¿Cuánto talento hay desperdiciado?

A veces me pregunto para qué tengo televisión (aunque, no voy a mentir, acabo usándola). Pero hace una o dos semanas encontré en el Canal Once un documental sobre la participación de México en los Juegos Paralímpicos de Sidney, en el año 2000; pero, fundamentalmente, sobre sus atletas y la manera en que se vieron a sí mismos como personas con talento. Las historias eran diversas, desde quien tuvo un padre que le dijo que jamás serviría para nada hasta quien fue tratada con toda naturalidad por la mayor parte de su familia y nunca dudó de sus capacidades. Es evidente, sin embargo, que para alcanzar esas instancias alguien tuvo que creer en ellos. La idea de que uno se hace a sí mismo sin ayuda de los demás me parece un mito terrible, que urge sea desterrado. Claramente las decisiones personales, cuentan, pero se decide sobre lo que se puede, sobre lo que se tiene a la mano. El detalle es que el arsenal no sólo comprende a personas que crean en uno, sino que crean además en el valor de lo que uno hace o podría hacer, en los mecanismos que uno tiene para superarse y en las instituciones sociales que existen para lograrlo.

Por ejemplo, los deportistas olímpicos y paralímpicos en México reciben muchos menos apoyos que los que se dedican a una disciplina en específico. Aunque los datos sean de casi una década atrás, Katia D’Artigues realizó en 2007 una excelente radiografía.  Mientras que los olímpicos y paralímpicos eran becados con 7,000 MXN mensuales, los futbolistas de la selección de fútbol varonil (subráyese, varonil) obtuvieron 700,000 USD por clasificar a la copa del mundo. Cierto: es fútbol. Cierto: el fútbol sí es lucrativo. Pero el sesgo es evidente, sobre todo cuando comparamos la inversión con los resultados deportivos. Considerando los logros en torneos de la selección absoluta que incluyen representantes de todo el mundo (mundiales de fútbol, Copa Confederaciones, Juegos Olímpicos con selección mayor), un equipo nacional en esta disciplina ha llegado a podio una de 23 ocasiones. Ha habido más competiciones, pero no siempre el país se ha clasificado. Por su parte, la eficiencia de México en el medallero paralímpico de verano se halla en la posición 29 (16 sitios por arriba del medallero olímpico), ya que habiendo competido en total con 514 atletas, ha subido a podio en 273 ocasiones. Si comparamos la eficiencia de los paralímpicos para subir a podio (53.11%) contra la de la selección mayor de fútbol varonil (4.35%), la de los primeros es 12.21 veces mayor. ¿Por qué en su momento obtuvieron alrededor de 100 veces más los futbolistas por bono extra al clasificarse a un mundial que los paralímpicos como apoyo mensual para mantenerse? ¿No se mira entonces injusto que para Río de Janeiro 2016 haya campeones nacionales en deportes paralímpicos que no reciban un centavo de apoyo?

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Gustavo Sánchez (plata) y Juan Ignacio Reyes (oro) en la prueba de natación estilo dorso de los juegos parapanamericanos de Toronto 2015. Juan Ignacio Reyes ha ganado siete medallas en juegos paralímpicos y posee el récord mundial en dorso. Fuente de la imagen: publimetro.com.mx.

Pero el talento no aprovechado, o que debido a características de la sociedad y sus instituciones encuentra múltiples barreras, se expresa en muchas otras situaciones. Por ejemplo, asumiendo que en general los seres humanos tendríamos las capacidades necesarias para concluir la educación media superior (con una buena nutrición, escuelas bien equipadas, profesores comprometidos con los jóvenes, educación sexual, agua sin metales pesados, etc.), sólo el 63% de los jóvenes en México la concluyen. Cuando hablamos de la educación superior, que permitiría agregar un valor creativo no sólo al trabajo que uno desempeña, sino, a través de él, a la sociedad, el 23% de los jóvenes entre 25 y 34 años cuentan con un certificado universitario. Relativamente es un logro con el grupo de 55 a 64 años (12%), pero la distancia para alcanzar a otros países es todavía un reto semejante.

Si consideramos distintas condiciones que complican el desarrollo del potencial de las personas para diversas actividades, nos encontramos con profundas barreras. Propongo considerar que uno tiene ventajas iniciales bajo las siguientes características: 1) reside en una localidad de 15,000 habitantes o más, 2) no está desocupado (es decir, tiene una ocupación, sea que genere remuneración económica o no), 3) no tiene limitaciones físicas ni mentales para sus actividades, 4) es derechohabiente de alguna institución, 5) su nivel de escolaridad es de educación media superior o educación superior, 6) tiene entre 25 y 64 años y 7) siendo mujeres, no han vivido violencia psicológica, física o sexual durante su última relación sentimental (47% de las mayores de 15 años sí la ha padecido). Los puntos 1 al 6 corresponden a los datos que hace disponibles el INEGI a través de la consulta interactiva de datos.

Esto nos arroja, con base en cifras del INEGI de 2010, que de 44,425,601 mexicanas y mexicanos de 15 años o más en 2010, sólo 6,835,227 (es decir, el 15.4% no arrancan en ninguna de esas situaciones desventajosas. Esa cifra está compuesta por 2,005,424 mujeres y 4,829,803 varones, lo que es prácticamente igual a que por cada dos mujeres que no están en desventaja, hay cinco hombres que tampoco lo están.

A ese pobre 15.4% habría que agregar aquellos que tienen un ingreso o situación laboral precarios, quienes viven a más de una hora de su lugar de empleo o quienes están en un contexto cultural que limita su desarrollo. Ojo: con esto estoy lejos de referirme, por ejemplo, a ser parte de una comunidad indígena. Más bien apunto a temas que tan cotidianos que nos parecen parte de las metas de vida de todos nosotros y no, en cambio, actitudes que nos atan en tiempo, dinero y esfuerzos a un modo de vida homogeneizado, aislante y que exige poca creatividad o innovación para poder emplearlos. Para mí, el mejor ejemplo es el automóvil (que, cuando no es necesario, se convierte muchas veces en una carga económica con aire acondicionado y alguna sobrina abordo camino a su fiesta de XV años, que en una herramienta). Pero también el consumo social de alcohol y tabaco, perder 22 días de vida al año mirando telenovelas (así es, eso pasa con mirar dos horas al día), la dependencia absoluta de alimentos industrializados o la incapacidad de pedirle a alguien que te tome una foto y preferir retratos (por lo general horribles) con un selfie-stick son claros ejemplos de hábitos que van en detrimento de nuestro bienestar físico o del bienestar que deriva del establecimiento de relaciones sociales no condicionadas por la ingesta de sustancias nocivas.

Hay pruebas contundentes de que emparejar las oportunidades para el desarrollo individual impacta en el bienestar de todos. Por ejemplo, la ONU ha comprobado que cada punto porcentual en que se eleva el alfabetismo entre mujeres en países en vías de desarrollo impacta tres veces más que si se eleva 1% el número de doctores. Por otra parte, está también visto que las sociedades con peor distribución de la riqueza (en general, de las oportunidades) tienden a ser inestables políticamente, lo que necesariamente amenaza el funcionamiento de las instituciones y la atracción de capitales, ambos fuentes importantes de recursos que pueden favorecer (en un buen funcionamiento) la diversificación de alternativas de vida.

Estar dentro de ese 15%, o más aun aprender a consumar las metas propias desde el otro 85% (como el caso de los atletas paralímpicos), es al mismo tiempo un privilegio, y por tanto compromiso. Como he comentado, uno se hace con ayuda de los demás, de alguien en quien creyeron y que ahora confía en otros. En lo personal, quizá yo nunca hubiera llegado a escribir estas notas si no hubiera habido quien creyera en mí, iniciando por la directora del maternal que acogió mi primer proyecto a los tres años (armar una “orquesta” con los demás niños del maternal para la clausura) o la directora de mi primaria que me aceptó tareas en verso porque sentía menos miedo a la hoja en blanco toda vez que la rima, por sí misma, está de alguna forma estructurada. Aunque parezca imposible llegar a una medición puntual de cuánto talento sí está bien canalizado, cada acto en el que ratificamos la libertad de vivir lo diverso es uno que puede premiar el esfuerzo de alguien, estimular su creatividad, decirle que confíe en una sociedad que cree que son importantes sus propósitos más sinceros, esos que a veces cubrimos con arena infecunda. Nuestras acciones estimulan a que otros no tengan miedo de hacer crecer las propias.


Museo de las preguntas

¿A quién se le ocurrió que el ingenio era sólo “mexicano” o era mejor en México que en otras partes del mundo? ¿Entonces cuánto talento sí se aprovecha? ¿Hay manera de medirlo más allá de qué contextos son más o menos propicios para desarrollarlo? ¿Qué hábitos o tradiciones de la sociedad occidental limitan la creatividad? ¿Es tan difícil para tantas personas no querer ser lo mismo? ¿Es miedo lo que lleva a que haya gente conforme con que la sociedad se vuelva una fotocopiadora?

¿De dónde vienen los bebés pobres?

El año pasado, el Coneval hizo público que la pobreza en México había incrementado de 2012 a 2014, pasando del 45.5% al 46.2% de la población, creciendo a una tasa anual del 0.77%. Si la tendencia continuara hasta concluir 2016, acabaríamos el año con 46.9% de nuestra población en algún grado de pobreza. Sin embargo, el mismo Coneval junto con Unicef publicaron en días pasados que, a diferencia de la población en general, más de la mitad de la población infantil vive en estado de pobreza. La cifra dada es de 21.4 millones de niñas y niños, es decir, el 53.9% de la población por debajo de los 18 años. Para evaluar la pobreza, esta encuesta considera los siguientes aspectos: que el menor tenga acceso a educación, salud, seguridad social, una vivienda de calidad y con servicios básicos, y alimentación. La carencia de uno de ellos lo sitúa en algún grado de pobreza. La pregunta evidente es: ¿por qué hay proporcionalmente más niños que adultos en dicha situación?

Pobreza infantil

Fuente: plumaslibres.com.mx.

La propuesta que planteo para abordar esta problemática resulta preocupante. Las personas que viven en contextos más desfavorecido tienen más hijos que quienes viven en mejores situaciones. No perdamos de vista: es su derecho tenerlos. El artículo cuarto constitucional indica a la letra: “Toda persona tiene derecho a decidir de manera libre, responsable e informada sobre el número y el espaciamiento de sus hijos”. Sin embargo, la gestación de hijos, ¿es siempre una decisión?, ¿todas las personas cuentan con información al respecto?, ¿qué es y qué no es una manera responsable?

Si realizamos una visita a las estadísticas que obsequia el Censo de Población y Vivienda de 2010, nos encontramos, en primer lugar, con que el nivel educativo de las mujeres está estrechamente vinculado con el número de hijos que tendrán. De entre las mujeres de 30 a 49 años al momento del censo, las que tenían mayor probabilidad de no tener hijos, o tener máximo uno, eran aquellas con estudios universitarios. Por el contrario, tres de cada diez mujeres sin escolaridad habían tenido 6 o más hijos nacidos vivos. Es decir, una probabilidad 99 veces mayor que alguien con educación superior. Mientras que en los hogares con progenitores universitarios las ventajas de su posición social se concentran en uno o dos niños, las pocas oportunidades que ya de por sí otorga que los padres no tengan ningún tipo de instrucción, o una instrucción básica, se tienen que repartir entre muchos hermanos. Tan sólo por arrojar un dato, no concluir la educación básica impacta en que un adulto ingrese $1274 (MXN) menos que quien sí lo hizo; si además de ingresar menos debe dividirlo entre más, la presión presente asfixia el futuro de la infancia más desfavorecida. Por lo tanto, la diferencia entre las herencias que reciben los hijos de los más beneficiados, frente a las que recibe la mayor parte de quienes nacen en este país, perduran las desventajas de unos y los privilegios de los otros. Sin mediación del Estado, el único resultado posible sería un inminente incremento de la desigualdad.

Hijos nacidos vivos entre mujeres de 30 a 49 años por nivel educativo (2010)

Elaboración propia con base en INEGI (2010). Censo de Población y Vivienda.

No obstante, no sólo el contexto educativo familiar se vincula con las oportunidades limitadas que los niños de familias numerosas tendrán a lo largo de su vida. Estadísticamente, las familias con cinco hijos o más tienen su origen, predominantemente, en localidades de menos de 2,500 habitantes. Es decir, aquellas en las que los servicios educativos y de salud (indispensables para la educación sexual y la planificación de la familia) suelen ser escasos o inexistentes. Se podrá argumentar que el tamaño de la población no es el factor determinante: municipios como San Sebastián Tutla, Oax., y Aquiles Serdán, Chih., a veces se cuelan entre los primeros lugares de Desarrollo Humano a nivel nacional, con poblaciones de poco más de 16 mil y 10 mil habitantes; pero lo que también es un hecho es que los municipios más poblados del país nunca aparecen en las zonas más bajas de la tabla. En contraste con las localidades más pequeñas, en las mayores lo que predomina son las familias con no más de tres hijos. Si al hecho de que las personas que han tenido menos oportunidades son las que tienen más hijos, añadimos que, además, suelen vivir lejos de equipamientos y servicios que les facilitarían la inclusión en la sociedad; la reproducción de la pobreza se convierte en un fenómeno que parece irrevocable sin una estrategia territorial.

Mujeres de doce años y más agrupadas por tamaño de localidad de residencia y número de hijos nacidos vivos

Elaboración propia con base en INEGI (2010). Censo de Población y Vivienda.

El lugar común sería responsabilizar al gobierno de no llegar con los derechos más fundamentales al último rincón del territorio nacional y exigir que todas las localidades cuenten con los servicios básicos. Pero ahí va la sorpresa: con base en datos de la OCDE y del INEGI, se puede estimar que en México hay alrededor de 263 mil médicos. Imaginemos que colocáramos a un médico por localidad (es decir, uno solo en la ciudad de México, uno solo en Acapulco, uno solo en El Suspiro, Ags., y uno nada más en cualquiera de las localidades sin nombre que hay en Sonora; es decir, asignar la misma cantidad de médicos a todas las localidades del país: uno). De acuerdo con el INEGI, México cuenta con 304,477 localidades de todos los tamaños. Es decir, que casi 50 mil localidades quedarían sin ningún tipo de cobertura médica. Si pensáramos en términos de maestros, habría sólo tres profesores de educación primaria y secundaria por localidad. Con eso no se cubre ni cuarto de primaria, además de que, evidentemente, destinar un profesor o personal de salud a una localidad remota, con todo el material que necesitan, es caro, ineficaz y poco atractivo para quienes brindan esos servicios, y de que los asentamientos donde resulta más barato y atractivo asignarlos (las ciudades medias y grandes) requieren también de sus servicios.

Un segundo lugar común al que podríamos llegar en esta reflexión sería considerar que en las localidades más pequeñas, donde aún juega un importante papel la economía agropecuaria, las personas desean tener hijos para emplearlos como mano de obra en el campo, cuando, en realidad, quienes se dedican a estas actividades en nuestro país no son ni niños ni jóvenes: por cada menor de edad que trabaja en el campo, hay diez adultos mayores de 85 años dedicados a esta actividad. Consideremos, pues, la posibilidad de que el no usar métodos anticonceptivos sea por no tener acceso a métodos anticonceptivos asequibles o a la información necesaria para pedirlos y utilizarlos. Hay elementos que nos deberían hacer considerar esta hipótesis en serio.

Mientras no se logre una cobertura suficiente de servicios de educación y salud, y por lo tanto de educación sexual y planificación familiar, de acuerdo con nuestra experiencia estaremos frente a un escenario en que la mayor parte de los niños nazca en contextos familiares y territoriales desfavorables, donde brindarles oportunidades para su desarrollo resulta desmedidamente difícil, condenándolos así a la pobreza.

Una alternativa podría ser la reubicación voluntaria de la población más vulnerable por su localización remota o por radicar en zonas que se han visto empobrecidas por el látigo de la violencia. Para ello es necesario contar con reservas territoriales, programas de vivienda accesibles y de reparto agrario, en zonas donde sea posible congregar el suficiente número de personas para proveerles servicios más eficientes y a menor costo para el erario. Existen experiencias de reubicación en el pasado que fueron exitosas: desde las congregaciones durante la colonia después del azote de las epidemias, que devastó demográficamente a una inmensidad de localidades indígenas, haciendo más prudente el agruparlas, como también el reparto agrario cardenista, fundando ejidos a los que las personas se desplazaban para volver a comenzar con mejores oportunidades de vida.

Queda claro que los bebés pobres no vienen en cigüeña de París, sino de familias en condiciones sociales y territoriales que dificultan aún más la emergencia de los niños hacia condiciones de vida más felices. Pero sabiendo de dónde vienen, si existe voluntad, se les puede dar la oportunidad de a dónde ir. Son más de la mitad. Su destino está engarzado con el de todo México. Si siguen siendo víctimas y producto de la desigualdad, el país también lo seguirá siendo.


Museo de las preguntas

¿Qué puede hacer un ciudadano común en el tema de la pobreza? ¿Qué probabilidad tiene en la actualidad un adulto pobreza de salir de esa condición por sí mismo? ¿Es más probable ganarse la lotería o ascender desde el decil más bajo de ingreso hasta el más alto a lo largo de una vida? ¿Qué tan determinadas están la corrupción y la impunidad por la distribución del poder y la riqueza? ¿Qué tan determinadas están la distribución del poder y la riqueza por la corrupción y la impunidad?

¿Dónde está el Estado? ¿Y Spiderman…?

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La idea de que el Estado tiene el monopolio de la violencia… ¡bueno! ¡Un mito de la teoría política! Si Max Weber hubiera vivido a principios del siglo XXI en Venezuela, Guatemala, México, Estados Unidos, Honduras o El Salvador, aquella afirmación no existiría. En cada uno de estos países el Estado ha dejado de ser garante de la seguridad de sus ciudadanos (en distintos grados), y, en ocasiones, ha perdido control sobre gran parte de su territorio. El contexto de violencia se ha extendido a las tres latitudes del continente americano.

Tan sólo en Estados Unidos, supuesta autoridad moral para el resto del continente, entre 2001 y 2011, los “tiroteos masivos” realizados por personas que residen en ese país y que tuvieron acceso a armas de fuego, dejaron 40 veces más muertos que el terrorismo, al que sí se combate; y de 2012 a febrero de 2015 tuvieron lugar 994 de estas balaceras. Parece incluso el colmo que, la semana pasada, una defensora del uso de armas de fuego en ese país fuera recibiera un disparo por la espalda de su hijo de cuatro años en algo calificado como un accidente, pero donde parece que más que haber disparado sin intención (la mamá presumía que el niño sabía hacerlo), el niño lo habría hecho sin comprender las consecuencias (lo mismo que su madre y otros promotores de las armas).

En el caso de México, que con la mano en la cintura descarta los informes de la CIDH o del Relator especial de la ONU sobre la tortura, mientras que el crimen organizado ha perpetrado en los últimos años masacres como las de San Fernando, Tamaulipas (72 migrantes) y Allende, Coahuila (en cifras estimadas de 28 a 300 desaparecidos y presuntamente asesinados), se ha evidenciado también que en este sexenio las fuerzas públicas de distintos niveles de gobierno se han sumado a la trágica carrera, con acciones como las de Iguala (6 muertos, 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos y uno más con muerte cerebral, participando policías municipales de Iguala), Tlatlaya (22 muertos, 15 de ellos ejecutados por el ejército), Tanhuato (43 muertos presuntamente en combate, eliminados por la Policía Federal), Apatzingán (con 16 civiles asesinados en una acción también de la Policía Federal) o Tierra Blanca (con 5 jóvenes secuestrados y asesinados, participando policías estatales de Veracruz). Hoy se cumple un año de la velada censura con la que el gobierno federal redujo una de las pocas voces fundadamente críticas de la radio mexicana en casos como San Fernando,  Iguala, Tlatlaya y el manejo de la violencia en Michoacán: Carmen Aristegui.

Los casos de los países localizados más al sur no son mucho más afortunados. El nombre de Guatemala surge acompañado de episodios muy lamentables como la masacre en la finca Los Cocos (27 campesinos muertos) o el autobús bomba con pasajeros a bordo en San José Pinula (1 muerto y 15 heridos), Venezuela aparece entre los 43 muertos en las manifestaciones de 2014 y los 28 mineros desaparecidos y supuestamente masacrados la semana pasada (lo positivo es que los responsables de la violencia están identificados por Maduro: opositores o extranjeros, como Spiderman), Honduras se desmaquilla con 471 mujeres asesinadas por causas de género en 2015, a cuya cuenta hay que añadir a la laureada Berta Cáceres finada probablemente por ser defensora de los derechos humanos, y El Salvador de plano está considerando declararse en estado de excepción por la violencia en que está sumido (aunque en el trámite de declararse o no, ya va a cumplir dos años)Si la cantidad de muertes violentas en El Salvador para 2015 era superior a la que se presentaba durante su guerra civil, en enero y febrero de 2016 la cifra creció 117.6% con respecto a los mismos meses del otro año.

Me permito aclarar: el ánimo de colocar cifras no es para convertir vidas humanas en un simple valor cuantitativo, sino que hace falta comprender que, a cada persona más que pasa por una experiencia así, es más probable que el siguiente sea conocido nuestro o incluso uno de nosotros. Por pura solidaridad o mero egoísmo, debería ocuparnos.

Es evidente que el Estado en cada uno de estos países ha perdido el monopolio de la violencia, y en ocasiones el de la aplicación de la justicia. Los gobiernos no dominan ya los mecanismos represivos. Sin embargo, existen rubros preventivos, en los que los gobiernos nacionales o locales tienen, si no el monopolio, sí una capacidad importante.

La educación básica, por ejemplo, bien haría en estar más orientada a practicar la democracia y el pensamiento libre que a enseñar la vanagloria a un país (en el caso de México) cuyo territorio no es sino resultado de lo que se robó Estados Unidos (dos millones de kilómetros cuadrados), lo que se le sustrajo a Guatemala (el estado de Chiapas), lo que no se quiso disputar con Inglaterra (Belice) y el trato infame y genocida que se dio a mayas, yaquis y otros menos visibilizados. Por cierto, fuera del conflicto con Estados Unidos de los demás episodios no se habla, como si la violencia que uno (o su país) ejerce fuera indiferente y por lo tanto tolerable. Quizá a este punto haya quien lea una posición utopista de mi parte. Pero tener ciudadanos con criterio y conciencia libres debilita a los poderes fácticos, y eso debería convenir a cualquier gobierno para cumplir sus metas administrativas.

El diseño de los espacios públicos urbanos es otra área que, desde el gobierno, podría contribuir a condiciones para una sociedad mejor. En la medida en que éstos sean visualmente permeables y cuenten con usuarios, se convertirían en nodos donde la gente se encuentra, se cuida y crea sentidos de comunidad. Asimismo, un ordenamiento territorial que impida la creación de guetos socioeconómicos, que concentran diversas problemáticas y limitan la movilidad social (generando un ambiente agresivo y de desesperanza), es fundamental para facilitar la construcción de una sociedad articulada, solidaria, diversa y más consciente. El acompañamiento de estas políticas suaves por ejecutores diversos, y por lo tanto representativos de la sociedad y no de sus represores institucionales, es indispensable para generar confianza: mujeres, egresados de escuelas públicas, personas que puedan caminar entre la gente. Las mejores armas no son las que disparan, sino las que arman futuro.

Pensémoslo: todos pasamos por la escuela, todos usamos en algún momento el espacio público, todos tenemos una localización en la ciudad. Somos, por lo tanto, público cautivo de posibles soluciones. Volvámonos también sus promotores.


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¿Las cámaras de seguridad sirven verdaderamente para inhibir el crimen o son la lente que toma selfies de la peor cara de la sociedad? ¿Cuánto cuesta prevenir un delito y en cuánto se estima el costo de indemnizarlo? ¿Qué grado de corrupción existe en torno a la violación del principio del “debido proceso”? ¿Qué tan significativa es la educación formal para prevenir el delito en los términos en que se practica actualmente? ¿Por qué en México seguimos teniendo servicio militar (si no entramos en guerra, pero según el temario se enseña a los jóvenes a manejar un arma) en lugar de un servicio comunitario? ¿Qué modelos de desarrollo urbano son más susceptibles de generar condiciones de desigualdad, segregación y violencia?