¿Equidad? ¿De cuándo a acá?

A lo largo de la pasada semana asistí a logros de mujeres de mi edad a quienes considero, además de promisorias, un verdadero privilegio en tanto que he coincidido con ellas en tiempo, espacio y en ocasiones también en el esfuerzo. Uno de esos logros fue la inauguración de la exposición colectiva Ecos de la Bienal de Florencia, en que participa Marlen Reyes con obra que reflexiona cómo transformamos nuestra fantasía en vida real; pero también asistí al examen profesional de Magali Caballero, quien defendió su tesis Hombres de azúcar: masculinidades de la tercera edad en contexto agroindustrial, y estuve en fase de conclusión del proceso para la publicación de un artículo en la revista Bitácora con mi coautora, Noemí Juárez, quien tuvo la generosidad de separarse brevemente de la Historia de Género para colaborar conmigo en un análisis de la Historia reciente de la Vivienda en la ciudad de México. Pero estas historias, para el género femenino son recientes. Conocerlas me hace inconcebible el grado de marginación al que la sociedad y el Estado mexicanos tuvieron sometidas, por Ley, a las mujeres.

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Hermila Galindo, Elvia Carrillo Puerto y Abraham González. Precursoras de la equidad de género en México en las primeras décadas del siglo XX.

Si abrimos el anecdotario, encontraremos mujeres y hombres que impulsaron la equidad entre los géneros desde hace 130 años. Laureana Wright de Kleinhans promovió desde la década de 1880, a través de su revista Violetas del Anáhuac, que se permitiera el voto femenino en México. Si se le hubiera hecho caso, México habría sido el primer país del mundo en autorizar el sufragio femenino. Sin embargo, en aquel entonces el marco jurídico mexicano estaba lejos no sólo de garantizarlo, sino de que el resto de sus disposiciones fueran compatibles con ese planteamiento. Imagínense: el Código Civil para el Distrito y Territorios Federales de 1884 indicaba que “el marido es el representante legítimo de su mujer. Esta no puede, sin licencia de aquel dada por escrito, comparecer en juicio”, como tampoco “enajenar sus bienes”. La Ley mandataba que “el marido debe proteger a la mujer; esta debe obedecer a aquel”. Votar era impensable. Asimismo, no estaba permitido el divorcio, y el primer intento por llevarlo a Ley, a iniciativa del diputado Juan Mateos en 1891, terminó siendo sólo motivo de discursos de condena a las pasiones.

Sería a partir de la Revolución, y de la creación de un nuevo orden jurídico, cuando la participación política de las mujeres comienza a anunciar su relevancia. En 1910, Abraham González, quien fue por breves meses secretario de Gobernación de Madero y gobernador de Chihuahua hasta su asesinato, se pronunció a favor de los derechos políticos femeninos:

La mujer tiene ante la sociedad y ante las leyes, las mismas obligaciones que el hombre, si tiene intereses, paga contribuciones, y si delinque, está sujeta a los códigos penales. Pues, si está sujeta a las penas de las leyes, si contribuye para los gastos públicos, no veo la razón lógica para que no pueda tener exactamente los mismos derechos que el hombre, inclusive el más preciado, que es el del sufragio, a fin de que no sólo pueda votar, sino ser votada.

Otros hitos del esfuerzo de hombres y mujeres por la equidad de género ocurrirían durante el Primer Congreso Feminista realizado en Yucatán en 1916 con el apoyo del gobernador Salvador Alvarado, del cual da un afortunado recuento Rosa María Valles Ruiz. Curiosamente, entre las mismas mujeres participantes no hubo consenso en cuanto a si debía permitírseles o no el voto, o si sólo a mujeres de ciertas condiciones, pero se presentaron argumentos valiosos para la discusión. Durante aquel encuentro, Francisca Ascanio dirimió contra el prejuicio, extendido en la época, de que, como el cerebro de la mujer es más pequeño, sus ideas también lo eran. Ascanio explicó que lo que importa en un reloj, sea grande o pequeño, no es el tamaño de sus engranes, sino la calidad de sus piezas y la precisión para dar la hora. Otro hito fue el discurso de Hermila Galindo. Su discurso se refirió a la relación entre sexualidad y educación y, en ausencia de la autora, fue leído por un hombre: el Lic. César González. La misma Galindo, en 1916, solicitaría al Constituyente la inclusión del sufragio femenino. La situación fue curiosa y agraviante. El texto constitucional no prohibía ni permitía el voto de las mujeres, más bien resultaba ambiguo, puesto que hablaba de que todos los ciudadanos mexicanos tenían derecho al sufragio, sin aclarar si “mexicanos” era en término masculino o en un sentido genérico de mujeres y hombres. Hubo un diputado, Félix Palavicini, que señaló:

Yo deseo que aclare la Comisión [redactora] en qué condiciones quedan las mujeres y si no estamos en peligro de que se organicen para votar y ser votadas.

Finalmente, el Constituyente se plantó en la negativa, justificando que “en las condiciones en que se encuentra la sociedad mexicana no se advierte la necesidad de conceder el voto a las mujeres”, a quienes no les interesaba votar como lo evidenciaba la supuesta “falta de todo movimiento en ese sentido” (argumento que queda anulado tan sólo gracias al antecedente del Primer Congreso Feminista). Aun así, sin poder votar, Hermila logró postularse como candidata a diputada federal, convirtiéndose en la primera mujer en competir por el sufragio.

Pero los límites con que acotaron a la candidata no era, en el momento, algo extraño. Por ejemplo, si se revisan los debates de la Soberana Convención Revolucionaria de Aguascalientes de 1914, se advierte que sólo la delegación zapatista consideró a las mujeres como parte sustantiva de la Revolución. Esto se refleja en los dichos del zapatista Alfredo Cuarón del 28 de octubre de 1914 en la capital hidrocálida:

Dentro del pueblo hay algunos que (…) trabajan para sostener a los que tienen armas. Ese grupo de individuos se encarga de cultivar la tierra, de recoger las cosechas (…) y se las entregan a sus mujeres, que también luchan con el ejército.

En cambio, David Berlanga, delegado enemigo del zapatismo, se referiría únicamente a la mujer durante la Convención como metáfora de la libertad, siendo que días después, cuando una mujer se introdujo al recinto “pretendiendo hablar (…) es sacada por varios delegados”, para conferirle entonces la palabra al mismo Berlanga. Berlanga en ningún momento abogó por la libertad de expresión de la mujer que se había introducido, aunque para él la libertad tuviera forma de mujer. Quizá si la Revolución la hubiera ganado el Ejército Libertador del Sur, el destino de miles de mujeres hubiera sido en algo diferente.

La carta magna de 1917 prohibía a las mujeres desempeñar trabajos peligrosos (¿qué se consideraba un trabajo peligroso?), así como participar de las horas extras, que eran mejor pagadas (¿por qué?). Aunque alguna bondad también tenía, como el otorgamiento de semanas por maternidad sin riesgo a perder el trabajo. Por otra parte, el gobierno de Venustiano Carranza promulgó la Ley del Divorcio Vincular en 1914, que con causales tan amplias resultaba sumamente razonable. Sin embargo, al afinar sus disposiciones por medio de una nueva Ley sobre Relaciones Familiares, que después sería absorbida por el Código Civil de 1928, la visión sobre la familia, la mujer y el divorcio se convirtió en un articulado de inverosimilitud.

En su artículo 167, dicho código civil establecía que “el marido y la mujer tendrán en el hogar autoridad y consideraciones iguales”. Sin embargo, el 163 rezaba: “la mujer debe vivir al lado de su marido”, no viceversa, excepto cuando un tribunal se lo conceda por considerar que el marido vive “en un lugar insalubre o indecoroso”. El 164 fija que en una situación ordinaria la mujer no podrá aportar más de la mitad del ingreso familiar, pero sí el marido. El 168 obliga a la mujer a estar a cargo de “la dirección y cuidado de los trabajos del hogar”, y los artículos subsiguientes indican que la mujer podrá tener otra ocupación mientras no le impida cumplir en el hogar y en tanto el marido no se inconforme, en cuyo caso el permiso de trabajar se lo dará un juez. Las cadenas y grilletes anteriores, evidentemente, no aplicaban para el marido. No eran sólo las habladurías de la sociedad las que impedían a las mujeres participar de lo público, salirse del hogar. Era en principio la misma Ley. Y en casos funestos, como la persecución por causas políticas de las tres primeras diputadas locales electas (Elvia Carrillo Puerto, Raquel Dzib Cicero y Beatriz Peniche de Ponce, todas de Yucatán), los impedimentos corrieron a cargo de quienes debían hacerla cumplir.

El pasado 6 de abril se cumplieron los 63 años del reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres mexicanas. Sin embargo, bajo esas luces, el año de 1953 no es sino la fecha de vergüenza cuando después de casi 70 años (es decir, la vida actual de una persona, o el tiempo ininterrumpido que duró la presidencia en manos del PRI) el Estado mexicano  al fin aceptó lo que mujeres y hombres demandaron por décadas: equidad de género política. Todavía pasarían 21 años más para que la Constitución dijera que “el varón y la mujer son iguales ante la Ley”, y de ahí 39 más para que la legislación electoral retirara los mecanismos que usaban los partidos para evitar la equidad entre mujeres y hombres al integrar las fórmulas que compiten para elegir legisladores. Curioso, sin embargo, que esa propuesta corriera a cargo de un presidente en cuyo gabinete ampliado el 80% son hombres, para un Poder Legislativo en cuyo muro de honor de la cámara baja el 12% de los individuos son mujeres (contándose a Margarita Maza, entre cuyos méritos se encuentra, según la Cámara de Diputados, bonitas anécdotas como acusar a su hermano de robarle plátanos a su mamá, hacer hermosa con su presencia la entrega de medallas por el 5 de mayo y ser la esposa de Benito Juárez; y en contraste hay ausencias de mujeres que fueron enormes).

Al día de hoy, cuando se supone que el marco legal se debe interpretar con perspectiva de género, sigue habiendo pendientes en la Ley. Por ejemplo, para el código civil, una mujer divorciada no puede casarse sino pasados 300 días de disuelto el matrimonio anterior (300 días garantizan que no llegue a una nueva unión con un embarazo de la anterior, ¿pero qué hay de la libertad sobre su cuerpo y su estado civil?) (artículo 158); también establece que todo hijo que nazca de una mujer casada viviendo con su marido, aunque sea de otro hombre, será legalmente hijo del marido excepto si éste lo desconoce (¿qué pasa cuando por falta de recursos económicos o amenazas la mujer no ha logrado divorciarse y vivir aparte?) (artículo 63). Son temas que siguen minando su libertad. Por otra parte, más allá de la Ley, el Estado no es capaz de garantizar la integridad física ni de hombres ni de mujeres, recayendo en éstas la mayor parte de la violencia sexual.

Hermila Galindo sostuvo:

A las que nos acusan de que queremos salirnos de nuestra esfera, respondemos que nuestra esfera está en el mundo.

Y yo, como varón, lo reivindico. La equidad no es un tema de mujeres: históricamente, se ha construido entre mujeres y hombres, porque es la esfera donde cabemos todos. Es la órbita por la que camina un porvenir más justo.


Museo de las preguntas

¿El machismo es inversamente proporcional a la empatía, a la razón, al autoestima? ¿Para cuándo una checadita al Código Civil? ¿El feminismo requiere que sus heroínas sean siempre mujeres para dar muestra de la validez de su causa? ¿A nadie le cae mal que se diga que las mujeres son la mitad, cuando usualmente (excepto en los lugares con mayor tasa de crecimiento por inmigración) son la mayoría? ¿La frase de que “México no está preparado para tener una presidenta” habla de los prejuicios de México o de quien lo dice? ¿No es un verdadero sinsentido de la androcracia que si las mujeres suelen hablar más y ser más perceptivas se les excluya de la política, donde esas cualidades son tan útiles?