¿Y tú qué estás viendo? (Mirar mientras esperas al Metro)

Por demás, es de muchos conocida la frase de que ninguna imagen es inocente. La dijo Regis Debray para su ensayo Vida y muerte de la imagen. Pero en otro sentido, otra cosa que tampoco es inocente (incluso menos) son las miradas. Y no porque mirar sea siempre una transgresión; mirar, todo el tiempo, lo que sea con tal de no dejar de hacerlo, resulta a veces una convención social que nadie se anima a transgredir con la acción de cerrar los ojos; ni siquiera cuando este acto le desafanaría de una pregunta clave: mirar hacia dónde.

Y es que quizá lo culpable de la mirada, más allá del hecho de complacernos por lo que miramos, proviene muchas veces de no sentirnos a gusto por no poder dejar de mirar y no saber si miramos lo que querríamos estar mirando. De ello hay muchos ejemplos: ¿quién no se siente culpable de no saber a dónde mirar cuando atestigua un robo?, ¿una enfermedad que se manifiesta en la apariencia de alguien?, ¿o a quién no pone incómodo tener que elegir dónde mirar cuando llega con un amigo platicando al mingitorio y no sabe qué es peor descortesía, si dejar de mirar al amigo mientras se agarra y se sacude ese otro amigo, si mirar al techo, si hacerlo al mingitorio…? Y sin embargo, y contra todo, seguir mirando, a cualquier lado, en lugar de cerrar los ojos, parece lo normal.

Uno de los casos más llamativos, pero en el que ni siquiera cerrar los ojos es buena idea, es el de mirar en el andén del metro. Aunque nos hayamos acostumbrado, estar en el andén, literal, es andar al borde de la muerte. A metro y medio, cuando mucho, de las vías del tren. Cerrar los ojos es un poco imprudente. Pero entonces, ¿a dónde mirar cuando se espera el metro? Contemos las opciones: hacia el túnel obscuro, hacia un pasajero de junto, hacia un pasajero distante, al piso, al techo, a las cámaras de seguridad, el celular, un anuncio o a las vías del tren.

Dice un dicho scout que un tonto alumbra con su linterna al cielo, al fuego o a la cara; al apuntarle al cielo, no se alcanza a ver nada, por lo que dirigirle la luz es inútil; en el segundo, el mismo fuego produce la luz, por lo que alumbrarlo es absurdo; y el tercero es grosería. Y dirigir la mirada hacia cualquiera de los elementos mencionados en un andén del metro incurre en alguno de esos supuestos. Es decir, no por mirar al túnel con cara de 12 de diciembre aparece antes el tren, ni el techo es más revelador que el de los baños de hombres cuando se va al mingitorio (sino que delata la culpa de quien lo hace) y mirar a otra persona puede llevar a una incomodidad gratuita no sólo para uno, sino también a los demás. Y la cosa es peor al combinar los elementos: sumar miradas a pasajero distante y al anuncio que tiene detrás, hará que dicho pasajero no sepa si lo han identificado, y no hay peor lotería que encontrarse en una ciudad tan grande a alguien que te ubica pero que no conozcas; mirar alternadamente la cámara de seguridad y al túnel, hará que te crean suicidad; y mezclar suelo y pasajero de junto, te vuelve acosador, carterista. Aunque si uno se queda viendo al celular, se puede volver víctima de alguno. Pero si en tu ciudad cuentas con un gobierno de izquierda capitalista hasta lo inescrupuloso, no tienes más por qué sentirte así.

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Túnel del metro de Sevilla. No sé si sepan en Sevilla que aquí tenemos la estación Sevilla. Tampoco he podido averiguar si en alguna ciudad del mundo hay una estación llamada México.

La otra noche volvía de Puebla (una de esas ciudad en las que tanto se quejaban del Distrito Federal, y donde no hicieron casi nada para evitar acabar siendo lo mismo, pero sin metro) y transbordé de la línea 1 del metro para tomar la dos. Sin embargo, al bajar al andén en Pino Suárez, las primeras personas con que me crucé estaban miraban al mismo punto; nada expectativas, nada incómodas: uno de esos monitores de televisión autorizados por el gobierno capitalino para ser instalados en los andenes y transmitir, única y exclusivamente, la señal de ISA TV.

Gracias a esos monitores, podemos alimentar nuestras fantasías más burguesas incluso en nuestros momentos del día más proletarios: cuando esperamos aplastados entre otros desposeídos (especialmente de tiempo, que es finalmente lo que el proletario puede vender) para llegar al trabajo, y cuando incluso la cara más amable del gobierno (el Sistema de Transporte Colectivo Metro) te arruga la camisa y la sonrisa, da las respuestas que cree que necesitas con una grabación (“permita el cierre de puertas”… ¡obvio! … “la marcha será lenta”) y te hace esperar. Pero, justo gracias a esos monitores, de unos años para acá, mirar hacia algún punto en el andén del metro no tiene por qué ser incómodo. Especialmente, desde que la televisión tiene todas las respuestas y, en cambio, nos ahorra, entre otras incomodidades, la de hacernos preguntas a nosotros mismos. Por ejemplo: ¿llegará pronto el metro?, ¿qué me llama la atención de ese anuncio?, ¿por qué estoy mirando al pasajero de junto?, ¿seré por dentro un carterista?, ¿seré por fuera, y aún no me he dado cuenta, un acosador?

Y así, desde que perdemos la oportunidad hacernos preguntas, y el sonido de la tele es más alto que el del hámster —curioso, machista, genéticamente católico y arrepentido la mitad del día— que todos llevamos en el cráneo, la incomodidad también queda para otro momento. Para incomodidad, pues, queda la de que nos pongan en esos monitores de ISA TV videos de Katy Perry y comerciales de que Tuny nos llenó de latas de atún durante el sismo (¡qué generosa será una marca que no sólo gasta en donativos, sino en hacernos saber de ellos!). Pero la de mirar, mirarnos a nosotros mismos y hacernos preguntas… cuando menos esa incomodidad, afortunadamente no.


Museo de las preguntas

¿Cuántas ciudades con metro tendrán en otra ciudad una estación con su nombre? (Como Sevilla, que tiene metro y una estación en la ciudad de México llamada también Sevilla). ¿Será de pronto mutuo el asco, y nos verán con él las ratas de metros como el de Nueva York, donde abundan? ¿Qué porcentaje de acosadores (en su acepción jurídica) se considerarán acosadores? Si partimos de que el color naranja genera hambre, ¿qué porcentaje de las ventas de los comerciantes ambulantes son consecuencia de ese color y, visto desde ese aspecto, cuántos empleos de vendedores de palanquetas y alegrías en realidad genera?

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¿Quién cría a nuestros niños?

Un estudio chileno de la década pasada reveló los hábitos de consumo televisivo de los niños en aquel país. Por ejemplo, que el 46.3% de los niños ve tres horas diarias de televisión de lunes a viernes y el 66.3% está frente al televisor cuatro horas en sábado y domingo. Si durmieran 10 horas al día, esto equivale a estar pasivamente ante a esa pantalla el 23.5% del tiempo que están despiertos. Del total de niños frente al televisor, 34.7% lo realiza solo. Es decir, sin la supervisión de un adulto o de otro miembro familiar. Por su parte, el Anuario Estadístico-Oferta y Consumo de TV Abierta 2011 del mismo país, reconoce que una cuarta parte del tiempo que los niños de 6 a 12 años pasan frente a la televisión ocurre fuera del horario regulado para proteger al menor. Añádase que, en países iberoamericanos como Uruguay, más de la mitad de los niños en edad de primaria cuentan con celular. Si el niño convive tanto con la televisión y es quien le enseña, y el celular juega con él, ¿de quién es pues el hijo?

Niño mirando televisión

Fuente de la imagen: datodehoy.com

La televisión (como el internet, los celulares y las tablets, distracciones también contemporáneas de los más jóvenes) son inventos relativamente recientes, necesidades creadas. Nuestros abuelos no dependían de ellas. Sin embargo, el alejamiento entre algunas madres y sus hijos parece funcionar como una constante con similitudes en épocas pasadas. Cuando en 1841 el Semanario de las Señoritas Mejicanas hablaba de lo que se esperaba de una madre, discutía también sobre cómo la comodidad y las modas afectaban el convivio de la mamá y el hijo. En particular uno de los artículos, intitulado “El amor maternal”, criticaba el desapego de algunas madres con respecto a sus hijos al contratarles una nodriza (entregar al niño, decía, a cuidados mercenarios); puesto que, en opinión del autor, renunciar a amamantar impedía el desarrollo de una relación más estrecha entre el bebé y la madre. La ciencia del siglo XX demostraría que el autor tenía razón.

Aquel artículo fechado en 1841 se preguntaba: si quien amamanta, dándole lo más importante a un niño (su nutrición), es una nodriza, ¿eso no cambiará el corazón de un niño? ¿De quién va a sentirse hijo? De modo equivalente, cuando entre las cualidades más importantes en la actualidad encontramos tener un criterio propio y capacidad de análisis, ¿qué tipo de pensamiento mama el que es criado por Televisa, Nickelodeon, Disney Channel? ¿Qué herramientas para la vida da Bob Esponja? ¿Con quién establece afecto el niño cuando su mirada no está en sus padres, sino en la pantalla donde éstos miran el partido de fútbol en lugar de darle atención a él? Habiendo ya sido demostrado que ni siquiera los programas educativos mejoran ni el lenguaje ni las habilidades motoras ni visuales de los bebés (aunque brinden maravillas como una mayor incidencia de obesidad, problemas de atención y de calidad del sueño), las pantallas son estímulos y afectos chatarra en el crecimiento de nuestros niños.

Las nuevas tecnologías, las no tan nuevas y la imposibilidad actual (usualmente por motivos económicos) de que un miembro adulto de la familia (mujer u hombre) atienda a la descendencia, parecen estar jugando un papel semejante a la nodriza interpuesta entre la madre y la criatura. No obstante, mientras que el exceso de trabajo de una madre actual puede ser una condición subyugante, si ésta no existe, la decisión de poner al niño frente al televisor, o el celular frente al niño, es una cuestión opcional donde “á veces el influjo de la moda y muchas otras, la preocupacion ó el orgullo, á pesar de la fuerza del instinto [materno]” (sic) terminan castigando los lazos familiares y el desarrollo de los niños. Actualmente, la moda tiende a los aparatos electrónicos como atajo a la comodidad de los padres y a la satisfacción inmediata por medio de luces y colores de los más pequeños, a quienes les estamos evitando así las más grandes experiencias. El día en que transmitan por televisión la receta de un pastel de lodo, quizá piense lo contrario.

Por lo pronto mucho dudo que los “cuidados mercenarios” de la mayor parte de las producciones televisivas y aplicaciones para celulares (supongo hay excepciones) enseñen a pensar. Es por lo tanto responsabilidad, y oportunidad, para los adultos de la casa, enseñar a hacerlo, jugar con ello, lograrlo compartir. Desde el reto de encontrar un sentido del humor en común para alguien de cinco años y una persona de treinta, hasta qué hacer con el dolor y los miedos que vienen junto con una rodilla raspada, son problemas que harán a la mamá y al niño reflexionar, y que no surgen sino es en un convivio sin intermediación. ¿Qué mejor regalo podría darse una madre, sino ése, éste y cualquier otro día?


Museo de las preguntas

¿Qué decía exactamente el Semanario de las Señoritas Mejicanas de 1841? Por ser día de las madres, va de regalo una preguntas con respuesta.

Semanario de las Señoritas Mejicanas - El amor maternal

EL AMOR MATERNAL

He aquì á una madre tierna y hermosa como la mayor parte de las madres. Solo sus hijos hacen palpitar su corazon y exitan sus deseos: contenta con saber que es feliz y dichosa, sin fausto, con la modestia de la virtud. En lugar de colgares brillantes deja que se suspenda á su cuello de marfil esa hija pequeñita, cuyos cabellos dorados como los frutos del otoño, se mezclan á los negros y brillantes de su adorada madre: deja también á su hijo que arranque el adorno del sofá y que se sirve de la pluma de un pavo real para jugar con su hermanita…

¿Y sabeis, mis amables lectoras, que es lo que quiere decir una madre? ¿Y sabeis cuánto comprende ese cuadro que teneis á la vista, que aunque solo contiene una madre con sus hijos encierra en sí los misterios todos de la maternidad, la mision del bello sexo? Una madre con sus hijos. ¿Pero que es esa madre? ¿qué son esos hijos? Yo no podria responderos de un modo mas adecuado, que contestandoos con Víctor Hugo: “¿Sabéis lo que quiere decir un hijo? Un pobre niño débil, desnudo, miserable, hambriento, solo en el mundo, que necesita estar siempre con su madre, al lado de ella, cercado por sus brazos, que marcha cuando ella anda, que se para cuando ella se detiene, y que á veces sonríe mientras ella llora… ¿Y una madre? Es un ángel que vela sobre sus hijos, que los enseña á hablar, que hace nacer en sus lábios la risa, que les da lecciones de amor, que coloca su cuerpecito en su regazo y su alma en su corazon, que los nutre á sus pechos cuando pequeños, les proporciona el aliento cuando grandes, y que en todas épocas les prodiga su vida. Un hijo es el único que puede pronunciar esas palabras: ¡Madre mía! y solo de la boca de una madre pueden escucharse estas tiernas voces: ¡Hijo mío! pero de un modo tan dulce y espresivo, que serían capaces de regocijar á la misma deidad.”

El amor maternal, representado en esta litografía, es uno de los objetos que han ocupado muchas  veces las plumas bien cortadas de los mas sábios moralistas; pero bien comprenderéis, mis amables lectoras, que si el abuso que se ha hecho de la razon no hubiese servido á veces para depravar el instinto de la naturaleza, nada tendrían que decir los moralistas sobre el amor maternal, pues que los brutos no necesitan de sus tratados para aprender á amar á sus hijos, criarlos y alimentarlos, guiados naturalmente por el instinto solo. Si el hombre, pues, obrase en este punto como los otros animales, desde que el niño hubiese visto la luz, su madre lo alimentaría con su propia leche, velaría por él en todas sus necesidades, trataría de precaverle de cualquier accidente, y no crería poder emplear mejor todos los instantes de su vida, que ocupándolos en importantes deberes: contribuiria á formarlo, estudiaría su gusto, su humor y sus inclinaciones, para aprovechar sus talentos: cultivaria por sí misma esta tierna planta y míraría como una indiferencia criminal la indiscrecion de entregarlo á cuidados mercenarios, siempre incapaces de sustituir el amor maternal.

Pero el poder de la costumbre, á veces el influjo de la moda y muchas otras, la preocupacion ó el orgullo, á pesar de la fuerza del instinto, lo disponen de otro modo.

Apenas ha nacido el niño, se le separa de su madre: acaso está muy débil ó es demasiado delicada, ó se halla espuesta á perder su hermosura, para que pueda dedicarse á su crianza. En vano la naturaleza ha dirigido el curso del licor que ha nutrido al infante en el seno maternal á los pechos de la madre, produciendo dos ríos de leche para su subsistencia: no siempre se escucha á la naturaleza; sus dones á veces son rechazados y menospreciados, y la que estaba enriquecida con ellos se espone á perecer empeñada a segar la fuente de ese néctar benéfico, miéntras que se entrega el niño á una madre prestada, que tal vez solo mide sus cuidados al salario que recibe.

¿Qué madre consentiria en recibir un hijo que supiese no era suyo? Sin embargo, el recien nacido que entrega á la crianza agena, es hijo de sus entrañas. ¿Acaso ignora que al cabo de algunos años la pérdida continua de las sustancias que forman á cada instante un cuerpo vivo, se habrán reparado por una leche estraña que lo habrá transformado en un nuevo cuerpo? Y quien ignora que no hay ni puede haber un alimento mas provechoso para el niño que la leche maternal? ¿Y quien sabe si esa transformacion no puede influir tambien en su corazon?

Estas indicaciones no deben sin embargo estenderse mas allá de lo justo. A veces la salud de la madre puede peligrar con la crianza; pero solo en este caso y con la seguridad que presta la esperiencia á un sábio facultativo, creriamos escusable en una madre la falta de cumplimiento acaso del primero de sus deberes, mas en ningunas circunstancias puede escusarse de aquella atencion vigilante, de aquel cuidadoso esmero y de aquella continuada inspeccion que solo puede desempeñar á todas horas y de todos modos el amor maternal. – I. C.

Con agradecimiento y felicitación especiales a Abigaíl Molleda, directora de la Biblioteca del Museo Nacional de Arte, por facilitarme el acceso al Semanario de las Señoritas Mejicanas.

Semanario de las Señoritas Mejicanas