietas y pagan impuestos con que se adquiere y se mantiene el arte urbano. Chistoso que colocar en las calles hombres desnudos y más mujeres vestidas pueda ser, hablando en serio, un tema de justicia histórica, estética y sexual. Sobre todo lo de poner mujeres vestidas de méritos, que, aunque no se enseñe en nuestras calles (se enseñan otras cosas), muchas son las que ya existen en nuestra Historia.


Museo de las preguntas

¿Cómo explicarle a una niña que en la calle vea revistas y periódicos con mujeres desnudas, y ninguno de esos materiales con hombres sin ropa? ¿Neta el cuerpo de la mujer es “más bonito”? ¿Bajaría el raiting si durante los partidos de fútbol, en vez de pasar a las promotoras de marcas comerciales o a las espectadoras atractivas, transmitieran sólo lo que pasa en la cancha? ¿Por qué normalmente los santos, las santas y vírgenes de las iglesias, sin ser irresistibles, suelen estar “de buen ver”? ¿Qué tan común es entre los hombres tener miedo a que se cuestione nuestra situación de poder? ¿Qué tan común es a las mujeres el miedo a que se cuestione la situación de su cuerpo? ¿Cuál es el poder de la escultura para conformar ideologías e ideales de belleza? ¿Cómo puede un banner de la revista H (resulta que los venden en Mercado Libre) lucir… bien… no tan mal… al menos no terrible en una casa? (Juro que, igual que la probabilidad de que algo caiga para arriba, esto me da curiosidad).

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¿Cuántos municipios tiene la nueva Ciudad de México?

O dicho de otro modo… ¿de qué color son las mangas de chaleco blanco de Napoleón? Lo magnífico de la política mexicana es que, si fuera tema a legislar (y existiera algún interés él), por decreto podría ponérsele mangas.

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El pasado 29 de enero entró en vigor la llamada “Reforma política de la Ciudad de México”, por medio de la cual se asignaba un nuevo nombre al Distrito Federal y, sin convertírsele en un estado (ojo, esto es importante, aun cuando parte de los opinadores haya dicho que sí se convertía en uno), adquiría casi todas las facultades reservadas a ellos. Por ejemplo, contar con su propia constitución, decidida (en teoría) por ciudadanos de la entidad y no por los legisladores federales, como ocurría cuando la capital se regía por el Estatuto de Gobierno del Distrito Federal (aunque cabe aclarar que el 40% de los diputados constituyentes serán elegidos por los poderes federales y no por los ciudadanos capitalinos). Otra novedad es que el poder legislativo de la Ciudad de México sí tendrá voto para aprobar o rechazar modificaciones a la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos (o sea que formará parte del llamado Constituyente Permanente), facultad que la Asamblea Legislativa del Distrito Federal no tenía. Pero nada que por sí mismo verdaderamente cambie la vida cotidiana. Para decirlo más claro: los habitantes de la Ciudad de México seguimos siendo (como nos nombraron tantas veces nuestros legisladores durante el proceso legislativo de esta reforma política) ciudadanos de segunda, ni siquiera nos permiten decidir la totalidad de las personas que escribirán nuestra primera constitución. Pero al menos nuestro gobierno local sí pasará a ser uno de primera en lo que respecta a su participación en la vida política del país.

Sin embargo, lo que más llama la atención de toda esta Reforma política de la Ciudad de México no es lo que le ocurra a esta capital, sino una frase agregada al texto constitucional que dice: “Los bienes inmuebles de la Federación ubicados en los Municipios estarán exclusivamente bajo la jurisdicción de los poderes federales” (artículo 115, fracción V). Cabe señalar que el artículo 115 constitucional habla de los estados y municipios. Pero… ¡sorpresa! ¡La Ciudad de México (que es el objeto de toda esta reforma) como dijimos no es un estado! ¡Y sorpresa! ¡No tiene municipios! (Tampoco los tendrá, tendrá alcaldías). ¡Y una sorpresa más! En la iniciativa original, enviada por el PRD, jamás se propuso reformar el artículo 115, sino que dicha modificación fue contrabandeada en el camino por quien dictaminó la iniciativa. ¿Tenía pertinencia entonces inventarle una modificación al 115?

Y sin embargo no fue tan inventada. Hay una frase desde la iniciativa original que se parece (como si fuera calca) a la que estamos señalando, pero que sí se refiere en cambio a la Ciudad de México y no a municipios que nada tienen que ver con ésta: “Los bienes inmuebles de la Federación ubicados en la Ciudad de México estarán exclusivamente bajo la jurisdicción de los poderes federales” (artículo 122, apartado B). Pero si la reforma al 115 no tiene relación ni efecto sobre la materia objeto de la iniciativa (la Ciudad de México y sus alcaldías), ¿por qué su repentina inclusión? Eso es algo que no se explica en ninguna de las 480 páginas en que consiste el dictamen elaborado en el Senado.

¿Había realmente motivos para meterla como polizón? Si los había, ¿por qué no los expusieron? ¿Fue la manera de igualar ahora no a la Ciudad de México con los estados, sino a los estados con la Ciudad de México? ¿Fue una pifia en el Senado? ¿Fue la moneda de cambio por medio de la cual el PRD buscó reflectores y el gobierno federal ampliar eventualmente su jurisdicción territorial? ¿Bajo qué lógica (o bajo qué consigna, en su caso) los congresos locales, que pueden aprobar o rechazar las reformas constitucionales, votaron a favor de perder jurisdicción sobre su propio territorio? ¿Qué se gana y quién gana con ello?

De prosperar esta nueva modificación y no haber alguna reforma constitucional que la corrija o algún pronunciamiento de la Suprema Corte de inconstitucionalidad, los inmuebles de la Federación escaparían de tener que cumplir la normatividad urbana, la ambiental local o la protección patrimonial que pudieran brindar autoridades municipales y estatales. Imagine cada quien las consecuencias del mal empleo que pudieran darse a estas disposiciones. Yo me limitaré a no especular, pero ahí están los hechos inconsistentes en la inclusión del texto expuesto. Esperemos no tengamos que ir más allá de ese “imagine cada quien”.


Museo de las preguntas

¿Cuántos legisladores revisan un dictamen de 480 páginas? ¿Es funcional esa forma de hacer y trabajar sobre un dictamen legislativo? ¿Cuántos ciudadanos conocen (sino por la reforma, al menos por infografías) qué implica, supuestamente, el cambio de Distrito Federal a Ciudad de México? ¿Alguien en esta capital se siente a partir del 29 de enero un ciudadano de primera? ¿La modificación al 115 puede ser una antesala a lo que se proponga (o se inserte de última hora) en la prometida nueva Ley General de Asentamientos Humanos? ¿Son los municipios existentes las estructuras administrativas y los contenedores territoriales adecuados para la realidad actual? ¿Para qué se fragmentan más municipios que los que se fusionan? ¿Es rentable política y económicamente fusionarlos?

¿Es divertido derretir los polos?

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Miguel Ángel Mancera en la inauguración de la pista de hielo del Zócalo, diciembre de 2013. Fuente: Notimex.

Mientras Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno del Distrito Federal, buscaba los aplausos de los ambientalistas en París durante la COP 21 (diciembre de 2015), su administración buscaba la aprobación del resto de la opinión pública mexicana. En esas fechas se estaba preparando la inauguración de la ya tradicional pista de hielo a la intemperie del Zócalo (la plaza mayor de la ciudad de México). Aunque la oficina del jefe de gobierno declaró en un comunicado que “las instalaciones [de la pista de hielo] están basadas en el diseño y desarrollo de ingenierías de alta tecnología y sustentabilidad única, utilizando menor gasto de energía”, no se puede pasar por alto que la pista consistió en “4,616 m2 de área congelada en una instalación nunca vista en México ni el mundo”. Mantener media hectárea de hielo en una región tropical (incluso desde antes de la llegada del invierno), comparado con los discursos hechos en París, no parece nada sustentable.

Pero este tipo de ocurrencias que (en alguna medida) contribuyen al cambio climático global, no sólo suceden en el gobierno. La idea de jugar a tener hielo en la ciudad a costa del hielo del planeta ocurre hasta en la escala más doméstica (donde la responsabilidad es de los ciudadanos). ¿Quién no ha visto una casa adornada con muñecos de nieve inflables (que llegan de China) como ocurre en las películas (que vienen de los Estados Unidos)?, ¿o árboles navideños escarchados con productos de los que desconocemos su huella ecológica?, ¿o fachadas llenas de luces navideñas (como si no hubiera un mañana en que llegara la factura de la electricidad)? Pero nuestra cultura de masas a la que uno puede entrar pagando cover ha encontrado expresiones todavía más elaboradas, y al mismo tiempo más burdas, disponibles, aparte, todo el año. Destruir el planeta no es algo que deba reservarse para fechas especiales.

El fin de semana pasado, compromisos sociales me llevaron a cruzar la puerta de vidrio que queda entre la acera de la calle Nuevo León y un letrero donde se lee Artic Bar. Detrás de ella se encuentra un bar que quiere ser un antro, con sillones que buscan lucir como las cebras y un enorme refrigerador que, con sus paredes interiores cubiertas de hielo y un poquito más de arquitectura, se erige como la sala distintiva del lugar. Del resto no hay nada que decir: piñas coladas para matar diabéticos, cadeneros clasistas, una zona general poco más amplia que el andén central de metro Chabacano y ruido como si todos los vendedores de discos pirata descubrieran que les queda un día de vida.

Pero hablemos de lo mejor del sitio… la sala de hielo (el refrigerador): a una temperatura que permanentemente ronda los -20°C (unos 30 o 35°C por debajo de la temperatura ambiental), las personas entran con chamarras que les provee el staff, se sienten en Helsinki sin salir del Distrito Federal y toman selfies en un tipo de iglú bajo un letrero que dice: “Artic Bar Mexico Finlandia” (curiosamente, lo único que sí está en español, y no inglés, y no en finés, es la palabra Finlandia). Desprecio aparte, es increíble cómo un lugar que ofrece aspectos de incomodidad (espacios mal distribuidos, frío, malas bebidas y un personal que a veces se vuelve de trato desagradable) se convierte en algo positivo en la medida en que es una demostración pública de excentricidad o dispendio.

Independientemente de que el establecimiento pague su recibo de electricidad, el grado de snobismo de lugares como éste es algo que terminamos sufragando quienes compartimos el clima a escala mundial: por ejemplo, los niños de Kiribati. Las ganas de poner focos en la fachada que emulen nieve derritiéndose contribuyen a que la de otras latitudes se deshaga. La pista de hielo conlleva deshielo. Seamos gobierno, empresarios o simples ciudadanos, nuestro aburrimiento, autoestima y frustraciones generan externalidades ambientales.


Museo de las Preguntas

¿Está más loco el clima que nosotros? ¿Cuánta electricidad consumen la pista de hielo o Artic Bar¿Debería este establecimiento pagar un impuesto especial a razón de su dispendio lúdico energético? ¿El frío se soporta mejor con una pista de hielo o con abrazos? ¿Sirve de algo distinguir que hay hielo y nieve en estado de cautiverio y en estado salvaje? ¿Jugar a tener hielo (a costa de contribuir a que desaparezca en otras latitudes) es equiparable a tener trofeos de caza que implicaron la desaparición de un espécimen de su ecosistema?

Nota: al momento de publicar este texto he dirigido una solicitud de información a diversas dependencias del Distrito Federal para conocer el consumo de energía de la pista de hielo; los resultados los estaré informando.