La SEP acabó con más yaquis que Porfirio Díaz y salvó de la muerte a los estudiantes que asesinó Díaz Ordaz, ¿verdad o mito?

En su libro Historia de un país en caricatura. Caricatura mexicana de combate, 1821-1872, Rafael Barajas (el Fisgón) señala: “las caricaturas no retratan el destino glorioso de los caudillos y sus pueblos; simplemente reflejan las pequeñas miserias del acontecer cotidiano” (p.24). La curiosidad me ganó y, pasada la media noche, comencé a buscar las dos caras opuestas de una moneda (que de un lado parece de diez centavos y del otro un centenario). Por una parte, caricaturas en las que se burlan de los distintos expresidentes. Por la otra, sus estatuas en la Calzada de los Presidentes de la Residencia Oficial de Los Pinos (sí, un caminito donde están inmortalizados los titulares del ejecutivo desde Lázaro Cárdenas hasta Felipe Calderón; su estatua nos costó medio millón de pesos). ¿Quieren saber los resultados? Cualquiera haga el ejercicio: con excepción de Cárdenas y López Mateos, es relativamente fácil encontrar en Google caricaturas que hacen burla de los demás mandatarios; en cambio, no logré encontrar una sola selfie, ni del priísta o el panista más acérrimo, con cualquiera de sus estatuas en Los Pinos.

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Pero no sólo las estatuas son la única manera en las que los presidentes se autorrepresentan o representan a quienes les han antecedido. Con la curiosidad de saber cómo se pintan a sí mismos los grupos en el gobierno frente a las nuevas camadas de mexicanos, me di a la tarea de averiguar qué se decía en los libros de texto de su ejercicio del poder. Tuve varios hallazgos, incluso emocionantes, al revisar los materiales. En el libro de Historia de 5° grado de primaria de la SEP de 2010, disponible en formato PDF, en la página 116, correspondiente a actividades de repaso, se pregunta a los estudiantes: “¿qué ocurrió en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968?”. Cualquier persona con dos dedos de frente (es más, se necesita sólo uno para teclear wikipedia.org) podría responder (hasta copiando y pegando) lo siguiente: el movimiento estudiantil de 1968 “fue reprimido el 2 de octubre de 1968 por el gobierno de México en la «matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco» y finalmente disuelto en diciembre de ese año”. Sin embargo, la respuesta que el chico de 10 u 11 años recibe del libro que le ha dado la Secretaría de Educación Pública, es la siguiente (p.153):

Una gran manifestación se reunió el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en la Ciudad de México. Ahí demandaron a las autoridades la desaparición del cuerpo de granaderos; la destitución, con el nombramiento de personas idóneas, del jefe y subjefe de la policía metropolitana y del jefe del batallón de granaderos; la eliminación del delito de disolución social del Código Penal; la indemnización a los familiares de los estudiantes muertos y heridos en las protestas del mes de julio, y garantías para los estudiantes.

En otra sección del libro (p.139) se indica:

…el 2 de octubre de 1968, una enorme manifestación estudiantil reunida en la Plaza de Las Tres Culturas de la Ciudad de México fue reprimida. Protestaban por los abusos policiacos (sic) y militares cometidos en contra de los estudiantes. Este hecho convenció a varios de los opositores al gobierno de que éste había perdido legitimidad y de que eran necesarios otros métodos para resolver las demandas sociales.

Es decir, según ese libro de 2010: 1. hubo una manifestación muy grande, 2. sólo hubo estudiantes muertos y heridos en julio (lo demás no pasó), 3. no hubo muertos ni matanza en Tlatelolco, 4. no había presos políticos o nadie pidió su libertad, 5. los opositores al gobierno pensaban antes del 2 de octubre que éste era totalmente legítimo, y después de esa fecha pensaron que ahora sí había perdido algo de legitimidad, pero no toda, y 6. policíaco no lleva acento [Una lectora del blog me aclara que en el Diccionario del español de México policiaco ya no lleva acento, error mío]. Por cierto, no se indica claramente cuáles fueron esos métodos. Pero no sólo hay negacionismo en cuanto al movimiento de 1968.

En el libro (que va de la Independencia a la actualidad) no existen los yaquis ni los mayos ni los mayas. Si vendiéndolos de esclavos o arrojándoles la fuerza del ejército, Porfirio Díaz no logró exterminarlos, la SEP sí. Los obreros de Cananea y Río Blanco no fueron masacrados, sino sólo reprimidos. Léase la diferencia según la Real Academia Española. Reprimir: “Contener, detener o castigar, por lo general desde el poder y con el uso de la violencia, actuaciones políticas o sociales”. Masacrar: “Cometer una matanza humana o asesinato colectivos”. En contraste, fuentes oficiales hablaban de 200 obreros fusilados por los motines de la huelga de Río Blanco de 1907, y la prensa calculó alrededor de 700 más al momento de ingresar a sus fábricas. Es decir, hasta el mismo régimen de Porfirio Díaz y algunos periódicos de su tiempo eran más sinceros que la Secretaría de Educación Pública actual. Cuando se habla del sufragio femenino, lo de menos es que las autoridades educativas no le atinen al artículo constitucional que se reformó para que las mujeres votaran (la SEP dice que fue gracias a la reforma al 115 constitucional de 1943, que en realidad habla de los años de ejercicio de los gobernadores y no de las mujeres; y a otra reforma al artículo 134 en 1953, pero ese artículo jamás se modificó sino hasta 1966; el artículo correcto es el 34); lo importante, sin embargo, es que se plantea como si el otorgamiento de los derechos políticos fuera por tendencia mundial y no porque las mujeres los reclamaron: son expuestas por el libro como sujetos pasivos en su propia lucha.

Ahora bien, cuando la Secretaría de Educación Pública intenta adivinar artículos constitucionales como si en lugar de tratarse de la educación de los jóvenes lo que estuviera en juego fuera un programa de Atínale al precio o pegarle a una piñata, y, peor aún, cuando es negacionista de los hechos más sensibles que le dieron forma a nuestra realidad social (las confrontaciones indígenas, obreras, feministas, campesinas y estudiantiles con los gobiernos y las grandes empresas), debemos comenzar a sospechar: ¿qué historia nos cuenta?, ¿por qué nos cuenta esa historia?, ¿quiénes ganan con ella? Hay que comentar que, cuando se editó ese libro, gobernaba la derecha en México: el Partido Acción Nacional del ahora expresidente Felipe Calderón, y recibió comentarios negativosLa versión del mismo libro para el ciclo escolar 2016-2017 en algunos aspectos se parece, en otros no. Le yerran una vez nada más a los artículos sobre el voto de las mujeres (ahora sólo mencionan uno y en ese se equivocan). Las guerras de exterminio indígena no existen. Los obreros de Río Blanco siguen siendo reprimidos, pero no muertos. Cuando menos, se reconoce que muchos estudiantes que participaron en el mitin del 2 de octubre del 68, sí. Y además se reconoce que tuvo consecuencias en la construcción democrática. Pero no sólo el 68 estudiantil; el reconocimiento de las historias de las mujeres, de los indígenas y de los obreros, en su justa dimensión, también lo tendría.

En lo personal, esta manipulación de la Historia sólo amplía en mí un vacío de confianza con respecto a nuestros gobiernos nacionales. Si la SEP manipula lo que sabemos del pasado, donde gran parte de las personas pensará que nada se puede ya cambiar, ¿por qué el gobierno federal no habría de manipular también, y con más entusiasmo y energía, lo que sabemos que hace en el presente y sus planes a futuro? ¿Por qué creerle que su programa de rehabilitación de escuelas va al 85% de avance para este año? ¿De veras Aurelio Nuño está buscando “educar para la libertad y educar para la creatividad”, cuando los libros de la secretaría fallan en dar elementos para analizar libremente? No se trata de decir que todo lo que haga la secretaría es falso, ni que esos libros sean fundamentalmente mentira. Se trata de explicar que hay motivos para desconfiar del propósito y del contenido de lo que la autoridad, en uno u otro ámbito, plantea.

No hay que perder de vista: los libros de historia que paga, imprime y distribuye el gobierno, van a tender a ser reflejo y representación de ese gobierno. Es un ejercicio de poder. Lo delicado está justo en ese punto. Los libros reproducen una estructura de poder al no dar, o limitar, a los jóvenes las herramientas para cuestionarla. Hay más esfuerzo en justificar lo afortunados que supuestamente somos como mexicanos en el presente que en invitar a reflexionar cómo hemos llegado a ser a aquello en que nos hemos convertido. Y a alguien que al darnos educación que presume de científica, casi nos dice “date de santos”, es difícil creer. Es difícil quererlo. Es improbable tomarse una selfie con su estatua. Es más fácil tirarse a la falta de compromisos, a la peor indiferencia. Cuando dos terceras partes de la población no sabe ni de qué país se independizó México, está claro que lo están logrando.


Museo de las preguntas

¿Qué pasaría si la SEP no pudiera modificar los libros de texto con respecto a la versión original que le hacen llegar los historiadores profesionales a los que contrata y que suelen ser mucho más críticos? ¿Cuál es el libro de texto gratuito que los niños consideran menos interesante? ¿Hay algún tipo de mecanismo de retroalimentación o rendición de cuentas sobre los contenidos de los libros de texto gratuitos (recordemos que no aplica en estos casos la Profeco, aunque podría llegar a tomar cartas en los libros vendidos por un privado)? ¿Se podrían llevar los contenidos de un libro de Historia de edición gubernamental ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ya sea por considerar que se viola el derecho a la educación, a la información (en casos como el de Río Blanco, donde además existen fuentes oficiales que hablan de ejecuciones sumarias) o siendo integrante de alguno de los grupos cuya historia ha sido ocultada?

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¿De qué nos sirve la Historia?

Por gusto y por interés académico, recientemente he estado trabajando con distintos documentos históricos o sobre Historia. No obstante, son textos sobre cosas que no viví, que le ocurrieron a gente que no conozco (y a la mayoría de los cuales ni siquiera aprecio, como para preocuparme de lo que les haya pasado) y que, al menos en apariencia, ya no pueden cambiar (aunque en realidad siempre cambien dependiendo de quién y cómo las explique). Puesto de esta manera, ¿para qué nos sirve la Historia?

 

La revista digital Anatomía de la Historia realizó esa pregunta a sus autores, encontrando respuestas como las siguientes:

La Historia sirve para conocer cómo obraron nuestros antepasados, tanto si estos actos pueden considerarse benévolos como si no. Precisamente esto constituye uno de los motores que permite a las civilizaciones continuar avanzando en su proceso de evolución como sociedades humanas, es decir, debemos aprender y aprehender sobre las obras infames de nuestros ancestros para no reproducirlas, al tiempo que sobre sus actos beneficiosos ya no sólo para repetirlos, sino incluso para mejorarlos.

David Barreras

Casi dos décadas enseñando Historia y cada año, indefectiblemente, el mismo comentario: «Profe, ¿para qué sirve conocer algo que está muerto?»

Sin embargo, nada más vivo que el pasado (…) . De ahí la utilidad de la Historia: sólo quien comprende, siquiera un poco, la sociedad que le rodea puede formarse opiniones sobre ella y, por ende, sobre la acción de quienes la dirigen; sólo conociendo nuestra historia seremos ciudadanos y ciudadanas conscientes y responsables; sólo conociendo el pasado seremos personas libres.

Luis Enrique Íñigo Fernández

Creo que el hombre alcanzó su estado cuando uno de nuestros ancestros se preguntó un día por su origen, por su pasado, por su historia. Y ese cuestionamiento le llevó inmediatamente a preguntarse hacia dónde se dirigía, a preguntarse por su futuro como humanidad que ya era. (…) Somos hombres porque somos capaces de hacer Historia y hacer Historia sirve, por lo tanto, para hacernos humanidad.

Alma Leonor López

En general, las respuestas tienden a indicar que conocer la Historia nos permite entender el presente y contribuir a un mejor futuro. Sin embargo, a la edad a la que nos someten a nuestras primeras clases de Historia, saber que Estados Unidos le quitó la mitad de su territorio a México, que a su vez se posicionó en territorio que Guatemala consideraba suyo, o nos sirve para saber que estábamos perdidos en siglo XIX pero no tanto, o para pasar un examen, o, en el caso más probable, en que nadie le diga a un estudiante mexicano que hubo una política anexionista contra Guatemala, el único efecto será sentirnos víctimas respecto de los Estados Unidos. Y no veo cómo eso contribuya a mejorar nada.

¿Entonces la Historia sí nos sirve para entender el presente? Olvidemos el párrafo pasado y digamos que sí. No obstante, hay un elemento que se pierde de vista: inevitablemente, el presente lo comprendemos desde la posición donde está uno, desde lo que a uno le interesa, desde la propia cotidianeidad. El pasado, por el contrario, nos lo enseñan casi siempre desde el punto de vista de los emperadores y de los presidentes, en una escala totalmente distinta a aquella en la que vivimos el presente. Esto es como que una ciudad la conozcas caminando por sus calles, otra ciudad te la muestren desde un avión y después de eso te pidan que las compares. No hay cosa más improbable de lograr con éxito que esa. Es cuestión de escalas.

Luego entonces, la solución podría residir en dos estrategias de la misma cepa: o se enseña Historia de la vida cotidiana y se compara con la vida cotidiana del estudiante, o al tiempo que se enseña de Historia a escala mundial y nacional, se le dan al alumno las herramientas para investigar y ser crítico de la realidad actual en las mismas escalas.

Pongo dos ejemplos:

  1. Historia de la vida cotidiana. En Historia mínima de la vida cotidiana en México (2010), Pablo Escalante Gonzalbo narra lo que vivían los pobladores de Tenochtitlan:

Al salir el sol se tocaba con fuerza el enorme parche del tambor del templo de Quetzalcóatl, así comensaba el día para la gente de Tenochtitlan y las demás localidades del Valle de México. Los tambores volvían a oírse a media mañana, a mediodía, a media tarde y al ponerse el sol. Las señales sonoras, emitidas desde el templo Mayor y repetidas en otros templos, marcaban la presencia de la autoridad central en la vida de las ciudades.

Es evidente que los tambores de Tenochtitlan no son el origen, ni por lejos, de que tengamos un reloj integrado en el celular. Pero la función es análoga. Si uno sale a caminar la ciudad, encontrará que en lugar de tambores, en zonas antiguas (siglos XVII al XIX) lo que marca el tiempo son las campanas de las iglesias, que también marcaban de esta manera autoridad al dividir el tiempo (y, en consecuencia, las actividades y la vida) de la población. Ya en el siglo XX encontramos también uno que otro anuncio espectacular, los relojes de las estaciones de metro (que funcionan tan bien como algunos de los gobiernos que los construyeron, pero que se han vuelto una referencia espacial y un lugar de encuentro), y hoy día, por vialidades comerciales como Insurgentes, relojes digitales con publicidad de diversas empresas; computadoras que funcionan con piezas y programas de compañías hegemónicas a nivel mundial; teléfonos celulares que indican a cada paso dónde estamos y nos sugieren lo que podemos consumir. El control del tiempo, la partición del día y la capacidad de proporcionar esa información en una manera conveniente tienden a hablarnos de quién constituye el “poder central” o principal en cada época. (Para quien desee enterarse de otra perspectiva muy interesante, no deje de leer Vigilar y castigar de Michel Foucault).

2. Historia y comprensión del presente en una escala distinta a la vida cotidiana. Durante los últimos años… sí, como desde la desaparición de cuerpos de estudiantes de 1968, la de Rosendo Radilla por “componer corridos” en 1974, y así… el tema de las detenciones ilegales, el miedo a las ejecuciones extrajudiciales y la opacidad de los centros de detención ha estado presente entre los movimientos que se enfrentan al crimen organizado o al gobierno. Julio Scherer, en su libro El indio que mató al padre Pro (2013), trae a cuento una de varias de las detenciones que vivió el pintor David Alfaro Siqueiros:

Preso e incomunicado veía pasar los días en los separos de la Insprección General de Policía. (…) La comida me la ‘servían’ en la parte de abajo del suéter, que yo estiraba para que me sirviera de cacharro y después pudiera tomarla con los dedos.

Mi suéter, que fue blanco, estaba ahora negro y lleno de grasa. A mí mismo me causaba repugnancia. Muchas veces me limpié con él las narices, la boca, las mejillas sangrantes…

En una ocasión, como a las tres y media o cuatro de la madrugada, se abrió repentinamente mi celda, mientras yo me encontraba tiritando sobre la cama de metal, sin el menor abrigo. Apareció en vez de uno de los celadores, uno de los oficiales del Ejército, quien con voz terminante me dijo: “Haga usted el favor de salir” (…), ¿por qué me sacaban de la cárcel a esa hora y precisamente militares y no policías?…

Al salir del edificio de la Inspección nos encaminamos hacia Madero, yo en medio del piquete de soldados y sin saber aún (…) cuál era la acusación que había en mi contra (…) “Quizá me trasladen a la Penitenciaría y lo hacen de noche para que nadie se entere”.

Pero al llegar a San Juan de Letrán, dimos vuelta a la derecha. “¿Qué pretendía aquella gente?”. Seguimos caminando (…) para llegar hasta colocarnos frente a un cabaretucho, que creo que se llamaba “Viva Jalisco”…

Me vi rodeado de oficiales del Ejército y de muchachas de parranda (…) y a la cabeza de esa avalancha venía hacia mí, abriéndose paso, nada menos que el general Jesús Ferreira, compañero mío de la División de Occidente.

No averigüé más en ese instante. Elevado al a categoría de honor, se me agasajó con lo mejor de esa noche (…). Como a las nueve y media de la mañana (…) regresé de nuevo a mi mazmorra de la Inspección de Policía…

… la cosa era sencillamente mexicana (…): encontrándose el general Ferreira en plan de parranda (…) alguien dijo: “Hombre, el pobre Siqueiros está encerrado en la Inspección General de Policía”. Inmediatamente, el general Ferreira, por propia voluntad y ante la aprobación general, se dirigió por teléfono al entonces inspector de Policía (…) diciéndole: “Bajo mi responsabiliad, préstanos a Siqueiros una noche. Mañana te lo devolvemos…”.

No obstante, esta historia sólo puede dejar de ser un anécdota chusco y convertirse en algo explicativo si conocemos, si tenemos alguna idea, de aquello que logra explicar.

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David Alfaro Siqueiros plasmó en sus murales a los productores anónimos de nuestra Historia, a quienes no conocemos a pesar de que podríamos tener más en común con ellos que con sus líderes. De ellos también aprenderíamos, y quizá más. Del porfirismo a la revolución (1966), detalle.

Planteo mi propuesta: la Historia sirve no para entender el presente de nuestra sociedad, sino para comprender nuestra situación (es decir, la de nosotros como grupo o como individuos) al interior de la estructura social a la que pertenecemos. Una Historia que nos explica nuestro presente, lo justifica; una Historia que cuestiona la situación que vive cada uno en el presente, que no es la misma que la que viven ni quienes son más vulnerables ni quienes son más privilegiados que nosotros, demuestra que la desigualdad no es accidental y reivindica que necesitamos cambios. Pero, para ello, no sólo necesitamos conocer de la vida de quienes ya murieron y fueron famosos, sino de quienes murieron sin fama y de quienes seguimos aquí con opciones de vida que muchas veces no se tocan, o al menos no se mezclan. Mi primer libro de texto con temas de Historia lo recibí en tercero de primaria; mi primera clase sobre problemas sociales y políticos de México la tuve hasta el tercer año de preparatoria. Cada año que pasa entre que comenzamos a aprender de nuestro pasado y cuando comprendemos con algo de claridad nuestro presente, es tiempo perdido para imaginar cambios. Muchos, incluso, dejan de estar interesados en la Historia porque, después de todo el tiempo que perdieron obligados a estudiarla de una mala manera, no le encuentran ya sentido. Y es así como terminamos no haciendo Historia, sino, nada más, reproduciéndola.


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¿Cuánto tiempo y recursos económicos (incluyendo aquellos sacrificados por la pérdida de vidas) se desperdician por los malos procesos judiciales o la justicia tomada por propia mano en nuestro país? ¿Qué decían los corridos de Rosendo Radilla? ¿Por qué el Gobierno Federal no indica que los libros de texto de Historia son versiones modificadas a lo que le proponen los historiadores a los que contrata? ¿La Historia (y la capacidad de crear objetos idénticos) es lo que distingue a los humanos de otros animales, o hay más rasgos? ¿Cómo habrá sonado el paso de las horas en Tenochtitlan? ¿Por qué llamarle, en México, Historia Universal a la de Europa?

¿La Historia la hacen los vencedores o… los bestsellers?

Viernes. Horas antes he pasado frente a una tienda Sanborns con un anuncio ancho como toda su ventana, tan amplia también como las expectativas que el anuncio genera. Pero el producto a la venta, un libro de Historia, se para en el vacío. Los conocedores lo desarman. ¿Y si yo lo hubiera comprado, engañado por la publicidad, pensando que sus contenidos eran serios? Me conecto al chat de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), instancia encargada de defender a quien compra bienes o servicios, para averiguarlo.

Asesor Profeco: [16:37] :Buenas tardes, le atiende Ribyn Evaristo
Consumidor [16:38] :Buenas tardes, le indico el problema que quisiera consultar con usted.
Consumidor [16:38] :Deseo saber si la Profeco puede recibir una queja sobre libros que no son lo que anuncian. 1/6
Consumidor [16:38] :Estos libros afirman aclarar mentiras contadas por la Historia oficial. 2/6
Consumidor [16:38] :El contenido de los mismos presenta errores que impiden la función para la que fue escrito. 3/6
Consumidor [16:38] :Estos errores están identificados por historiadores reconocidos, puedo proporcionar documentos. 4/6
Consumidor [16:38] :Por lo tanto, como consumidor, al adquirir esos libros, no estoy recibiendo lo que se me ofrece. 5/6
Consumidor [16:39] :¿Qué procede a través de la Profeco? ¿O qué dependencia es competente? 6/6
Asesor Profeco: [16:39] :eso libros quien los imparte la sep [Secretaría de Educación Pública] ?
Consumidor [16:40] :No. Justo afirman ser la contraparte a la SEP. Los escribió el señor Francisco Martín Moreno.

Pero comencemos no distorsionando las cosas: Francisco Martín Moreno se declara como un NO historiador. Habla en otros términos de sí mismo: “No soy historiador. Si acaso, soy un investigador que, con los elementos a mi alcance, pretendo acercarme a la verdad histórica” (¡nadie se mueva ni se burle si le recuerda al exprocurador Murillo Karam!). Sobre su último libro, México engañado (el anunciado en Sanborns), su autor escribe: “Muy querido lector: me atrevo a poner en tus manos, y en las de los ciudadanos de México interesados en conocer las omisiones, embustes y verdades a medias, difundidas por la dolosa historia oficial, mi libro México engañado, en el que me he propuesto revelar algunas de las falsedades, ocultamientos y agresiones al conocimiento y a la inteligencia de los niños, contenidos en los libros de texto gratuitos de la SEP, correspondientes al cuarto y quinto años de primaria del ciclo escolar 2015”.

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Lo curioso es que este Moreno, en su fallido intento de dar por concluida una tarea sensible como develar las omisiones, embustes y verdades a medias de los libros de texto, ha orillado a historiadores serios a comentar las agresiones al conocimiento y a la inteligencia contenidas en los libros que él ha escrito. Lo dicen voces más autorizadas que la mía. Pedro Salmerón califica México engañado como “Un libro montado sobre errores graves, manipulaciones groseras y la presunción de descubrir a cada paso el agua tibia y mostrar como novedad lo que es bien conocido por cualquier lector de historia”. Lorenzo Meyer (señala el mismo Francisco Martín Moreno) comentó que México negro era una “pinche fumada”. Manuel Ramos Medina condena su serie Arrebatos carnales dado que  “La Historia no pretende ser un chisme. Menos una transmisión de la imaginación de un individuo” transformada en una serie de libros y que es maquillada de tal forma que “el público cree que es verdad”. Sin embargo, no todos los comentarios de historiadores son totalmente negativos. Paco Ignacio Taibo II reconoce que Moreno “es un muy buen divulgador, pero divulga puras pendejadas”. Hay consenso.

Las estafas de Moreno (y sus editores, en este caso) no sólo son de contenido, sino hasta en los títulos de sus obras. Sobre 100 mitos de la Historia de México Luis Villegas Montes comenta: “Lo compra usted, rompe el celofán y la primera página nos asalta con esta leyenda: ‘100 Mitos de la Historia de México I’, ajajá, chingüengüenchón, o séase que los primeros cien mitos no son cien, son nomás 49; los otros 51 nos los queda a deber. Lo de menos es que esté escrito en 1 o 2 tomos -su veneno podría caber en veinte-, el asunto es (…) que no advierta al lector (…) que si desea leerlos todos deberá comprar dos libros y no uno”. No obstante, no todo son embustes con Francisco Martín Moreno. Al ponerle a su último libro México engañado, hay que reconocer que vende lo que anuncia.

Pensar que la Historia la hacen los vencedores es una visión muy limitada… ¿pero que la hagan los autores de bestsellers? Fue cuando contacté a la Profeco. Trece minutos después me resolvían (incluyo imágenes de la conversación):

Asesor Profeco: [16:53] :le explico, todo proveedor está obligado a informar y respetar los precios, tarifas, garantías, cantidades, calidades, medidas, intereses, cargos, términos, plazos, fechas, modalidades, reservaciones y demás condiciones conforme a las cuales se hubiera ofrecido, obligado o convenido con el consumidor la entrega del bien o prestación del servicio, y bajo ninguna circunstancia serán negados estos bienes o servicios a persona alguna. sobre el proveedor solo esta incumpliendo en la historia?
Asesor Profeco: [16:54] :de lo anterior en que incumple el proveedor?
Consumidor [16:56] :Incumple en la calidad de los contenidos, tomando por referencia el alcance de lo que pretende ser el producto.
Asesor Profeco: [16:58] :En atención a su consulta, le comento que usted puede presentar una queja en la delegación de PROFECO, por la deficiencia del producto adquirido tomando en consideración lo que usted argumenta.

Lo anterior no significa que la queja vaya a ser resuelta a favor, pero sí que al menos es procedente. Para mayor información sobre cómo ingresar una queja, visítese http://www.profeco.gob.mx/verificacion/quejas_denun.asp; para hablar con un asesor de la Profeco, http://www.telefonodelconsumidor.gob.mx/.

Criticar un libro por sus contenidos y plantear su reclamo ante instancias gubernamentales (especialmente cuando su autor intenta liberar nuestras mentes de la educación estatal) tiene sin duda un sabor polémico. Parece lindar entre el derecho del consumidor a obtener aquello que se le ofrece al comprar un libro como México engañado (educación, veracidad, herramientas para participar en sociedad) y la libertad de prensa del escritor y sus editores. Es cierto: Francisco Martín Moreno no se presenta a sí mismo como un historiador. Pero, historiador o no, ofrece información pretendidamente verídica (y supuestamente de vanguardia) de carácter histórico. Pero si Moreno no es historiador y no puede cumplir con el oficio, que no ofrezca Historia, que venda otra cosa. ¿Por qué la sociedad, los árboles y los consumidores deben pagar las externalidades que generan su publicidad y la impresión de sus embustes?

Sin duda, la aptitud de Francisco Martín Moreno como desenmascarador de mentiras es el mito 101 de la Historia de México. Ponerlo en el primer lugar sería darle demasiada importancia. Como colofón, va algo para restarle lo que le queda de seriedad: ¿Francisco Martín Moreno, que se dice escritor, escribe bien? No me refiero a su estilo. Simplemente, ¿escribe bien? ¡Hay que ver los charlatanes que hay abriendo las puertas de las editoriales y cerrando ventas para las librerías!

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Seis errores en 18 palabras. Correcciones: mayúscula inicial, acento en página, acento en podrán, concordancia de número en mis trabajos, acerca se escribe sin h, acento en .

 


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¿Vendería Francisco Martín Moreno lo mismo si los lectores supieran que frecuentemente inventa (lo que confirmaría su valía como escritor aunque no la tuviera en cuanto a saber de Historia)? ¿Hacen más efectiva la participación ciudadana las verdades históricas complejas o las mentiras novelísticas motivacionales? ¿En qué medida libros como México engañado contribuyen a un México engañado (porque en una de esas sí los compran mas nadie los lee… no sé qué sea peor noticia)? ¿Quiénes y cómo ganan convirtiendo los dispositivos que facilitan la reflexión y la comprensión de la realidad (como los libros) en medios para distorsionarla? ¿La crítica a estos textos (y mi investigación en la Profeco) censuran o liberan? ¿Cómo resolvería la Profeco una queja por los contenidos falaces de un libro?