¿Dónde está el Estado? ¿Y Spiderman…?

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La idea de que el Estado tiene el monopolio de la violencia… ¡bueno! ¡Un mito de la teoría política! Si Max Weber hubiera vivido a principios del siglo XXI en Venezuela, Guatemala, México, Estados Unidos, Honduras o El Salvador, aquella afirmación no existiría. En cada uno de estos países el Estado ha dejado de ser garante de la seguridad de sus ciudadanos (en distintos grados), y, en ocasiones, ha perdido control sobre gran parte de su territorio. El contexto de violencia se ha extendido a las tres latitudes del continente americano.

Tan sólo en Estados Unidos, supuesta autoridad moral para el resto del continente, entre 2001 y 2011, los “tiroteos masivos” realizados por personas que residen en ese país y que tuvieron acceso a armas de fuego, dejaron 40 veces más muertos que el terrorismo, al que sí se combate; y de 2012 a febrero de 2015 tuvieron lugar 994 de estas balaceras. Parece incluso el colmo que, la semana pasada, una defensora del uso de armas de fuego en ese país fuera recibiera un disparo por la espalda de su hijo de cuatro años en algo calificado como un accidente, pero donde parece que más que haber disparado sin intención (la mamá presumía que el niño sabía hacerlo), el niño lo habría hecho sin comprender las consecuencias (lo mismo que su madre y otros promotores de las armas).

En el caso de México, que con la mano en la cintura descarta los informes de la CIDH o del Relator especial de la ONU sobre la tortura, mientras que el crimen organizado ha perpetrado en los últimos años masacres como las de San Fernando, Tamaulipas (72 migrantes) y Allende, Coahuila (en cifras estimadas de 28 a 300 desaparecidos y presuntamente asesinados), se ha evidenciado también que en este sexenio las fuerzas públicas de distintos niveles de gobierno se han sumado a la trágica carrera, con acciones como las de Iguala (6 muertos, 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos y uno más con muerte cerebral, participando policías municipales de Iguala), Tlatlaya (22 muertos, 15 de ellos ejecutados por el ejército), Tanhuato (43 muertos presuntamente en combate, eliminados por la Policía Federal), Apatzingán (con 16 civiles asesinados en una acción también de la Policía Federal) o Tierra Blanca (con 5 jóvenes secuestrados y asesinados, participando policías estatales de Veracruz). Hoy se cumple un año de la velada censura con la que el gobierno federal redujo una de las pocas voces fundadamente críticas de la radio mexicana en casos como San Fernando,  Iguala, Tlatlaya y el manejo de la violencia en Michoacán: Carmen Aristegui.

Los casos de los países localizados más al sur no son mucho más afortunados. El nombre de Guatemala surge acompañado de episodios muy lamentables como la masacre en la finca Los Cocos (27 campesinos muertos) o el autobús bomba con pasajeros a bordo en San José Pinula (1 muerto y 15 heridos), Venezuela aparece entre los 43 muertos en las manifestaciones de 2014 y los 28 mineros desaparecidos y supuestamente masacrados la semana pasada (lo positivo es que los responsables de la violencia están identificados por Maduro: opositores o extranjeros, como Spiderman), Honduras se desmaquilla con 471 mujeres asesinadas por causas de género en 2015, a cuya cuenta hay que añadir a la laureada Berta Cáceres finada probablemente por ser defensora de los derechos humanos, y El Salvador de plano está considerando declararse en estado de excepción por la violencia en que está sumido (aunque en el trámite de declararse o no, ya va a cumplir dos años)Si la cantidad de muertes violentas en El Salvador para 2015 era superior a la que se presentaba durante su guerra civil, en enero y febrero de 2016 la cifra creció 117.6% con respecto a los mismos meses del otro año.

Me permito aclarar: el ánimo de colocar cifras no es para convertir vidas humanas en un simple valor cuantitativo, sino que hace falta comprender que, a cada persona más que pasa por una experiencia así, es más probable que el siguiente sea conocido nuestro o incluso uno de nosotros. Por pura solidaridad o mero egoísmo, debería ocuparnos.

Es evidente que el Estado en cada uno de estos países ha perdido el monopolio de la violencia, y en ocasiones el de la aplicación de la justicia. Los gobiernos no dominan ya los mecanismos represivos. Sin embargo, existen rubros preventivos, en los que los gobiernos nacionales o locales tienen, si no el monopolio, sí una capacidad importante.

La educación básica, por ejemplo, bien haría en estar más orientada a practicar la democracia y el pensamiento libre que a enseñar la vanagloria a un país (en el caso de México) cuyo territorio no es sino resultado de lo que se robó Estados Unidos (dos millones de kilómetros cuadrados), lo que se le sustrajo a Guatemala (el estado de Chiapas), lo que no se quiso disputar con Inglaterra (Belice) y el trato infame y genocida que se dio a mayas, yaquis y otros menos visibilizados. Por cierto, fuera del conflicto con Estados Unidos de los demás episodios no se habla, como si la violencia que uno (o su país) ejerce fuera indiferente y por lo tanto tolerable. Quizá a este punto haya quien lea una posición utopista de mi parte. Pero tener ciudadanos con criterio y conciencia libres debilita a los poderes fácticos, y eso debería convenir a cualquier gobierno para cumplir sus metas administrativas.

El diseño de los espacios públicos urbanos es otra área que, desde el gobierno, podría contribuir a condiciones para una sociedad mejor. En la medida en que éstos sean visualmente permeables y cuenten con usuarios, se convertirían en nodos donde la gente se encuentra, se cuida y crea sentidos de comunidad. Asimismo, un ordenamiento territorial que impida la creación de guetos socioeconómicos, que concentran diversas problemáticas y limitan la movilidad social (generando un ambiente agresivo y de desesperanza), es fundamental para facilitar la construcción de una sociedad articulada, solidaria, diversa y más consciente. El acompañamiento de estas políticas suaves por ejecutores diversos, y por lo tanto representativos de la sociedad y no de sus represores institucionales, es indispensable para generar confianza: mujeres, egresados de escuelas públicas, personas que puedan caminar entre la gente. Las mejores armas no son las que disparan, sino las que arman futuro.

Pensémoslo: todos pasamos por la escuela, todos usamos en algún momento el espacio público, todos tenemos una localización en la ciudad. Somos, por lo tanto, público cautivo de posibles soluciones. Volvámonos también sus promotores.


Museo de las preguntas

¿Las cámaras de seguridad sirven verdaderamente para inhibir el crimen o son la lente que toma selfies de la peor cara de la sociedad? ¿Cuánto cuesta prevenir un delito y en cuánto se estima el costo de indemnizarlo? ¿Qué grado de corrupción existe en torno a la violación del principio del “debido proceso”? ¿Qué tan significativa es la educación formal para prevenir el delito en los términos en que se practica actualmente? ¿Por qué en México seguimos teniendo servicio militar (si no entramos en guerra, pero según el temario se enseña a los jóvenes a manejar un arma) en lugar de un servicio comunitario? ¿Qué modelos de desarrollo urbano son más susceptibles de generar condiciones de desigualdad, segregación y violencia?

 

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