¿Cultura o cooltura?

Resulta sumamente curioso que una palabra como cool, tan empleada por los hispanohablantes de clase media urbana, no se encuentre (o no la he logrado hallar) en un solo diccionario del castellano. La palabra cool no aparece siquiera trabajada en Wikipedia. Su página de desambiguación -“en español: fresco (también refiere a términos relacionados al bienestar…)”, no explica más- redirecciona a tres artículos musicales, dos biográficos y al de una localidad en Estados Unidos. Y sin embargo, aunque nadie la defina, sabemos que a lo largo de toda Hispanoamérica esta palabra presenta muchísimos sinónimos: guay, padre, loco, chido, bacano, copado, chévere, diversos más. Con esta variedad de equivalencias, la palabra cool resulta una con tantas traducciones a términos endémicos que se vuelve por ello universal y globalizante. Acaba con las rugosidades locales del lenguaje. Crea y describe una cultura lúdica, divertida, aséptica, conectada, asequible, sin fricciones, sin conflictos aparentes. Es “la buena onda” utopizada en el sentido de sentirse perfectamente agradable y de que, por su pretendido alcance universal y radial (con centro en los nodos de innovación capitalistas), no puede ser delimitada con precisión en el espacio.

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Resultados de Google a la búsqueda de la palabra cool.

 

Esta cultura de la cooltura pretende evitar que el sujeto (de su piel para fuera) halle fricciones y desencuentros con el mundo exterior, ya que el mundo exterior es su vía para conseguir (al menos a nivel de promesa) una gran cantidad  de placeres inmediatos. La cooltura enseña a ser agradable, adecuado, agradecido con los aplausos, dependiente de esos mismos aplausos. Sacrifica la autenticidad que tendría una persona en la escala de la comunidad a la que pertenece para darle una interfaz más legible, y traslada todas las contradicciones a la escala interior del individuo. Pero pinta la fachada color sonrisa.

Los dispositivos de la cooltura son claros, sugestivos, contundentes, bien distribuidos y casi inevitables. El comercial de Coca Cola (tan dulce y tan dañina en calorías como en gramos de optimismo), el crédito para el automóvil, la invitación a votar por Nueva Alianza, o  la casa en condominio donde nadie se conoce y uno ni siquiera es responsable de abrir para sí mismo la puerta. Mientras Starbucks done plantas de café a los chiapanecos, el cliente tal vez considere que su consumo equivalente a un día de salario mínimo reduce la brecha de desigualdad entre él y la persona que obtiene esa cantidad pizcando las cerezas. Todo se mira fácil. Por ejemplo, la única dificultad que presenta en público el centro comercial (espacio eminentemente cool) es dónde estacionar el automóvil. Por lo demás todas las tiendas son las mismas, el Sanborns se ubica en la planta baja, los cines hasta arriba y los problemas con la tarjeta de crédito no se tratan en público. Las contradicciones apuñalan desde ahí a otra escala: la de la vida individual de uno.

Las expectativas se destrozan en medio de la pólvora húmeda de las posibilidades socialmente aceptadas y económicamente asequibles. No hay mujer más bella y real en esta clase media urbana que la de las uñas postizas con que en un día de suerte se ponchará sin querer el tesoro de botellas y garnachas que lleva en la barriga, ni hombre más exitoso que al que no le cupo la virilidad entre las piernas, se la compró a otro y la depositó en una pensión para carros; o ciudadano con más dignidad que el que se niega a discutir con quienes lo abusan; mexicano más patriota que el que quiere a su güera extranjera para mejorar la raza y de paso el autoestima. Es de lo más cool hablar de los derechos de los animales al vapor que sale de un rib eye y de cuidar el medio ambiente bebiendo café orgánico en un vaso desechable. En todo ello, no es la pasividad la que más daña. Ni el país ni el mundo están como están por lo que no hemos hecho sino por lo que hemos creamos y reproducido. Arrojarse al abismo azul y rosa requiere iniciativa. Seamos mejor apáticos con lo indiferente, negativos con lo nocivo, avaros con lo egoísta. ¿Quién quiere, aun siendo siempre cortés, ser irrefrenablemente amable (incorregiblemente cool)?

Cuando la escala social en la que se origina la coolturización se ha vuelto tan omnipresente, quizá haya quien crea inútil hacer algo. Y está bien. Si no se hace nada contra la coolturización, al menos no hagamos nada para ella. Y no hacer es decidir. Y decidir es finalmente hacer. Debemos comenzar por empezar a decidir, aunque la decisión en ciertos casos se reduzca sabiamente a no hacer nada. La crítica cool sería que mejor hagamos acciones pequeñitas (donar al Teletón, darle like a la foto del cocodrilo sufriendo en Tajamar), pero, ¿para qué preocuparnos tanto por “hacer” cuando parte de la solución podrían estar también en la apatía? Repito, sólo parte. Y en una apatía consciente hasta de sus alcances.


Museo de las preguntas

¿Cuántas decisiones se toman a diario en el mundo? ¿Las decisiones tendenciales, que siguen sobre la corriente, en qué medida están determinadas por aspectos biológicos o sociales? ¿En cuánto se valúa económicamente la capacidad cognitiva que tienen todas las personas para decidir? ¿Qué sustento tiene la mayoría de edad, en términos de que a partir de los 18 o 19 años se tomen mejores decisiones? ¿Cuál es la decisión más relevante que uno toma en la vida? ¿Por qué están tan poco explotadas las palabras coolture cooltura en internet, fuera de su aspecto comercial?


Con especial agradecimiento a quienes me han dado valioso ejemplo de lo importante que es dejar de hacer, o hacer para que otros puedan hacer o dejar de hacer: Abel Rivera, Abeyamí Ortega, Alline Torres, Bardo Arellano, Bobby Toca, Carolina Salazar, Colegios del Mundo Unido, Diego Valdivia, Dolores Arenas, Elba Gutiérrez, Eréndira Celis, Érika Roma, Isaí Rocha, Javier Brown, John Paul, José Luis Pérez Hernández, Juan Carlos Delgado, Luis Alonso, Margaret Paul, Noemí Juárez, Samuel Pérez de León, Sergio Miranda, Verónica Bravo.

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