¿Cómo los automóviles incrementan la desigualdad social en México?

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Por décadas, el desarrollo urbano en el país ha producido ciudades extensas, pero la carencia de políticas urbanas sensatas y un populismo destinado a las clases privilegiadas (y a quienes defienden ese estilo de vida en el sueño de alcanzarlo y la pesadilla diaria de no hacerlo) son las responsables de que estas ciudades estén dominadas por el automóvil. Pongámosle datos: si hablamos de política pública, en el presupuesto federal para 2016, sólo el 7% de lo destinado a movilidad fomentaría modos de movilidad distintos al automóvil. Sin embargo, no sólo es una deficiencia en las acciones lo que llama la atención, los problemas sin incluso de diagnóstico.

Cualquiera puede hacer el ejercicio: entre a la página del INEGI en lo relativo a vehículos de motor registrados en circulación. Dé click en “Consulta interactiva de datos”, luego en “vehículos de motor registrados en circulación”, solicite que se coloque la siguiente información: en la columna izquierda, entidad federativa y municipio; en la fila superior, “clase de vehículo” o “tipo de servicio”, es indiferente, pues en ambos casos podrá ver la cantidad total de vehículos por estado y el total en el país. ¡Y ahí va la primera sorpresa! ¡No hay datos del parque automotor ni del estado de México ni de la capital del país! Es decir, no sabemos qué tipos de coche hay en la que fue la ciudad más grande de este mundo. Pero… #KeepCalmAndRememberYouAreInMexico. El espasmo en la tráquea, el tic en el párpado izquierdo, llegarán a continuación.

Si revisamos las cifras que ofrecen los treinta estados del país de los que sí hay información, tenemos los siguientes hallazgos: el estado donde los automóviles alcanzan mejor por habitante es Baja California Sur (por cada 2.5 personas hay un automóvil privado); en contraste, en Chiapas, por cada 14.1 seres humanos, hay un automóvil privado, en Oaxaca hay uno de estos vehículos por cada 19.3 personas. Es curioso, por ejemplo, que en Guerrero vivan 5.3 personas por cada automóvil de servicio particular; si cada hogar tuviera sólo tres individuos, más de la mitad de hogares en Guerrero tendría un automóvil, pero no es verdad. Según el censo de 2010, el 76% de los hogares guerrerenses no tiene uno. Es decir, si la cantidad de automóviles en un lugar es alta, eso no implica que todos tengan acceso a uno. Más bien significa que el hecho de que haya quien acumule automóviles, mientras que la gran mayoría no tiene uno, sólo remarca la desigualdad social que hay entre los ricos y los pobres. Ya lo dijera sarcásticamente George Bernard Shaw: “la estadística es una ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno”, aunque ello no sea cierto.

Mi conocimiento de la estadística es modesto, pero para darnos una idea de qué tan desigualador es el automóvil en cada una de los estados donde hay datos, me propuse el siguiente ejercicio: determinar un índice de desigualdad por tenencia de automóvil privado para cada estado, en el cual, cuanto más cerca de 1, peor es la desigualdad que provoca que unos tengan automóvil y otros no, y al mismo tiempo, cuando el índice es de cero significa que tener un automóvil no hace más desigual a nadie (porque todos los hogares tienen ya, cuando menos, un auto). Si escribiéramos la fórmula que da lugar al índice, podríamos enunciarla de dos maneras.

Índice de desigualdad por tenencia de automóvil privado = 1 – (Automóviles privados que existen por cada hogar * Porcentaje de automóviles privados que cubriría la demanda de cada hogar que tiene automóvil si sólo pudiera disponer de uno * Porcentaje de hogares con automóvil particular); o, lo que es lo mismo,

D = 1 – ((A/H)*(1-(A-C)/A)*(C/H))

  • Donde:
    • D: índice de desigualdad por tenencia de automóvil privado
    • A: número de Automóviles privados
    • H: número de Hogares
    • C: número de hogares Con automóvil privado

 

El índice seguro es perfectible, pero: 1) garantiza que no haya valores inferiores a cero, 2) garantiza que no haya superiores a 1, 3) siempre da un resultado excepto cuando hay familias pero no hay ni un solo coche (en tal caso, hay un error matemático, pero si no hay coches el índice no puede medir nada), 4) contempla factores como la difusión del automóvil entre la población, la acumulación de automóviles en ciertos hogares y el porcentaje efectivo de hogares con acceso al automóvil privado, y 5) asegura que si todos los hogares tienen al menos un vehículo, es decir, hay hogares más privilegiados pero ninguno es excluido de este modo de movilidad, el resultado del índice será de cero, indicando que el vehículo privado no contribuye a la desigualdad. Los datos se tomaron registro de vehículos de motor en circulación del INEGI y del Censo de Población y Vivienda 2010 del mismo instituto. Los hallazgos serían los siguientes:

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Desde luego, no sólo la concentración de vehículos privados en pocas familias que acontece en siete de los estados (donde el índice es mayor a 0.9) empuja a la desigualdad. La inversión en infraestructura para automóviles, que podría destinarse a otros tipos de movilidad, o a salud y educación por ejemplo, profundizarían la brecha. A unos se les da comodidad tapando baches y colocando distribuidores viales; a otros no se les distribuye ni buena alimentación ni acceso a mejores escuelas. No dejemos de lado que las calles y autopistas también las utilizan desde el transporte de carga hasta las ambulancias, necesarias para el bienestar social, pero ni todas las obras viales son necesarias y, aún más, hay incluso algunas profundamente incorrectas.

Otro de los hallazgos durante esta investigación apunta a que, curiosamente, los hogares que más necesitados de automóviles en cantidad suficiente, son quienes menos tienen acceso a ellos. En la siguiente gráfica se aprecia cómo, a partir de que las familias tienen cinco integrantes, el porcentaje de hogares sin automóvil privado incrementa, sin importar si uno se encuentra en los estados con mayor o menor número de hogares propietarios de vehículos.

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La conclusión es obvia. A lo largo de ésta y las siguientes semanas se estarán discutiendo asuntos clave en la escena mundial y nacional: la Nueva Agenda Urbana durante la Conferencia de las Naciones Unidas Hábitat III en Ecuador; la nueva Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano que la Cámara de Diputados envió como minuta al Senado de la República; el Presupuesto de Egresos de la Federación, la Constitución de la Ciudad de México, y lo que venga. Más allá de los demás efectos perniciosos de los automóviles, la inversión pública en ellos no reduce la desigualdad, sino que la enfatiza. No porque haya más segundos pisos, más túneles, mejor semaforización, los mexicanos más pobres incrementarán su capacidad de pago como para adquirir automóviles. El futuro de la movilidad urbana no está en el automóvil; el del desarrollo social del país tampoco. Es hora de reordenar prioridades. Hace mucho que ya se nos hizo tarde.


Museo de las preguntas

¿Cómo se le dice al que discrimina a los demás por no tener un automóvil? ¿Realmente le conviene menos al país mover sus mercancías por tren que por carretera? Si exportamos petróleo pero importamos gran parte de la gasolina, ¿el país pierde o gana dinero de que los automóviles se muevan con hidrocarburos? ¿La producción local de automóviles, a cargo de marcas extranjeras, trae más beneficios a México que los costos que produce el automóvil en la salud, el medio ambiente y la pérdida de tiempo de quienes vivimos en las ciudades? Si las agencias de autos se localizan sobre las vialidades más concurridas pero más congestionadas, ¿cómo carajo convencen a los clientes que miran a través de la ventana a otros automovilistas atorados en el embotellamiento? ¿Qué tan bien me quedó el índice? ¿Podemos cambiar? ¿Queremos hacerlo?

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¿Cuánto talento hay desperdiciado?

A veces me pregunto para qué tengo televisión (aunque, no voy a mentir, acabo usándola). Pero hace una o dos semanas encontré en el Canal Once un documental sobre la participación de México en los Juegos Paralímpicos de Sidney, en el año 2000; pero, fundamentalmente, sobre sus atletas y la manera en que se vieron a sí mismos como personas con talento. Las historias eran diversas, desde quien tuvo un padre que le dijo que jamás serviría para nada hasta quien fue tratada con toda naturalidad por la mayor parte de su familia y nunca dudó de sus capacidades. Es evidente, sin embargo, que para alcanzar esas instancias alguien tuvo que creer en ellos. La idea de que uno se hace a sí mismo sin ayuda de los demás me parece un mito terrible, que urge sea desterrado. Claramente las decisiones personales, cuentan, pero se decide sobre lo que se puede, sobre lo que se tiene a la mano. El detalle es que el arsenal no sólo comprende a personas que crean en uno, sino que crean además en el valor de lo que uno hace o podría hacer, en los mecanismos que uno tiene para superarse y en las instituciones sociales que existen para lograrlo.

Por ejemplo, los deportistas olímpicos y paralímpicos en México reciben muchos menos apoyos que los que se dedican a una disciplina en específico. Aunque los datos sean de casi una década atrás, Katia D’Artigues realizó en 2007 una excelente radiografía.  Mientras que los olímpicos y paralímpicos eran becados con 7,000 MXN mensuales, los futbolistas de la selección de fútbol varonil (subráyese, varonil) obtuvieron 700,000 USD por clasificar a la copa del mundo. Cierto: es fútbol. Cierto: el fútbol sí es lucrativo. Pero el sesgo es evidente, sobre todo cuando comparamos la inversión con los resultados deportivos. Considerando los logros en torneos de la selección absoluta que incluyen representantes de todo el mundo (mundiales de fútbol, Copa Confederaciones, Juegos Olímpicos con selección mayor), un equipo nacional en esta disciplina ha llegado a podio una de 23 ocasiones. Ha habido más competiciones, pero no siempre el país se ha clasificado. Por su parte, la eficiencia de México en el medallero paralímpico de verano se halla en la posición 29 (16 sitios por arriba del medallero olímpico), ya que habiendo competido en total con 514 atletas, ha subido a podio en 273 ocasiones. Si comparamos la eficiencia de los paralímpicos para subir a podio (53.11%) contra la de la selección mayor de fútbol varonil (4.35%), la de los primeros es 12.21 veces mayor. ¿Por qué en su momento obtuvieron alrededor de 100 veces más los futbolistas por bono extra al clasificarse a un mundial que los paralímpicos como apoyo mensual para mantenerse? ¿No se mira entonces injusto que para Río de Janeiro 2016 haya campeones nacionales en deportes paralímpicos que no reciban un centavo de apoyo?

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Gustavo Sánchez (plata) y Juan Ignacio Reyes (oro) en la prueba de natación estilo dorso de los juegos parapanamericanos de Toronto 2015. Juan Ignacio Reyes ha ganado siete medallas en juegos paralímpicos y posee el récord mundial en dorso. Fuente de la imagen: publimetro.com.mx.

Pero el talento no aprovechado, o que debido a características de la sociedad y sus instituciones encuentra múltiples barreras, se expresa en muchas otras situaciones. Por ejemplo, asumiendo que en general los seres humanos tendríamos las capacidades necesarias para concluir la educación media superior (con una buena nutrición, escuelas bien equipadas, profesores comprometidos con los jóvenes, educación sexual, agua sin metales pesados, etc.), sólo el 63% de los jóvenes en México la concluyen. Cuando hablamos de la educación superior, que permitiría agregar un valor creativo no sólo al trabajo que uno desempeña, sino, a través de él, a la sociedad, el 23% de los jóvenes entre 25 y 34 años cuentan con un certificado universitario. Relativamente es un logro con el grupo de 55 a 64 años (12%), pero la distancia para alcanzar a otros países es todavía un reto semejante.

Si consideramos distintas condiciones que complican el desarrollo del potencial de las personas para diversas actividades, nos encontramos con profundas barreras. Propongo considerar que uno tiene ventajas iniciales bajo las siguientes características: 1) reside en una localidad de 15,000 habitantes o más, 2) no está desocupado (es decir, tiene una ocupación, sea que genere remuneración económica o no), 3) no tiene limitaciones físicas ni mentales para sus actividades, 4) es derechohabiente de alguna institución, 5) su nivel de escolaridad es de educación media superior o educación superior, 6) tiene entre 25 y 64 años y 7) siendo mujeres, no han vivido violencia psicológica, física o sexual durante su última relación sentimental (47% de las mayores de 15 años sí la ha padecido). Los puntos 1 al 6 corresponden a los datos que hace disponibles el INEGI a través de la consulta interactiva de datos.

Esto nos arroja, con base en cifras del INEGI de 2010, que de 44,425,601 mexicanas y mexicanos de 15 años o más en 2010, sólo 6,835,227 (es decir, el 15.4% no arrancan en ninguna de esas situaciones desventajosas. Esa cifra está compuesta por 2,005,424 mujeres y 4,829,803 varones, lo que es prácticamente igual a que por cada dos mujeres que no están en desventaja, hay cinco hombres que tampoco lo están.

A ese pobre 15.4% habría que agregar aquellos que tienen un ingreso o situación laboral precarios, quienes viven a más de una hora de su lugar de empleo o quienes están en un contexto cultural que limita su desarrollo. Ojo: con esto estoy lejos de referirme, por ejemplo, a ser parte de una comunidad indígena. Más bien apunto a temas que tan cotidianos que nos parecen parte de las metas de vida de todos nosotros y no, en cambio, actitudes que nos atan en tiempo, dinero y esfuerzos a un modo de vida homogeneizado, aislante y que exige poca creatividad o innovación para poder emplearlos. Para mí, el mejor ejemplo es el automóvil (que, cuando no es necesario, se convierte muchas veces en una carga económica con aire acondicionado y alguna sobrina abordo camino a su fiesta de XV años, que en una herramienta). Pero también el consumo social de alcohol y tabaco, perder 22 días de vida al año mirando telenovelas (así es, eso pasa con mirar dos horas al día), la dependencia absoluta de alimentos industrializados o la incapacidad de pedirle a alguien que te tome una foto y preferir retratos (por lo general horribles) con un selfie-stick son claros ejemplos de hábitos que van en detrimento de nuestro bienestar físico o del bienestar que deriva del establecimiento de relaciones sociales no condicionadas por la ingesta de sustancias nocivas.

Hay pruebas contundentes de que emparejar las oportunidades para el desarrollo individual impacta en el bienestar de todos. Por ejemplo, la ONU ha comprobado que cada punto porcentual en que se eleva el alfabetismo entre mujeres en países en vías de desarrollo impacta tres veces más que si se eleva 1% el número de doctores. Por otra parte, está también visto que las sociedades con peor distribución de la riqueza (en general, de las oportunidades) tienden a ser inestables políticamente, lo que necesariamente amenaza el funcionamiento de las instituciones y la atracción de capitales, ambos fuentes importantes de recursos que pueden favorecer (en un buen funcionamiento) la diversificación de alternativas de vida.

Estar dentro de ese 15%, o más aun aprender a consumar las metas propias desde el otro 85% (como el caso de los atletas paralímpicos), es al mismo tiempo un privilegio, y por tanto compromiso. Como he comentado, uno se hace con ayuda de los demás, de alguien en quien creyeron y que ahora confía en otros. En lo personal, quizá yo nunca hubiera llegado a escribir estas notas si no hubiera habido quien creyera en mí, iniciando por la directora del maternal que acogió mi primer proyecto a los tres años (armar una “orquesta” con los demás niños del maternal para la clausura) o la directora de mi primaria que me aceptó tareas en verso porque sentía menos miedo a la hoja en blanco toda vez que la rima, por sí misma, está de alguna forma estructurada. Aunque parezca imposible llegar a una medición puntual de cuánto talento sí está bien canalizado, cada acto en el que ratificamos la libertad de vivir lo diverso es uno que puede premiar el esfuerzo de alguien, estimular su creatividad, decirle que confíe en una sociedad que cree que son importantes sus propósitos más sinceros, esos que a veces cubrimos con arena infecunda. Nuestras acciones estimulan a que otros no tengan miedo de hacer crecer las propias.


Museo de las preguntas

¿A quién se le ocurrió que el ingenio era sólo “mexicano” o era mejor en México que en otras partes del mundo? ¿Entonces cuánto talento sí se aprovecha? ¿Hay manera de medirlo más allá de qué contextos son más o menos propicios para desarrollarlo? ¿Qué hábitos o tradiciones de la sociedad occidental limitan la creatividad? ¿Es tan difícil para tantas personas no querer ser lo mismo? ¿Es miedo lo que lleva a que haya gente conforme con que la sociedad se vuelva una fotocopiadora?