¿Día del urbanista? ¿Por?

8 de noviembre. Mesas, tomas de protesta, conducir ceremonias, asistir a comidas, boletines, convocatorias, dos fotos nuevas de perfil en un solo día. Más o menos eso es lo que uno ve o hace cuando uno se vuelve urbanista, voluntarioso y hasta metiche. Felicitaciones, mensajes, obsequios (poquitos) y aplausos. Al día siguiente uno amanece y se encuentra esto:

8 de noviembre, es el día mundial del Urbanismo (convencional).
No sé si “celebrar” o conmemorar, al coincidir con Koolhaas respecto a la increíble cantidad de esfuerzo desperdiciado. ¿Hay alguna otra disciplina/profesión que tolere tanto pensamiento y esfuerzo humano generado sólo para ser tergiversado, o en el menos peor de los casos, botado y archivado?

Lo escribió un amigo urbanista. De esos que subestiman que ser tergiversado, y botado (de preferencia con “v”), es acto cumbre de otros gremios, como el de los políticos; y que en esta vida ser archivado hablando de temas de ciudad, es hasta un logro para los que quisiéramos hacer carrera académica (y difícilmente hay espacios), o para los vecinos, a quienes no sólo no les pagan por escribir sobre su barrio, sino que (en mi experiencia) rara vez les toman en serio una denuncia. Sin duda para una queja llegar a una estantería es cumplir los cinco años para un niño que, más chico, puede enfermar de todo. Aunque, desde luego, para los que estudiamos para urbanista pensando en influir en la ciudad, quedar archivado es bastante indigno. Y aunque no todo quede en planos, o de plano ni a eso llegue, que no hallamos logrado trascender temas que hemos trabajado a la discusión pública indica que, en efecto, hay un rezago que limita el bienestar de personas que viven allá fuera.

Luego entonces, su queja claro que tenía motivos, y por eso mi respuesta a él fue la siguiente:

jajajaja, ya vente a tomar un café y lo platicamos. O sea, al final te voy a decir que tienes razón. Pero estas cosas se pasan mejor con un café.

Puesto que si alguna ventaja ha dado la ciudad capitalista y postindustrial por encima de cualquier otro tipo de asentamiento preexistente, es que, a diferencia de los demás, en éstas abundan las cafeterías (y otras cosas que los pobres no podrán pagar). Más allá de ello, ¿son las ciudades contemporáneas, ellas mismas, una solución? Yo pienso que no.

Volvamos a los cafés. En su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire, Marshall Berman, al explorar los paradigmas urbanos que han dado a luz a nuestras ciudades actuales, recupera un cuento de Baudelaire, llamado “Los ojos de los pobres“. El cuento está ambientado en un París renacido en su traza de nuevos bulevares, que dan vida también a nuevos cafés, mientras la de tantas personas se consume al exterior de sus cristales. El protagonista narra:

… Al anochecer, un poco fatigada, quisisteis sentaros delante de un café nuevo que hacía esquina a un bulevar(…)
… Enfrente mismo de nosotros, en el arroyo, estaba plantado un pobre hombre de unos cuarenta años, de faz cansada y barba canosa; llevaba de la mano a un niño, y con el otro brazo sostenía a una criatura débil para andar todavía (…). Todos harapientos. Las tres caras tenían extraordinaria seriedad, y los seis ojos contemplaban fijamente el café nuevo, con una admiración igual, que los años matizaban de modo diverso.
… No sólo me había enternecido aquella familia de ojos, sino que me avergonzaba un tanto de nuestros vasos y de nuestras botellas, mayores que nuestra sed. Volvía yo los ojos hacia los vuestros, querido amor mío, para leer en ellos mi pensamiento; me sumergía en vuestros ojos tan bellos y tan extrañamente dulces, en vuestros ojos verdes, habitados por el capricho e inspirados por la Luna, cuando me dijisteis: «¡Esa gente me está siendo insoportable con sus ojos tan abiertos como puertas cocheras! ¿Por qué no pedís al dueño del café que los haga alejarse?»

Y el asunto es éste: a las personas en situación de vulnerabilidad, ¿les está solucionando la vida la ciudad?

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Fuente de la imagen: holaciudad.com

En mi impresión, gran parte de los urbanistas considera que sí. Yo me quedo con frases del libro Gente del abismo de Jack London. Para los pobres, el pedazo violento, hacinado e insalubre que la ciudad es capaz de alquilarles, desde el momento en que ya no es posible ofrecerles la movilidad social, y con todo y ello los extorsiona con el pago de su renta cada mes, se convierte en “un inmenso matadero”. No sólo por los crímenes violentos, la violencia directa de la policía contra quien sea sospechoso de ser pobre, las enfermedades o el hecho de que a uno que no le alcanza el dinero para vivir cerca se le pueda ir una cuarta parte de su vida en el autobús. Lamentablemente, expectativa de vida se define como el número de años que estadísticamente uno podría vivir, y  no en cambio a lo que podría llegar a hacer en esos años o lo que puede esperar de ellos. Y el pobre que se encuentren en el 40% más bajo de ingreso, según Ricardo Raphael, en su libro El Mirreynato, difícilmente podrá ir más allá. Su vida como proyecto, y sus expectativas de ella, están bastante muertas desde su nacimiento. Ese grupo “está condenado a vivir en la pobreza perpetua”.

De acuerdo con un artículo del Banco Mundial intitulado “La pobreza urbana en México”, para los primeros años de este siglo, todavía una gran cantidad de la población urbana en México padecía situaciones de pobreza extrema. Pensemos en tres niveles de pobreza: la pobreza alimentaria (el ingreso no alcanza para cubrir tan sólo la canasta básica), la pobreza de capacidades (podrá alcanzar para la canasta básica, pero no para gastos de salud y educación) y la pobreza patrimonial (sí alcanza para la alimentación, salud y educación, pero ya no se alcanza a cubrir vivienda, transporte y vestido). Desde luego, quien se halla en pobreza alimentaria (o sea, que no alcanza a sufragar ni su comida) tampoco tendrá dinero suficiente para educación o vivienda, lo que hace que se contabilice tanto en el rubro de pobreza alimentaria, como en el de pobreza de capacidades y patrimonial al mismo tiempo.

Al año de 2004, la población rural en México presentaba una pobreza alimentaria de 27.9%, una de capacidades de 36.1% (incluyendo al 27.9% se halla en pobreza alimentaria, y 8.2% más), y 57.4% en situación de pobreza patrimonial (que incluye a los dos grupos anteriores y un 11.5% extra). Mientras tanto, la población urbana tenía un 11.3% de pobreza alimentaria, un 18.1% de pobreza de capacidades (es decir, el 11.3% en pobreza alimentaria y un 6.8% adicional) y un 41.7% en pobreza patrimonial (o sea, la suma de los dos tipos de pobreza anterior, y 23.6% que se suma). Por otra parte, mientras que en esos mismos años la pobreza alimentaria y de capacidades disminuyó en las ciudad alrededor de un cuarto más rápido que en los asentamientos rurales, la pobreza patrimonial prácticamente varió al mismo ritmo: disminuyó 4.21% anual en el medio rural, y sólo 4.58% en el medio urbano.

Gráfico pobreza rural y urbana

El mismo estudio del Banco Mundial sugiere que seamos cautos al pensar que todas las ciudades se comportan igual, y todos los asentamientos rurales funcionan de manera parecida. Sin embargo, aun si nos atrevemos a meter todas las ciudades en la misma bolsa, podríamos estimar que reducen la posibilidad de morir de hambre, aumentan la de recibir servicios de salud o educación, pero no son más eficientes que otros asentamientos humanos para poder salir de pobre. Es decir: habrá muchos servicios; podrás acceder a los que son gratis, como la escuela pública, pero te quedarás viendo por fuera otros, como las casas de café, o, peor aún, el mexibús, o la vivienda en renta.

Luego entonces, ¿son las ciudades la solución? No. Pero sí pueden ser una herramienta. Gracias a al haber más compradores los costos de ofrecer bienes o servicios se reparten entre más personas, las ciudades pueden disminuir el precio, o facilitar el acceso, a bienes y servicios como los alimentos, la salud y la educación. Sin embargo, las distancias que hay entre las cosas que uno necesita encarecen ya sea el transporte por tener que trasladarse tanto, o ya sea la vivienda, al pagar más por intentar estar más cerca de ellas. En 2004, uno de cada cuatro mexicanos que vivía en zonas urbanas, podía pagar su comida y no morirse de una enfermedad a la primera, pero no tomar la combi.

En toda la historia de la humanidad, me atrevería a decir que nunca se había acumulado tanto poder en las ciudades, pero tampoco a tanto humano sometido a sus durezas. Como civilización (es decir, como cultura que produce ciudades) estamos fallando en algo esencial: si económicamente la mayor parte de los habitantes en las ciudades pueden acceder a los bienes que necesitan para sobrevivir, ¿por qué les estamos complicando la existencia poniéndoselos lejos, como para que gasten tanto en transporte que no puedan pagarlo? Y si vivir en una ciudad reduce a la mitad las posibilidades de morir de hambre, o de no acceder a servicios de salud, ¿por qué los mecanismos económicos para acceder a una vivienda les impide vivir en la ciudad o acaban habitando en condiciones contrarias a su salud misma, como el hacinamiento?

Si a todo ello me preguntaran, ¿qué celebrar el día del urbanista?, yo diría algo muy sencillo: que existimos profesionistas entrenándonos para usar una herramienta (la ciudad). Y eso es sumamente positivo. Porque la ciudad, bajo ciertas condiciones, sí podría volverse solución. Y esa condición es bien simple: no condicionársela a nadie. Habrá que ser imaginativos para encontrar cómo hacerlo, cambiar el paradigma. De otro modo, la ciudad no solucionará nada a quienes no poseen ni el suelo que ocupa su sombra, a esos quienes ven los beneficios de vivir en la ciudad desde el otro lado del cristal; desde fuera.

El reto para incluir a todos, y salir como sociedad de la pobreza, radica en gran medida en el acceso a vivienda y transporte en la ciudad. Pero también en entender la desigualdad en el espacio urbano; que va desde entender quién y como controla los paisajes urbanos (que es lo que yo estudio… y va desde los monumentos hasta el lenguaje o la ropa), hasta averiguar los mecanismos de expulsión empleados contra los pobres por medio de acciones económicas o políticas (a lo que se dedica mi amigo que se siente archivado). Si gran parte del quehacer sí está en nuestras manos, gran parte de la solución está también en nuestro predio. Celebremos el día del urbanista. La felicitación habrá que ganárnosla.


Museo de las preguntas

¿Entonces cuándo el café? ¿Cuál será el estado de la pobreza urbana en México al día de hoy? ¿A alguien más le ha marcado la vida Gente del abismo de Jack London? ¿Por qué sigue muriendo gente de hambre en la Ciudad de México? ¿Se puede solucionar la pobreza en el capitalismo? ¿Qué vamos a hacer?

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¿De dónde vienen los bebés pobres?

El año pasado, el Coneval hizo público que la pobreza en México había incrementado de 2012 a 2014, pasando del 45.5% al 46.2% de la población, creciendo a una tasa anual del 0.77%. Si la tendencia continuara hasta concluir 2016, acabaríamos el año con 46.9% de nuestra población en algún grado de pobreza. Sin embargo, el mismo Coneval junto con Unicef publicaron en días pasados que, a diferencia de la población en general, más de la mitad de la población infantil vive en estado de pobreza. La cifra dada es de 21.4 millones de niñas y niños, es decir, el 53.9% de la población por debajo de los 18 años. Para evaluar la pobreza, esta encuesta considera los siguientes aspectos: que el menor tenga acceso a educación, salud, seguridad social, una vivienda de calidad y con servicios básicos, y alimentación. La carencia de uno de ellos lo sitúa en algún grado de pobreza. La pregunta evidente es: ¿por qué hay proporcionalmente más niños que adultos en dicha situación?

Pobreza infantil

Fuente: plumaslibres.com.mx.

La propuesta que planteo para abordar esta problemática resulta preocupante. Las personas que viven en contextos más desfavorecido tienen más hijos que quienes viven en mejores situaciones. No perdamos de vista: es su derecho tenerlos. El artículo cuarto constitucional indica a la letra: “Toda persona tiene derecho a decidir de manera libre, responsable e informada sobre el número y el espaciamiento de sus hijos”. Sin embargo, la gestación de hijos, ¿es siempre una decisión?, ¿todas las personas cuentan con información al respecto?, ¿qué es y qué no es una manera responsable?

Si realizamos una visita a las estadísticas que obsequia el Censo de Población y Vivienda de 2010, nos encontramos, en primer lugar, con que el nivel educativo de las mujeres está estrechamente vinculado con el número de hijos que tendrán. De entre las mujeres de 30 a 49 años al momento del censo, las que tenían mayor probabilidad de no tener hijos, o tener máximo uno, eran aquellas con estudios universitarios. Por el contrario, tres de cada diez mujeres sin escolaridad habían tenido 6 o más hijos nacidos vivos. Es decir, una probabilidad 99 veces mayor que alguien con educación superior. Mientras que en los hogares con progenitores universitarios las ventajas de su posición social se concentran en uno o dos niños, las pocas oportunidades que ya de por sí otorga que los padres no tengan ningún tipo de instrucción, o una instrucción básica, se tienen que repartir entre muchos hermanos. Tan sólo por arrojar un dato, no concluir la educación básica impacta en que un adulto ingrese $1274 (MXN) menos que quien sí lo hizo; si además de ingresar menos debe dividirlo entre más, la presión presente asfixia el futuro de la infancia más desfavorecida. Por lo tanto, la diferencia entre las herencias que reciben los hijos de los más beneficiados, frente a las que recibe la mayor parte de quienes nacen en este país, perduran las desventajas de unos y los privilegios de los otros. Sin mediación del Estado, el único resultado posible sería un inminente incremento de la desigualdad.

Hijos nacidos vivos entre mujeres de 30 a 49 años por nivel educativo (2010)

Elaboración propia con base en INEGI (2010). Censo de Población y Vivienda.

No obstante, no sólo el contexto educativo familiar se vincula con las oportunidades limitadas que los niños de familias numerosas tendrán a lo largo de su vida. Estadísticamente, las familias con cinco hijos o más tienen su origen, predominantemente, en localidades de menos de 2,500 habitantes. Es decir, aquellas en las que los servicios educativos y de salud (indispensables para la educación sexual y la planificación de la familia) suelen ser escasos o inexistentes. Se podrá argumentar que el tamaño de la población no es el factor determinante: municipios como San Sebastián Tutla, Oax., y Aquiles Serdán, Chih., a veces se cuelan entre los primeros lugares de Desarrollo Humano a nivel nacional, con poblaciones de poco más de 16 mil y 10 mil habitantes; pero lo que también es un hecho es que los municipios más poblados del país nunca aparecen en las zonas más bajas de la tabla. En contraste con las localidades más pequeñas, en las mayores lo que predomina son las familias con no más de tres hijos. Si al hecho de que las personas que han tenido menos oportunidades son las que tienen más hijos, añadimos que, además, suelen vivir lejos de equipamientos y servicios que les facilitarían la inclusión en la sociedad; la reproducción de la pobreza se convierte en un fenómeno que parece irrevocable sin una estrategia territorial.

Mujeres de doce años y más agrupadas por tamaño de localidad de residencia y número de hijos nacidos vivos

Elaboración propia con base en INEGI (2010). Censo de Población y Vivienda.

El lugar común sería responsabilizar al gobierno de no llegar con los derechos más fundamentales al último rincón del territorio nacional y exigir que todas las localidades cuenten con los servicios básicos. Pero ahí va la sorpresa: con base en datos de la OCDE y del INEGI, se puede estimar que en México hay alrededor de 263 mil médicos. Imaginemos que colocáramos a un médico por localidad (es decir, uno solo en la ciudad de México, uno solo en Acapulco, uno solo en El Suspiro, Ags., y uno nada más en cualquiera de las localidades sin nombre que hay en Sonora; es decir, asignar la misma cantidad de médicos a todas las localidades del país: uno). De acuerdo con el INEGI, México cuenta con 304,477 localidades de todos los tamaños. Es decir, que casi 50 mil localidades quedarían sin ningún tipo de cobertura médica. Si pensáramos en términos de maestros, habría sólo tres profesores de educación primaria y secundaria por localidad. Con eso no se cubre ni cuarto de primaria, además de que, evidentemente, destinar un profesor o personal de salud a una localidad remota, con todo el material que necesitan, es caro, ineficaz y poco atractivo para quienes brindan esos servicios, y de que los asentamientos donde resulta más barato y atractivo asignarlos (las ciudades medias y grandes) requieren también de sus servicios.

Un segundo lugar común al que podríamos llegar en esta reflexión sería considerar que en las localidades más pequeñas, donde aún juega un importante papel la economía agropecuaria, las personas desean tener hijos para emplearlos como mano de obra en el campo, cuando, en realidad, quienes se dedican a estas actividades en nuestro país no son ni niños ni jóvenes: por cada menor de edad que trabaja en el campo, hay diez adultos mayores de 85 años dedicados a esta actividad. Consideremos, pues, la posibilidad de que el no usar métodos anticonceptivos sea por no tener acceso a métodos anticonceptivos asequibles o a la información necesaria para pedirlos y utilizarlos. Hay elementos que nos deberían hacer considerar esta hipótesis en serio.

Mientras no se logre una cobertura suficiente de servicios de educación y salud, y por lo tanto de educación sexual y planificación familiar, de acuerdo con nuestra experiencia estaremos frente a un escenario en que la mayor parte de los niños nazca en contextos familiares y territoriales desfavorables, donde brindarles oportunidades para su desarrollo resulta desmedidamente difícil, condenándolos así a la pobreza.

Una alternativa podría ser la reubicación voluntaria de la población más vulnerable por su localización remota o por radicar en zonas que se han visto empobrecidas por el látigo de la violencia. Para ello es necesario contar con reservas territoriales, programas de vivienda accesibles y de reparto agrario, en zonas donde sea posible congregar el suficiente número de personas para proveerles servicios más eficientes y a menor costo para el erario. Existen experiencias de reubicación en el pasado que fueron exitosas: desde las congregaciones durante la colonia después del azote de las epidemias, que devastó demográficamente a una inmensidad de localidades indígenas, haciendo más prudente el agruparlas, como también el reparto agrario cardenista, fundando ejidos a los que las personas se desplazaban para volver a comenzar con mejores oportunidades de vida.

Queda claro que los bebés pobres no vienen en cigüeña de París, sino de familias en condiciones sociales y territoriales que dificultan aún más la emergencia de los niños hacia condiciones de vida más felices. Pero sabiendo de dónde vienen, si existe voluntad, se les puede dar la oportunidad de a dónde ir. Son más de la mitad. Su destino está engarzado con el de todo México. Si siguen siendo víctimas y producto de la desigualdad, el país también lo seguirá siendo.


Museo de las preguntas

¿Qué puede hacer un ciudadano común en el tema de la pobreza? ¿Qué probabilidad tiene en la actualidad un adulto pobreza de salir de esa condición por sí mismo? ¿Es más probable ganarse la lotería o ascender desde el decil más bajo de ingreso hasta el más alto a lo largo de una vida? ¿Qué tan determinadas están la corrupción y la impunidad por la distribución del poder y la riqueza? ¿Qué tan determinadas están la distribución del poder y la riqueza por la corrupción y la impunidad?